Domingo, 06 de marzo de 2011
Publicado por Salazara72 @ 9:32
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Falsos recuerdos
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Uno de los mecanismos psicol?gicos de defensa m?s fascinadores -m?s incluso que la amnesia inducida- es la creaci?n de falsos recuerdos. Es habitual que quien ha sufrido una tragedia que a pique ha estado de costarle la vida o siquiera su equilibrio emocional -el asesinato de un ser querido, una violaci?n, cualquier episodio traum?tico acaecido en la infancia- arroje sobre ella un espeso manto de olvido que la entierre por completo en los cementerios de la memoria; y en el enterramiento de tales tragedias se cifra la supervivencia ps?quica de quienes las han sufrido. Los falsos recuerdos solemos reservarlos para acontecimientos menos devastadores y aflictivos cuya pervivencia en la memoria arroja sobre nosotros, sin embargo, una sombra de oprobio, un bald?n social, una incomodidad vergonzante: as?, por ejemplo, el advenedizo de or?genes humildes que se abochorna de su infancia menesterosa y de sus padres pueblerinos se inventa una biograf?a alternativa, con estancia en internados para ni?os pijos y viajes cosmopolitas; o, por el contrario, el hijo de pap? que disfrut? en la infancia de todos los caprichos y ventajas de una vida regalada se confecciona un pasado de privaciones sin cuento, para pasar inadvertido en un medio donde se reprueba la pertenencia a una clase social elevada. La creaci?n de falsos recuerdos suele ser habitual entre aquellas personas que, por azares diversos, alcanzan puestos de responsabilidad para los que, ?ntimamente, no se sienten preparadas; y la conciencia de impostura en que habitualmente se desenvuelve su existencia las obliga a inventarse titulaciones acad?micas, a tunear su curr?culum, a atribuirse m?ritos y honores que no les corresponden. Una modalidad bastante peregrina de falsos recuerdos es la que aflige a muchos de nuestros pol?ticos (propensos tambi?n, por cierto, a tunearse el curr?culum), consistente en atribuirse unas mocedades heroicas de rifirrafes con los ?grises? (cuando en realidad fueron unos chicos m?s bien modositos que jam?s participaron en algaradas universitarias), o incluso en convertir a sus progenitores en represaliados pol?ticos (cuando en realidad fueron probos funcionarios, distinguidos adem?s por su adhesi?n al r?gimen franquista).

No siempre los falsos recuerdos, sin embargo, se elaboran para disfrazar o maquillar alg?n pasaje vital afrentoso (o que quien los elabora juzga como tal). Un amigo psiquiatra me revela que no es del todo inhabitual -?misterios de la mente humana!- que los pacientes a su cuidado urdan falsos recuerdos oprobiosos que jam?s padecieron, por victimismo o acomodaci?n a las ?modas? y presiones sociales: as?, por ejemplo, ocurre que personas que jam?s padecieron abuso infantil alguno inventen que tal o cual miembro de su familia, o tal o cual profesor de la escuela (?preferiblemente un cura!), los someti? a tocamientos o palizas. Estos falsos recuerdos inducidos alcanzar?an su expresi?n m?s rocambolesca en el caso que arriba mencion?bamos de los pol?ticos que convierten a sus padres, probos funcionarios del r?gimen franquista, en represaliados: primeramente los pol?ticos imponen a la sociedad la creencia mentecata de que tener un padre franquista es una deshonra; luego ellos mismos descubren que sus padres fueron franquistas redomados; as? que, para evitar la deshonra que ellos mismos han arrojado sobre los dem?s, inventan que sus padres fueron represaliados. El proceso ps?quico es pat?tico y desquiciado; pero lastimosamente cierto.

Leyendo el otro d?a la prensa sorprend? la creaci?n de un falso recuerdo de una necedad irrisoria; pero que, a su manera (c?mica, casi grotesca), sirve como met?fora de ese clima de insensatez may?scula y satisfecha al que puede conducirnos la entronizaci?n de la memoria aderezada de supercher?as. Varios pol?ticos evocaban sus andanzas -por lo com?n irrelevantes- en aquella ocasi?n famosa del fallido golpe de Estado del 23-F; unos y otros aderezaban su narraci?n de trolas veniales, en su af?n por aparecer como adalides de la democracia, pero ninguno resultaba tan divertido y enternecedor como Carme Chac?n, a la saz?n una ni?a de nueve a?os, que nos confiesa que, bajo supervisi?n materna, se puso a ?empaquetar libros y documentos que intu? comprometedores?. Desde luego, una ni?a que a los nueve a?os ya intuye qu? libros -?y documentos!- pueden resultar comprometedores es un portento de ni?a llamada a los m?s altos designios; y, siquiera por esta vez, hemos de concluir que su encumbramiento hasta la dignidad ministerial es un acto de estricta justicia.


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