Lunes, 14 de febrero de 2011
Publicado por Salazara72 @ 9:13
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Tumbas
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Alguna vez me he perdido en los cementerios, buscando la tumba de alg?n escritor querido. En el cementerio de San Michele, en Venecia, mientras el crep?sculo se extend?a como un sudario sobre la laguna, me top? con la tumba del poeta Ezra Pound, anunciada por un sencillo epitafio que la maleza invad?a, como si tratara de impedir el escrutinio de los visitantes; sobre el t?mulo reposaba un ramo de flores menesterosas, acaso silvestres, que se pudr?an muy amorosamente, a tono con el aire decr?pito del lugar. Hasta el cementerio de P?re Lachaise, en Par?s, me acerqu? una ma?ana de enero, con un sol aterido en el cielo, en busca de las sepulturas de Marcel Proust y Oscar Wilde: la primera, de un m?rmol oscuro y municipal, abrillantado por las lluvias, carec?a de car?cter, y luc?a en su centro un jarr?n en el que se deshojaban unas rosas rojas, casi c?rdenas, como l?grimas de sangre; la de Oscar Wilde, que es casi un mausoleo, tiene esculpido un ?ngel modernista que m?s bien parece una esfinge mesopot?mica en pleno vuelo, y su l?pida est? manchada por innumerables huellas de labios pintados de carm?n, que le dan un aire entre concupiscente y kitsch. En el cementerio de la Chacarita, en el coraz?n de Buenos Aires, est?n la tumba de Carlos Gardel, que es lo m?s parecido a una chamariler?a, de un mal gusto espantoso que te deja el alma en los zancajos, y tambi?n la de la poetisa Alfonsina Storni, de una pomposidad pueblerina poco acorde con la delicadeza de sus versos. Las visitas a los cementerios, en busca de las tumbas de mis fantasmas predilectos, siempre me han dejado un regusto de decepci?n y sorda rabia, tal vez porque esperaba encontrar en ellas la pululaci?n misteriosa de sus almas y a cambio solo hall? esa tristeza desva?da que tienen las cosas manoseadas por la curiosidad tur?stica.

Hay una tumba, sin embargo, que me gustar?a visitar antes de morir. Es la del escritor Edgar Allan Poe, mi favorito en la adolescencia taciturna, que se halla en el cementerio de la iglesia de Westminster, en Baltimore, coronada por un epitafio en el que destaca, labrado en bajorrelieve, la figura de un cuervo, alusivo al de su c?lebre poema. Durante sesenta y dos a?os, cada 19 de enero -natalicio del gran escritor bostoniano-, la tumba de Poe recibi? invariablemente la visita de un misterioso admirador que dejaba a su vera una botella mediada de co?ac, junto a tres rosas. El vigilante de la vecina casa museo de Poe, que a la ma?ana siguiente se tropezaba con estos vestigios, se decidi?, intrigado, a espiar los movimientos de este misterioso admirador, apostado tras un ventanal de la iglesia de Westminster; y as? pudo contemplar su ritual secreto: aparec?a en el cementerio al filo de la medianoche, embozado y tocado con un sombrero de ala ancha, se arrodillaba ante la tumba del escritor y se trasegaba media botella de co?ac, brindando en su memoria, antes de marchar con el mismo sigilo con el que hab?a llegado. En sus ?ltimas visitas, el misterioso admirador hab?a dejado, junto a la botella de co?ac y las tres rosas, un mensaje cr?ptico, manuscrito sobre un gurru?o de papel: ?La antorcha ser? entregada?. En 2009, coincidiendo con el bicentenario del nacimiento de Poe, el an?nimo visitante, en quien ya se adivinaban los signos de la senectud, hizo su ?ltima visita. Desde entonces, el vigilante de la casa museo de Poe sigue apost?ndose cada 19 de enero tras el ventanal de la iglesia de Westminster, pero ante la tumba de Poe solo se presentan impostores que desconocen el secreto ritual del genuino admirador.

Tal vez al genuino admirador lo sorprendi? la muerte, antes de que pudiera confiar a su sucesor los esot?ricos pormenores del ritual; o tal vez ese sucesor, por pereza o aprensi?n, est? traicionando la encomienda que el genuino admirador de Poe le asign?. Tal vez ese sucesor sea en realidad el vigilante de la casa museo, que es el ?nico que conoce el guion de la intrigante ceremonia, despu?s de haberla espiado durante tantos a?os. O tal vez todo sea una supercher?a, urdida por el propio vigilante para mantener encendida la antorcha del culto al escritor maldito. Tal vez el vigilante, sin saberlo, sea un personaje m?s de Poe, son?mbulo visitador de cementerios, urdidor de f?bulas necr?filas. Tal vez el vigilante se lleve consigo el secreto a la tumba; pero entonces aparecer? alguien, tocado con un sombrero de ala ancha, que cada 19 de enero, al filo de la medianoche, se arrodillar? ante la tumba del escritor y se trasegar? media botella de co?ac, brindando en su memoria, antes de marchar, sigiloso y clandestino. Tal vez ese visitante sea yo mismo.


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