Lunes, 10 de enero de 2011
Publicado por Salazara72 @ 12:59
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Yo podr?a entender que se cerrasen las p?ginas de descargas de Internet si previamente nuestros gobernantes proclamasen con solemnidad: ?Establecemos que toda forma de transmisi?n gratuita de la cultura debe considerarse delictiva; y que toda persona, f?sica o jur?dica, que contribuya a la misma ser? puesta a disposici?n judicial?. Tal pronunciamiento se me antojar?a injusto y aberrante; pero, puesto que estamos en manos de gobernantes injustos y aberrantes, deseo que al menos se expresen como los tiranos que son, sin disfraces democr?ticos ni pamplinas buenistas. Lo que, en cambio, no puedo entender es que nuestros gobernantes pretendan cerrar las p?ginas de descargas de Internet y castigar a sus administradores mientras, por ejemplo, mantienen abiertas las bibliotecas p?blicas. Aqu? alg?n lector escandalizado me opondr?: ??C?mo se atreve a comparar las p?ginas web de descargas, esos zocos de latrocinio, con las bibliotecas, esos templos donde se custodia el saber!?. A lo que le responder?: ?Zocos o templos, como usted lo desee; pero lo cierto es que se dedican a lo mismo, que es la transmisi?n gratuita de cultura, o de lo que nuestra ?poca entiende por cultura, que con frecuencia es borra para obturar las meninges; y si la biblioteca es de pr?stamo, como suelen ser todas las bibliotecas p?blicas, m?s todav?a?.

Alg?n lector ofendido por mi defensa de las descargas de Internet me ha reprochado: ??Le gustar?a a usted que ma?ana un multimillonario fil?ntropo se dedicara a imprimir sin ?nimo de lucro sus libros, y los pusiera a disposici?n de cualquier hijo de vecino??. A lo que yo le he respondido: ??Pero, hombre de Dios, si ese multimillonario fil?ntropo ya existe! Se llama ?red de bibliotecas p?blicas del Estado?; y tiene abiertas sucursales en todos los barrios de nuestras ciudades, en todos los pueblos que salpican nuestra malhadada piel de toro, y hasta en autobuses itinerantes que llegan a las aldeas m?s rec?nditas y despobladas, y en los andenes del metro?. Es verdad que este multimillonario fil?ntropo no ?imprime sin ?nimo de lucro? mis libros, para ponerlos a disposici?n de cualquier hijo de vecino; no, hace algo todav?a m?s ruin y desvergonzado, que consiste en obligar al contribuyente a apoquinar dinero para comprar unos cuantos ejemplares de mi libro (en honor a la verdad, m?s bien pocos o casi ninguno en mi caso concreto y excepcional, pues no soy escritor afecto al R?gimen) que, repartidos por la ?red de bibliotecas p?blicas del Estado?, est?n a disposici?n de cualquier hijo de vecino para que los lea gratis. ?Y este multimillonario, m?s caradura que fil?ntropo, resulta que es el mismo que pretende evitar a toda costa que en Internet la gente, mont?ndoselo por su cuenta, haga lo mismo que ?l hace en su ?red de bibliotecas p?blicas?! Uno podr?a entender que se exigiera pagar una cantidad estipulada por descargar una canci?n o una pel?cula si en las bibliotecas se exigiera, a cada lector que toma prestado un libro, el abono de una compensaci?n econ?mica para el autor de ese libro, que por culpa de ese pr?stamo deja de vender un ejemplar. Pero si tan saludable requisito no se lo impone el Estado a las bibliotecas, ?con qu? derecho pretende impon?rselo a los internautas? Y si no cierra las bibliotecas, ?por qu? pretende cerrar las p?ginas de descargas?

Aqu? alguien podr?a aducir: ??Es que Internet es una selva sin reglas, y en la selva hay que poner orden!?. P?ngase orden, pues: pero si el encargado de poner orden en la selva se limita a podar o arrancar un arbolito, dejando que en lo dem?s la selva siga tan agreste e infestada de alima?as y pantanos mef?ticos como antes, hemos de concluir que a tal encargado no le interesaba adecentar la selva, sino arrancar ese arbolito concreto, al que profesaba especial inquina u ojeriza. Y si nuestros gobernantes, que (con la ?nica excepci?n de la pedofilia) jam?s se han preocupado de combatir la turbamulta de conductas delictivas que hallan cobijo y propagaci?n en Internet, empezando por calumnias, injurias y difamaciones sin cuento, de repente se muestran tan celosos en la persecuci?n de las descargas, hemos de pensar que los mueve alg?n impulso no demasiado filantr?pico. A la postre, los tiranos, por mucho que aderecen de disfraces democr?ticos y pamplinas buenistas sus acciones, acaban mostrando las costuras de injusticia y aberraci?n que constituyen el meollo de su alma; y esta ?poca de ignominia acabar? siendo recordada como aquel tiempo demencial en que abortar era un derecho y bajarse una pel?cula de Internet, un delito.

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