Domingo, 12 de diciembre de 2010
Publicado por Salazara72 @ 11:21
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Se arm? el bel?n
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As? que llega la fiesta de la Inmaculada, mi madre monta sobre una c?moda de la casa el bel?n, para que mi hija Jimena lo encuentre ya instalado, cuando vuelve a Zamora por Navidad. Las figuras del bel?n de mi casa son muy menesterosas y longevas, de un material pl?stico que ha ido perdiendo los colores con el paso de los a?os; muchas de ellas las ofrec?an como obsequio con la compra del detergente, all? en mi infancia remota. Todav?a me recuerdo tembloroso y expectante, mientras hund?a la mano en aquellos tambores de cart?n que conten?an una nieve qu?mica y azuleante, para rescatar el envoltorio de pl?stico que conten?a un pastorcillo con zurr?n y cayado, una Virgen ruborosa y campesina, un angelote andr?gino y como ausente; luego, una vez vac?os, forr?bamos aquellos tambores de detergente con papel de regalo y los reutiliz?bamos como recipientes de mis juguetes: los indios y vaqueros en perpetuo asalto y defensa de un fuerte militar; las piezas del Nopper, que era un juego de construcci?n rudimentario y amen?simo al que dediqu? mis desvelos de ingeniero alev?n; los clicks de Famobil, que con el trasiego se iban quedando cojos y mancos, como un ej?rcito de risue?os tullidos. Cuando contemplo el bel?n que cada a?o monta mi madre, toda la infancia se me viene encima de repente, como una ola de mar; y su sabor, impetuoso y salobre, tiene el regusto de una l?grima.

Recuerdo aquellas v?speras de Navidad, estremecidas por un calambre de inminencias, mientras mont?bamos el bel?n en casa, aturdidos por la m?sica zumbona de una cinta de villancicos, que mi hermana dio en poner una y otra vez en el magnetof?n que mis padres hab?an comprado en Ceuta (la misma cinta que, tantos a?os despu?s, sigue perfumando nuestras cenas navide?as). Entonces sol?amos disponer el bel?n en una mesa plegable, que durante el verano utiliz?bamos en nuestras excursiones domingueras, para jugar a las cartas. Sobre aquella mesa plegable esparc?amos el musgo artificial, que ten?a algo de estropajo ful y despeluchado; y en su centro coloc?bamos un espejuelo con el azogue ro?oso que hac?a las veces de lago, cruzado por un puente que para m? ten?a la prestancia del puente sobre el r?o Kwai y merodeado por patos un tanto remolones que eran los ?nicos que parec?an ajenos al nacimiento del Ni?o Dios. En una esquina del bel?n, encaramado sobre una loma (que era en realidad la hucha que la caja de ahorros local regalaba a sus clientes, para fomentar el ahorro infantil, convenientemente tapizada de musgo), situ?bamos el palacio del p?rfido Herodes, escoltado por un par de palmeras que lo sobrepujaban en altura y con su real inquilino a la puerta, en actitud hier?tica y comeni?os, contemplando con despecho la comitiva de Melchor, Gaspar y Baltasar, jinetes en sus respectivos camellos (o dromedarios, nunca me ha aclarado con el c?mputo de las jorobas) sobre un camino de arena que serpenteaba entre el musgo. La arena del camino, que hab?amos tomado de alg?n parque vecino, exhalaba un tufillo como de humedad cautiva; y los tres Reyes Magos, con sus respectivos camellos (o dromedarios), eran cabezones y bonancibles, un poco desmedrados, con el culo sorbido que encajaba a la perfecci?n en las jorobas de los camellos (o dromedarios) y la mirada clavada en la estrella o cometa que pend?a del techo del portal, con la cola un tanto ajada o necesitada de un ba?o de purpurina. Las figuras del portal, en cambio, miraban todas al Ni?o reci?n nacido, con un embeleso absorto del que tambi?n participaban el buey y la mula, que eran de lejos las figuras m?s devotas del bel?n; y a las que yo gustaba de colocar sobre un lecho de paja cogida directamente de las pacas que hab?a en las eras de los pueblos. Los pastores, con sus reba?os (m?s bien exiguos) de ovejas y cabras, tambi?n se dirig?an a la carrera al portal, ajenos al escrutinio engre?do de Herodes; y sobre todos, reyes y plebeyos, ca?a una nieve de harina, como un rebozo de blancura, que era el ?ltimo condimento de aquel bel?n menesteroso.

?Y c?mo disfrutaba mont?ndolo! Mientras espolvoreaba de harina las figuras, mientras las dispon?a sobre el puente y el lago y el camino de arena, con cuidado de no golpear con el codo el castillo del p?rfido Herodes, no me hubiese cambiado por el arquitecto de las siete maravillas del mundo. Y tampoco hoy me cambiar?a, ahora que s? que no existen m?s maravillas en el mundo que las que uno a?ora; de modo que pedir? a mi madre que este a?o espere mi regreso para montar el bel?n y rescatar as? la infancia abolida, con su sabor salobre de ola o de l?grima.

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