Domingo, 14 de noviembre de 2010
Publicado por Salazara72 @ 11:59
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LEER CON LUZ DE LUNA
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Hace tiempo que me preguntan por el libro electr?nico. Qu? opino y c?mo veo el futuro, la desaparici?n del papel, los formatos cl?sicos y dem?s. Siempre respondo lo mismo: me da igual, porque yo escribo lo que va dentro. Mi trabajo es ocuparme del contenido: contar historias y que la gente las lea. Del soporte se ocupan otros. Editores y gente as?. Y, por supuesto, los lectores que recurren al medio que estiman conveniente. Estoy convencido de que, en un mundo razonable, la oposici?n entre libro de papel y libro electr?nico no deber?a plantearse nunca. Lo ideal es que el segundo complemente al primero, llev?ndolo donde aqu?l no puede llegar. Como herramienta eficaz de trabajo, por ejemplo. O facilitando el acceso a asuntos menos afortunados en librer?as convencionales: teatro, poes?a, autores sin respaldo editorial, literatura bloguera, descargas y otros experimentos interesantes que el concepto cl?sico no favorece demasiado. Pero no es eso lo que se plantea. Al hablar de libro de papel y libro electr?nico, lo usual es oponerlos. Obligarte a elegir, como siempre. O conmigo o contra m?. Y no es ?sa la cuesti?n. Creo. El libro electr?nico es pr?ctico y divertido. Hace posible viajar con cientos de libros encima, trabajar consult?ndolos con facilidad, aumentar el cuerpo de letra o leer sin otra luz que la propia pantalla. Incluso los hay con ruido de pasar p?ginas cuando se va de una a otra ?lo que no deja de ser una simp?tica gilipollez?.

Adem?s, mientras lees puedes zapear a tu correo electr?nico, escuchar m?sica, ver im?genes y cosas as?. Todo muy salpicadito, multimedia. Cuando lees, por ejemplo, ?Tienen, por eso no lloran / de plomo las calaveras?, puedes ilustrarlo con la foto de guardias civiles que hizo Robert Capa, escuchar a Estopa, ver c?mo va el Bar?a-Osasuna y mandar un emilio a tu churri anunciando que le vas a sorber el tu?tano. Y ah? surge uno de los problemas. No con la churri, ni con Garc?a Lorca. Ni siquiera con la Guardia Civil. Surge cuando, en vez del Romancero gitano, lo que trajinas es el Or?culo manual y arte de prudencia de Graci?n, Lord Jim o La Regenta. Entonces la atenci?n necesaria se puede desparramar un poquito. Entre otras cosas. Porque leer no tiene nada que ver con eso. Me refiero a leer de verdad, en comuni?n estrecha con algo que educa tu esp?ritu, que te hace mejor y consciente de ti mismo. Que aporta lucidez, multiplica vidas, consuela del dolor, la soledad y el desamparo, aclara la compleja y turbia condici?n humana. Leer as? requiere tiempo, serenidad concentrada, ritual. Cuando est?s en ello, ni siquiera las bombas son capaces de romper el v?nculo m?gico. No hay comandante de avi?n que obligue a apagarlo para el aterrizaje, ni bater?a que te deje a medias; y si se funden los plomos, o como se diga ahora, el verdadero lector es capaz de seguir haci?ndolo a la luz de una vela, de un encendedor, o a la luz de la luna llena reflejada en la arena de un desierto. Puestos a setas o a Rolex, a?n hay m?s. He dicho que libro de papel y libro electr?nico deber?an ser complementarios; pero si me obligan a elegir, dir? alto y claro que no hay color. Y que, llegado a ese extremo, la pantalla port?til me la refafinfla.

Estoy harto de toparme con pantallas en todas partes, hasta en el bolsillo, y me niego a transformar mi biblioteca en un cibercaf?. Con un libro electr?nico, sea El Gatopardo o El perro de los Baskerville, no puedo anotar en sus m?rgenes, subrayar a l?piz, sobarlo con el uso, hacerlo envejecer a mi lado y entre mis manos, al ritmo de mi propia vida. No hay cuestas de Moyano, ni buquinistas del Sena, ni librer?as como las de Luis Bard?n, Guillermo Bl?zquez o Michele Polak donde los libros electr?nicos puedan ocupar sus venerables estantes y cajones. Nada decora como un buen y viejo libro una casa, o una vida. Ninguna pantalla t?ctil huele como un Tofi?o, un Laborde o un Quijote de la Academia, ni tampoco como un Tint?n, un Ast?rix o un Corto Malt?s al abrirlos por primera vez. Ninguna conserva la arena de la playa o la mancha de sangre que permiten evocar, a?os despu?s, un momento de felicidad o un momento de horror que jalonaron tu vida. Y d?jenme a?adir algo. Si los libros de papel, bolsillo incluido, han de acabar siendo patrimonio exclusivo de una casta lectora mal vista por elitista y bibli?fila, reivindico sin complejos el privilegio de pertenecer a ella. Que se mueran los feos. Y los tontos. Tengo casi treinta mil libros en casa; suficientes para resistir hasta la ?ltima bala. Quien crea que esa trinchera extraordinaria, su confortable compa??a, la felicidad inmensa de acariciar lomos de piel o carton? y hojear p?ginas de papel, pueden sustituirse por un chisme de pl?stico con un mill?n de libros electr?nicos dentro, no tiene ni puta idea. Ni de qu? es un lector, ni de qu? es un libro.


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