Lunes, 20 de septiembre de 2010
Publicado por Salazara72 @ 8:29
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EL T?NEL
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Ahora mi hija Jimena est? en esa edad titubeante en que la infancia se asoma al mundo con una vocaci?n de peligro pero a?n no se atreve a afrontarlo, como quien se asoma a la azotea de un edificio muy alto y otea la calle con una mezcla hormigueante de voluptuosidad y horror. A veces es una ni?a miedosa, tan miedosa que se aferra a mi mano como si temiera que el suelo fuera a faltarle bajo los pies si la soltara; y a veces es una ni?a intr?pida, deseosa de internarse por vericuetos inextricables, como si ansiara visitar la guarida de un ogro o extraviarse en un bosque ululante de misterios. Cuando salimos al campo y elijo los caminos m?s expeditos me mira moh?na, como si la estuviese defraudando; pero si nos internamos por un sendero borrado por la maleza, o trepamos por una pe?a ?spera, siente, junto al j?bilo del explorador avezado, una suerte de zozobra interior. A veces, cuando un cardo entorpece nuestro camino, se muestra melindrosa y como al borde del desmayo, incapaz de saltarlo de un brinco; y otras se abalanza decidida entre las zarzas, apart?ndolas con un palo, como si se sintiera invulnerable, protegida por una coraza que la defiende de las espinas; y si yo me muestro un tanto intimidado ante su ardoroso empe?o, se burla de m? y me tacha de miedica. Me pregunta si yo a su edad era valiente o miedica; y yo le respondo que era tan valiente y tan miedica como ella misma, tan codicioso de horizontes y tan receloso de sus riesgos inc?gnitos como ella misma. Porque en esa mezcla de intrepidez y desvalimiento est? el sagrado misterio de la infancia, que luego se pierde para siempre. Pero, mientras lo degustamos, somos los seres m?s felices del orbe.

A mi hija Jimena le gusta que le narre mis andanzas infantiles, mis expediciones por estos mismos campos que ahora recorro con ella de la mano. Me pide que le cuente historias de mi abuelo, de cuya mano iba yo prendido como ella va prendida ahora de la m?a; y, con indescifrable delectaci?n, hace que le repita una y mil veces los episodios m?s dram?ticos de mi ni?ez, como cuando me perd? en el monte de Ver?n, en busca de una fuente que los lugare?os llamaban Pozo do Demo; o cuando, en este mismo bosque de Valorio que ahora recorremos mi hija y yo, me atrev?a a cruzar el t?nel del ferrocarril con mi abuelo. He subido con mi hija a un teso desde el que se avista la boca de ese mismo t?nel (lo hemos hecho, a requerimiento suyo, por el camino m?s inaccesible y pedregoso); y ella, todav?a resollante, la mira como si mirara una tarta de chocolate expuesta en el escaparate de una pasteler?a, con fruici?n infinita, casi con gula. ??Y est? todo negro por dentro??, me pregunta, acechada por la sombra del pavor, pero tambi?n deseosa de morder esa negrura impenetrable. ?Negr?simo ?le respondo?; y muy fresquito.? ??C?mo de fresquito??, insiste, mordi?ndose el labio inferior, los ojos absortos en el bostezo magn?tico del t?nel. ?Pues como si fuera una nevera; y, al hablar, la voz retumbaba?, le explico; y noto el temblor casi religioso que estremece su carne todav?a ni?a. ??Y lo atravesabais pegaditos a la pared??, insiste todav?a, con una voz que es casi un susurro. ?Muy pegaditos, tan pegaditos que las filtraciones de agua nos mojaban la camisa.? Mi hija Jimena hace un silencio largo, ponderativo y reverencial, merodeando mi secreto mejor guardado, el secreto que hace treinta a?os jur? a mi abuelo no desvelar a nadie. S? que ha llegado la hora de infringir ese juramento. ?Y, mientras lo atravesabais ?prosigue Jimena, adivinando como una sibila mis pensamientos?, ?pas? alguna vez el tren?? La miro con aprensi?n, con dulzura, ahora tambi?n a m? me invade una suerte de temblor religioso cuando recuerdo aquel tren irrumpiendo en el t?nel, como un mastodonte despavorido, haciendo retemblar la b?veda de hormig?n en una borrachera de estruendo que hizo saltar mi coraz?n en el pecho, hasta casi infartarlo; cuando recuerdo los brazos de mi abuelo, nervudos y morenos como los de un Cristo de Berruguete, apret?ndome contra su vientre, mientras el paso del tren levantaba a su paso un turbi?n de aire que parec?a querer engullirme en su remolino. ?Una vez pas?; tendr?a yo diez o doce a?os, y me dio mucho miedo?, le confieso en un murmullo, como si estuviese liberando mi conciencia de un peso milenario como los planetas que tejen su ?rbita en el cielo. Mi hija Jimena asiente, lenta y solemnemente asiente, sellando con ese gesto la confidencia; y s?, con certeza s?bita e inamovible, que nunca revelar? a nadie nuestro secreto. Tambi?n s?, mientras la veo bajar del teso con juvenil audacia y un reci?n estrenado aplomo que, cuando cumpla los diez o doce a?os, me pedir? que nos internemos en el t?nel.


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