Lunes, 13 de septiembre de 2010
Publicado por Salazara72 @ 17:27
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UNA HISTORIA DE GUERRA
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Alguien escribi? en cierta ocasi?n que si una historia de guerra parece moral, no debe creerse. Y alguna vez lo repet? yo mismo. Pero eso no es del todo verdad. O no siempre. Como todas las cosas en la vida, la moralidad de una historia depende siempre de los hombres que la protagonizan, y de quienes la cuentan. ?sta de hoy es una historia de guerra, y quiero cont?rsela a ustedes tal como algunos amigos m?os me han pedido que lo haga. La moralidad la aportan ellos. Yo me limito a ponerle letras, puntos y comas.

Base de Mazar Sharif, Afganist?n. Cinco guardias civiles, de comandante a sargento, perdidos en el pudridero del mundo, formando a la polic?a afgana. Cinco guardias de veintid?s llegados hace cinco meses y medio, desperdigados por una geograf?a hostil y cruel, en misi?n de alto riesgo, en una guerra a la que en Espa?a ning?n Gobierno llam? guerra hasta hace cuatro d?as. Los cinco de Mazar Sharif, como el resto, eran gente acuchillada, porque lo da el oficio. Sab?an desde el principio que a la Guardia Civil nunca se la llama para nada bueno. Y menos en Afganist?n. Si lo que iban a hacer all? fuera f?cil, seguro, c?modo o bien pagado, otros habr?an ido en vez de ellos. Aun as?, lo hicieron lo mejor que pod?an. Que era mucho. Atrincherados en una base con americanos, franceses, holandeses y polacos, viv?an con el dedo en el gatillo, como en los antiguos fuertes de territorio indio. Igual que en los relatos de Kipling, pero sin romanticismo imperial ninguno. S?lo fr?o, calor, insolaciones, sue?o, enfermedades, soledad. Peligro. Los ?nicos cinco espa?oles de la base, de la provincia y de todo el norte de Afganist?n.

Ellos y sus compa?eros hab?an llegado a la misi?n tarde y mal, aunque ?sa es otra historia. Que la cuenten quienes deben contarla. Aun as?, con la resignada disciplina casi suicida que caracteriza al guardia civil, se pusieron al tajo. Como era de esperar, no encontraron la mesa puesta. Quien estuvo por esos mundos con militares norteamericanos, holandeses y franceses, sabe de qu? van las cosas. Sobre todo con los norteamericanos, que tienen a Dios sentado en el hombro como los piratas llevan el loro. Para hacerse un hueco entre sus aliados, distantes y despectivos al principio, no hubo otra que la vieja receta de Picolandia: aprender r?pido, trabajar m?s que nadie, no quejarse nunca y ser voluntarios para todo. Y por supuesto, tragar mierda hasta reventar. Y as?, a base de orgullo y de constancia, poco a poco, los cinco hombres perdidos en Mazar Sharif se hicieron respetar.

Un triste d?a se enteraron de la muerte de sus dos compa?eros en Qualinao. De la p?rdida de dos guardias civiles de aquellos veintid?s que llegaron hace medio a?o, y de su int?rprete. Y pensaron que el mejor homenaje que pod?an hacerles era que la bandera norteamericana que ondea en la base fuese sustituida, aquel d?a, por la espa?ola a media asta. Eso no se hace all? nunca, aunque a diario hay norteamericanos muertos, los franceses sufrieron numerosas bajas, y tambi?n caen holandeses y polacos. As? que el jefe de los guardias civiles, el comandante Rafael, fue a pedir permiso al jefe norteamericano. Accedi? ?ste, aunque extra?ado por la petici?n. Saliendo del despacho, el guardia civil se encontr? con el jefe del contingente franc?s, quien dijo que a ?l y a sus hombres les parec?a bien lo de la bandera. En ?sas apareci? otro norteamericano, el mayor James, que nunca se distingui? por su simpat?a ni por su aprecio a los espa?oles, y con el que m?s de una vez hubo broncas. Pregunt? James si los muertos de Qualinao eran guardias civiles como ellos, y luego se fue sin m?s comentarios.

A las ocho de la tarde, cuando fuera de los barracones apenas hab?a vida, los cinco guardias se dirigieron a donde estaba la bandera. Formaron en silencio, solos en la explanada, cinco espa?oles en el culo del mundo: Rafael, ?scar, Rafa, Jes?s y Jos?. Cuando se dispon?an a arriar la ense?a, apareci? el teniente coronel franc?s con sus cuarenta gendarmes, que sin decir palabra formaron junto a ellos. Luego llegaron el mayor James, el teniente Williams y veinte marines norteamericanos. Y tambi?n los polacos y los holandeses. Hasta el peque?o grupo de Dyncorp, la empresa de seguridad privada americana destacada en Mazar Sharif, hizo acto de presencia. Todos se cuadraron en silencio alrededor de los cinco espa?oles, que para ese momento apretaban los dientes, firmes y con un nudo en la garganta. Y entonces, sin himnos, cornetas, autoridades ni protocolo, el capit?n Rafa y el sargento Jos? arriaron despacio la bandera. Una historia de guerra nunca es moral, como dije antes. Si lo parece, no debemos creerla. Pero a veces resulta cierta. Entonces alienta la virtud y mejora a los hombres. Por eso la he contado hoy.

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