Lunes, 26 de abril de 2010
Publicado por Salazara72 @ 8:00
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TODAS LAS NOCHES
 
 


Comí el otro día con Santiago Martín, el Viti, el gran torero de Vitigudino, que es uno de los hombres más habitados de sabiduría –una sabiduría que no se aprende en los libros, honda y ancestral, afirmada en la contemplación serena del mundo– que jamás me haya tropezado en la vida. El Viti tiene una voz salmódica y bien timbrada, cálida y viril, que tiene la virtud de sosegar los corazones y crear una suerte de encantamiento entre quienes lo escuchan, que se quedan suspensos ante ese caudal de palabras lúcidas y benignas, entre las que nunca asoma un exabrupto o una maledicencia. El Viti tiene una cabeza grande y patricia, cabeza de busto romano, hermoseada por la blancura ilesa del cabello y por la nariz prominente, levemente ganchuda, que avanza como una proa, descifrando los secretos que se agazapan en las esquinas del aire; y en su mirada asoma un brillo cordial, muy pudorosamente tímido, propio de una estirpe de hombres ya casi extintos que cultivan las pasiones antiguas de la lealtad y la sobriedad. El Viti, que es el torero que más veces ha cruzado a hombros la puerta grande de las Ventas, rehúye la crónica de sus hazañas pretéritas; prefiere hablar de su vocación como algo vivo, gozosamente vivo, una llama que nunca ha declinado su fuego. Y, con los setenta años bien cumplidos, y con más de treinta retirado de los ruedos, esa llama adquiere esa luz aquietada, tibia y reparadora que tiene la lumbre de una chimenea, a la hora del crepúsculo.

En un momento de la conversación le pregunto: «Maestro, cuando estás dormido, ¿sueñas que estás toreando?». El Viti parpadea fugazmente, como si quisiera velar esas cámaras de su intimidad donde se refugian los anhelos más recónditos, pero enseguida responde con una conmovedora mezcla de rubor y legítimo orgullo: «Todas las noches». En la mesa se hace por un instante un silencio reverencial, casi religioso; y yo vuelvo a preguntarle: «Y en esos sueños, ¿eres joven o viejo?». Aquí el Viti se toma aún más tiempo para responder, porque de algún modo siente que en esa respuesta se compendia la naturaleza misteriosa de la vocación artística: «No tengo edad –afirma al fin–. No soy ni joven ni viejo». Y hay en su respuesta una sincera perplejidad, como la de un niño que descubriera ante el espejo, una mañana cualquiera, que le ha crecido la barba sobre las mejillas hasta entonces lampiñas; o todavía más exactamente, como la de un anciano que descubriera que se han borrado las arrugas de su rostro. Es la sincera perplejidad de quien, sabiéndose atrapado en un cuerpo que es rehén de la edad, constata con alborozado estupor que una parte de sí mismo –la parte más valiosa y definitiva de sí mismo– se mantiene indemne a sus asechanzas; la de quien se siente penetrado por una cornada de eternidad, hasta desprenderse de su propio cuerpo, hasta olvidarse de su propio cuerpo.

Recordé aquel cuento de Borges en el que un poeta ante un pelotón de fusilamiento solicita a Dios que le conceda unos meses o años para poder completar el poema que está componiendo. Esa solicitud le es concedida; y en un instante que dura una eternidad, el poeta puede culminar la tarea para la que ha sido llamado. Pensé que en los sueños del Viti ocurría una variante de ese mismo milagro secreto: cada noche, todas las noches, mientras torea en sueños, las leyes físicas son abolidas para el maestro, para que su vocación pueda realizarse más cumplidamente, para que las faenas que nunca hizo –o las que hizo pero hubiese querido repetir– se cumplan en plenitud. Y pensé también que en esa vocación reverdecida cada noche, todas las noches, por el Viti había una suerte de anticipación de la recompensa que le aguardaba en el paraíso; pues, inevitablemente, el Viti habrá de figurarse el paraíso como un albero donde se sueltan los toros más bravos y embestidores. Y allí, en efecto, el Viti no será ni joven ni viejo; sólo espero que, para entonces, no se le haya curado esa lesión que le impedía estirar por completo el brazo izquierdo y le obligaba a forzar el giro de la muñeca en cada muletazo, pues en esa difícil torsión se cifra el rasgo más distintivo de su toreo.

Sin pretenderlo, el Viti me ofreció la definición más sucinta y poética de la vocación artística que nadie pueda llegar a formular. La vocación artística es torear cada noche en sueños, olvidado de la propia edad. Es sentirse traspasado de eternidad, como en una anticipación de aquella jornada feliz en que, con las formas recobradas y las venas vibradoras, nos levantemos de la tumba, convocados por el clarín definitivo.

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