Domingo, 13 de diciembre de 2009
Publicado por Salazara72 @ 11:38
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ACTIVIDAD PARANORMAL

 

 

 

 

 

 




Hace ya diez años se estrenaba El proyecto de la bruja de Blair, una película de presupuesto ínfimo o inexistente que logró arrasar en taquilla con una propuesta que podría definirse como una reinvención irónica del cinéma vérité de la década de los sesenta, caracterizado por su estilo cuasidocumental y su estética naturalista. El proyecto de la bruja de Blair se presentaba como una recolección de las filmaciones realizadas por unos estudiantes que habían decidido internarse en un bosque acechado por el Mal; y que habían sido engullidos por dicho bosque, sin dejar más rastro de aquella infausta expedición que el material grabado que se ofrecía al espectador. La película, que se estrenó cuando Internet empezaba a convertirse en una poderosa herramienta de propaganda, concitó la curiosidad de unas audiencias deseosas de saborear fórmulas cinematográficas nuevas; y aunque su calidad dejase mucho que desear, su aspecto visual, deliberadamente amateur y descuidado, y su aparente verismo –muy alejado de las convenciones formales y narrativas que regían el cine de terror– crearon escuela. Desde entonces, han sido muchos los aprendices de cineasta que han intentado explotar el filón que iniciase aquella película. Y, entretanto, se han desarrollado una serie de fenómenos sociales que han cambiado nuestra percepción sobre la naturaleza de la `realidad´: si hasta hace poco cualquier fragmento de realidad que se nos presentase filmada era percibido como un remedo o falsificación, la popularización de los reality shows televisivos, con su cochambre de intimidades escrutadas por las cámaras, y de artilugios de manejo cada vez más sencillo que nos permiten registrar en imágenes nuestra vida cotidiana (o la de nuestro prójimo) han invertido la percepción, de tal modo que la `realidad filmada´ ha pasado a ser considerada más auténtica que la realidad misma. A la vez, esta conversión del hombre contemporáneo en `Homo videns´ que se alimenta de imágenes, más que de experiencias vividas, ha hipertrofiado hasta extremos pavorosos nuestra curiosidad atávica, que ya no se conforma con el chismorreo y la intromisión más o menos clandestina en la intimidad ajena, sino que necesita grabarla, registrarla, archivarla, convertirla en una suerte de oscuro fetiche. De esta fascinación malsana por el escrutinio de las vidas ajenas se aprovecha Paranormal activity, una película que se ha estrenado en fechas recientes, después de desfilar durante años por los despachos de mil y una compañías distribuidoras que se negaron a representarla. Lo hicieron porque en ella no descubrieron mérito cinematográfico alguno; pero olvidaron que el `Homo videns´ de nuestra época se guía en sus elecciones por otros criterios. Paranormal activity es, en efecto, una película inepta, farragosa, cutre hasta el umbral del dolor para cualquier espectador que la contemple con sensibilidad cinematográfica; pero, pese a circular gratuitamente por las alcantarillas de Internet desde hace meses, ha recaudado sólo en los cines de Estados Unidos una cantidad que multiplica por mil su insignificante presupuesto. En Paranormal activity se nos cuentan las consabidas tribulaciones de un joven matrimonio que, recién instalado en una casa de las afueras, padece la intromisión de un espíritu demoniaco que, siguiendo el manual de la parapsicología más botarate, hace ruiditos, mueve lámparas, abre puertas, deja huellas sobre el suelo enharinado, lanza mensajes ininteligibles a través de una ouija y finalmente posee a la inquilina de la casa. Todas estas travesuras más bien soporíferas las perpetra mientras los protagonistas de la película duermen; pero, para que no pasen inadvertidas, el emprendedor marido las filma con una cámara que ha dispuesto, encaramada en un trípode, en la habitación conyugal. Así, durante hora y media, la trama de Paranormal activity se amuebla con el registro de tales filmaciones, en las que –nunca el título de una película fue más exacto– nada normal ocurre (pues el matrimonio protagonista jamás usa la cama como tálamo nupcial, ni siquiera se dispensa arrumacos); y así transcurren los minutos, como páramos de monótono aburrimiento sólo alterados por la actividad del espíritu de marras, que hace ruiditos, que mueve lámparas, que abre puertas, etcétera. Que un bodrio de tal envergadura haya sido un taquillazo sólo admite una explicación patológica: el `Homo videns´ de nuestra época necesita alimentar su adicción a las intimidades ajenas, aunque sean intimidades de pacotilla, aunque sean intimidades más tediosas que un paisaje de alfalfa.

 


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