Martes, 24 de noviembre de 2009
Publicado por Salazara72 @ 11:00
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TECNOLOGÍA Y ELECCIÓN MORAL

 

 

 

 

 

 




El escándalo provocado por ese sistema de interceptación telefónica (Sitel) que permite almacenar informáticamente y acceder de forma casi instantánea a los millones de conversaciones que, a cada minuto, mantenemos los desavisados usuarios del teléfono me sirve como muletilla o excusa para reflexionar sobre los efectos –aparentemente inocuos, sibilinamente inicuos– que la tecnología ejerce sobre nuestras elecciones morales. Hay quienes sospechan que ese sistema de interceptación telefónica –versión sombría de aquel Aleph que permitía al protagonista del relato borgiano espiar de forma simultánea el vasto mundo– está siendo utilizado sin autorización judicial; y quienes afirman que pronto no habrá comisaría de policía que no cuente con un artilugio que permita escuchar las conversaciones de los delincuentes. Y también, convendría añadir, las conversaciones de quienes no son delincuentes, las conversaciones de cualquier hijo de vecino que susurra ternezas al oído de su novia, que se enzarza en disputas domésticas con su suegra, que intercambia confidencias con su amigo, que alivia las inquietudes de su hijo adolescente. Un artilugio, en fin, que con un simple golpe de tecla pueda saquear nuestra intimidad, como aquel diablo Cojuelo de Vélez de Guevara que levantaba los tejados de las casas.

Una vez que se posee un artilugio de estas características, ¿quién se privará de utilizarlo? La tecnología, al simplificar acciones que hasta hace poco resultaban costosas o erizadas de dificultades, simplifica también las decisiones morales que las preceden. Imaginemos, por ejemplo, a alguien que se siente incesantemente perjudicado, hostigado, escarnecido por un enemigo al que odia. Es probable que, en un momento de calentura u ofuscamiento, desee la muerte de ese enemigo; e incluso no es del todo inverosímil que, siquiera por un segundo, fantasee con la posibilidad de matarlo con sus propias manos. Pero, salvo que el odio que profesa a su enemigo sea muy enconado y su conciencia más negra que el betún, bastará que repare en la enormidad del crimen con el que acaba de fantasear para que lo repudie y lo expulse de sus pensamientos; y puede, incluso, que aunque no lo repudie acabe por descartarlo, por temor a las consecuencias que su desvelamiento le acarrearía, o por mero desaliento ante el cúmulo de fatigas que su preparación exige. Pero imaginemos ahora que esa misma persona que se siente incesantemente perjudicada, hostigada, escarnecida por su enemigo tuviera la posibilidad de matarlo pulsando el botón de un dispositivo elemental, como pulsamos una tecla para que aparezca una letra en la pantalla de nuestro ordenador o pulsamos la palanca de la cisterna de nuestro inodoro después de evacuar las tripas; y que, después de pulsar ese botón, nada volviera a saberse de ese odiado enemigo. ¿Verdad que, al simplificarse el crimen, la decisión moral que precede a su comisión se simplifica también? Se simplifica, en realidad, hasta hacerse nimia; y si la tecnología nos permitiera matar a nuestros enemigos como hoy matamos marcianitos en un videojuego, sospecho que la conciencia moral de muchos se adelgazaría hasta la consunción.

La tecnología terminará por minar la resistencia de nuestra conciencia moral; la está minando ya, de hecho, sin que apenas lo advirtamos. El pornógrafo que hasta hace poco deseaba satisfacer sus apetitos tenía que bajar al quiosco a comprarse una revista guarra, y antes aún tenía que internarse en un submundo de clandestinidad donde se comerciaba con los materiales que alimentaban su rijo; y el paseo hasta el quiosco o el descenso al submundo clandestino donde se comerciaba con la pornografía comportaban un riesgo –de verse involucrado en sórdidos trapicheos, de verse simplemente descubierto y señalado– que favorecía la floración de conflictos de conciencia. La tecnología ha neutralizado ese riesgo; y, al neutralizarlo, dificulta que tales conflictos afloren, de tal modo que no sólo el pornógrafo inveterado, sino cualquier usuario de Internet se siente tentado –por curiosidad malsana, por aburrimiento, por mera disposición lúdica– a bucear en cualquier sentina pornográfica virtual: la elección moral es ensordecida por una pulsión instantánea; y todos los dilemas se resuelven apretando una tecla.

Una simple tecla. ¿Quiénes resistirán la tentación de escuchar conversaciones ajenas y de perpetrar tropelías aún más pavorosas cuando la tecnología allane el escollo de la decisión moral hasta hacerlo añicos?

 


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