Domingo, 15 de noviembre de 2009
Publicado por Salazara72 @ 10:10
Comentarios (0)  | Enviar



 

MARIPOSAS

 

 

 

 

 

 




Cada vez que vuelvo a casa de mis padres, contemplo absorto y herido de nostalgia un par de vitrinas que cuelgan de las paredes de mi cuarto. En ellas se alinean hasta sesenta mariposas disecadas de especies distintas, con las alas desplegadas y un filetito de papel al pie, donde se registran sus nombres vulgares y también los científicos, que en otro tiempo me supe de memoria y era capaz de recitar, como una letanía que me embriagaba de belleza: Iphiclides podalirius, Melanargia galathea, Limenitis reducta, Nymphalis polychoros, Celastina argiolus, y así hasta llegar a la pieza más costosa de la colección, Papilio machaon, una mariposa rayada que usurpa sus colores al tigre, de envergadura casi mitológica, que en sus alas posteriores, rematadas por sendas guías, incorpora una cenefa azul cobalto y unos ocelos de un rojo que tira al ocre, seguramente depositados allí para atemorizar a los depredadores. Es la colección de mariposas que mi padre y yo completamos, hace más de veinte años, durante nuestros veraneos en Verín, un pueblo de Orense al que acudíamos cada año, acompañando a mis abuelos, que eran devotos de sus aguas medicinales, aguas de un sabor ferruginoso y ancestral, no apto para todos los paladares pero salutíferas como aquel famoso bálsamo de Fierabrás.

Con el tiempo, mi padre y yo llegamos a distinguir las mariposas de los alrededores de Verín por la cadencia de su vuelo, por sus estrategias más o menos atolondradas a la hora de detenerse a libar el néctar de una flor, por los tirabuzones que trazaban en el cielo incendiado de luz, cuando llegaba la ceremonia del cortejo. Sabíamos también cuál era el hábitat de cada mariposa, cuáles las plantas que servían de alimento a sus larvas, cuáles sus itinerarios predilectos. Nunca capturábamos dos ejemplares de la misma especie, pues habíamos desarrollado esa aversión que el verdadero coleccionista profesa a quienes amontonan piezas repetidas. En las orillas de los riachuelos, atraída por el olor diminuto y matinal del poleo, hacía su aparición la ninfa de los arroyos (Limenitis reducta), una mariposa salpicada por un rosario de pintas blancas, negra como el azabache, que adquiría visos azules, casi metálicos, como de terciopelo que hace aguas; tenía un vuelo solitario, rasante, impertérrito, de una apacible altivez. Mucho más aturulladas y gregarias eran la náyade (Celastina argiolus) y el ícaro (Polyommatus icarus), que pululaban, también a la orilla del riachuelo, entre las matas de tréboles; eran mariposas enanas, de un azul purísimo con vislumbres de añil, que revoloteaban como un enjambre lento en torno a mis pantorrillas y casi se dejaban tocar. Todo lo contrario ocurría con la pandora (Pandoriana pandora), una mariposa de bronce viejo, jaspeada de cardenillo, que apenas se detenía a descansar en su vuelo aparatoso y feroz, como de leopardo ciego. Entre los chopos solía refugiarse la limonera (Gonepteryx rhamni), de un amarillo pálido y sutilísimo que se hacía blanco nupcial en la hembra, con vetas de un verde agraz; al posarse, replegaba de tal modo sus alas de nervaduras en relieve que un observador poco avezado podía confundirla con una hoja. La C-blanca (Poligonia c-album) tenía unas alas tan accidentadas como el perfil galaico, de un oro pardusco y moteado; y, en el envés, de un color como de hojarasca antigua que le permitía mimetizarse con la corteza de los pinos, mostraba una muesca diminuta, de un blanco nítido, con la forma de una C. La chupaleche (Iphiclides podalirius) tenía algo de cometa o tigre albino, y se sostenía en el aire como si hubiese salido a hacer parapente, elevándose hasta alturas donde debe empezar a faltar el oxígeno; las guías que remataban sus alas posteriores, muy similares a las de su prima hermana la macaón, parecían escarapelas, o quizá timones que la ayudaran a dirigir su vuelo majestuoso. La vanesa atalanta (Vanessa atalanta) tenía una belleza suntuosa, casi cardenalicia, de un luto enjaezado de hiriente rojo; su vuelo era de una desquiciada coquetería, un zigzag provocativo y velocísimo que no tardaba en marear al perseguidor inexperto.

El uso indiscriminado de insecticidas, el agostamiento de los riachuelos y la demolición del paisaje, asediado por la fealdad del asfalto y el ladrillo, han ido diezmando tanta belleza volátil. A veces, en mis sueños, las mariposas de las vitrinas abandonan sigilosamente su rigidez de años y descienden sobre mi rostro, en un aleteo nupcial. En el aire batido por sus alas, vuelvo a respirar el perfume de la infancia, como un estigma indeleble.

 



 

Principio del formulario

  

Final del formulario

 

 

 


Comentarios