Domingo, 20 de septiembre de 2009
Publicado por Salazara72 @ 20:15
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¿A qué escritor no le ha acometido alguna vez la tentación de reciclar sus palabras de antaño, haciéndolas pasar por nuevas? El torbellino de la colaboración periodística suele acuciarnos con peticiones que nos pillan desfondados o haraganes; y, en semejantes circunstancias, suele la memoria acudir en nuestro auxilio, recordándonos aquel artículo que escribimos en nuestra oscura juventud, sobre un asunto que vendría pintiparado para la petición que acaban de hacernos en no sé qué periódico o revista. El ardid del refrito, consistente en colar como inédito un trabajo literario cuando en realidad se trata de una reproducción exacta, o con ligerísimas variantes, de otro que colocamos en un pasado más o menos difuso, constituye uno de los pecados veniales en los que con mayor perseverancia incurre el escritor.

Sobre el escritor refritero, cuando es descubierto, se abaten el baldón y la burla; y, en cierto modo, en su acción hay algo de la rendición vergonzante de quien se siente agotado y, para remediar ese achaque, acude a la arqueología del pasado, rescatando el cadáver de su ingenio difunto. En este recurso del refrito descubrimos la misma coquetería trágica de esas actrices otrora bellas que, para ilustrar sus folletos de promoción, recurren a los retratos que les hicieron, antes de que las arrugas se ensañaran con sus facciones; al conjuro de esas fotografías que las preservan jóvenes, obtienen el consuelo frágil de seguir creyéndose ajenas a los zarpazos del tiempo.

El refrito adquiere así unos perfiles patéticos y mendicantes que convierten a su artífice en diana del hazmerreír general. Pero el refrito también puede ser la cortesía máxima del escritor que, sabiendo que sus palabras ya nunca recuperarán aquel pálpito de inteligencia o emoción que alcanzaron en el pasado, en lugar de ofrecer un pálido oropel que las remede, prefiere regalar a sus lectores el oro originario de esas palabras, seguramente relegadas a la escombrera del olvido. Ciertamente, el abuso del refrito puede convertir a un escritor en una caricatura de sí mismo: esto le ocurrió, por ejemplo, a Emilio Carrere, rapsoda de las musas del arroyo y de la bohemia más desastrada, que solía amueblar sus manuscritos con capítulos recaudados de sus obras anteriores, a las que sólo cambiaba el título y los nombres de los personajes, completando la labor de aliño con un capítulo preliminar que variase someramente las circunstancias de la narración. Pero no siempre el refrito degenera en esta ropavejería de la literatura; pensemos, por ejemplo, en Valle-Inclán, que con gran habilidad empedraba sus novelas con los retazos de los cuentos que previamente había publicado en las revistas de la época, obteniendo a cambio unas rumbosas gratificaciones que sus libros nunca le depararon. Julio Casares, aquel erudito de incesantes prolijidades que consagró sus insomnios a detectar las mil y una veces que Valle plagió a Casanova, D’Annunzio o Dostoiewsky, incluye en su Crítica profana varios pasajes en que el autor de las Sonatas se dedica al expolio de sí mismo, trasplantando a sus libros párrafos enteros de sus colaboraciones periodísticas. Pero ¿acaso la comisión del refrito rebaja en un ápice la esmerada orfebrería de la prosa valleinclanesca?

Todo escritor de raza sabe, cuando acierta con una página memorable, que la fatalidad acabará obligándolo a rescatarla bajo otros ropajes, para volver a obtener el aplauso de sus olvidadizos lectores. Otro refritero insigne y recalcitrante, acostumbrado a pasar varias veces sus artículos por la sartén de la prensa, fue Julio Camba. Instalado ya en los aledaños de la senectud, prisionero en su habitación del lujoso hotel Palace de Madrid, definitivamente entronizado como el gran maestro de la ironía, Camba consagró su última etapa como articulista al rescate de piezas de juventud que la desidia de los lectores había olvidado. En ABC no tardaron en descubrirle la trampa, pero nunca se lo reprocharon, pues ¿acaso aquellas palabras traspasadas de sutil inteligencia no merecían los honores de la reimpresión?

En más de una ocasión, me ha ocurrido que lectores entusiastas se han dirigido a mí, conminándome a repetir de inmediato el asunto de determinado artículo de su gusto, para multiplicar los efectos de su propagación. A estos lectores ansiosos, verdaderos apologistas del refrito, les respondo siempre: «Paciencia, amigo mío, que todo se andará; basta con que dejemos correr un poco el tiempo».

 


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