Lunes, 03 de agosto de 2009
Publicado por Salazara72 @ 14:43
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Spaghetti western´

 

 

 

 

 

 




Los cinéfilos más sesudos siempre lo consideraron un subgénero ínfimo, una especie de recuelo degradado de aquellas grandes películas del Oeste que se hicieron, allá por los años cuarenta y cincuenta, en Estados Unidos; y hasta en su designación descubrimos un matiz peyorativo o escarnecedor. Pocos historiadores del cine se han dedicado a estudiar con rigor aquel fenómeno que cambió durante una década la fisonomía del cine europeo; y cuando lo han hecho ha sido con una suerte de altiva condescendencia, como quien se resigna a utilizar una letrina pestífera, pasando casi de puntillas y sin volver la vista atrás. Si acaso, se reconocen a regañadientes los méritos de Sergio Leone, a quien se atribuyen (no siempre con razón) las principales marcas estilísticas del género; pero, a renglón seguido, se despacha a todos sus cultivadores como una patulea de cineastas cochambrosos, huérfanos de originalidad, una especie de estajanovistas casposos que no merecen ni siquiera la recompensa de una mención a pie de página. Pero lo cierto es que el spaghetti western constituye uno de los episodios más brillantes del cine europeo; y, desde luego, una de las expresiones más vigorosas y memorables del cine español, que –casi siempre en régimen de co-producción– aportó al subgénero el talento de sus cineastas, técnicos y actores y, sobre todo, el paisaje calcinado del desierto de Almería, que –con el permiso del fordiano Monument Valley– se ha convertido en el escenario más distintivo y mitológico del western. Sospecho que una de las razones por las que el spaghetti western ha sido tan concienzudamente denigrado, también entre los cinéfilos autóctonos, esconde un sórdido propósito ideológico; y es que los cientos de películas que se rodaron en Almería, con actores de renombre internacional y éxito multitudinario, no casan con esa imagen que se pretende consolidar del cine del franquismo, como páramo de aislamiento donde sólo se perpetraban bodrios de exaltación patriótica y comedietas de humor plebeyo.

Una revisión desprejuiciada del spaghetti western nos obligaría a desmontar esa montaña de tópicos despectivos. Ciertamente, las películas adscritas al género repiten arquetipos, desarrollan argumentos archisabidos y, con frecuencia, se desenvuelven con presupuestos paupérrimos; pero son precisamente estas limitaciones las que permiten distinguir a primera vista el grano de la paja. Porque, al carecer de grandes medios, al tener que atenerse a unos guiones derivativos, al contar con un plan de rodaje apretadísimo, los directores que se especializaron en spaghetti western tuvieron que poner a prueba sus méritos artísticos, haciendo de la necesidad virtud. Así lo hizo, desde luego, Sergio Leone, que logró reinventar la narrativa cinematográfica, haciendo compatible el ritmo trepidante propio de una película de acción con una planificación parsimoniosa, trufada de encuadres insólitos (¡esos primerísimos planos de los ojos de los combatientes en un duelo, alargados hasta el paroxismo!) y sostenida dramáticamente por la música de Morricone, que le permitía estirar las secuencias hasta donde no se hubiese atrevido el mismísimo Antonioni. Y, como Leone, lo hicieron otros muchos directores apenas reseñados en las enciclopedias cinéfilas: Corbucci, Castellari, Sollima, Valerii, Carnimeo, Parolini, Margheriti, Baldi, Petroni, Guerrieri… y también unos cuantos directores españoles, o emigrados a aquella España que el tópico nos pinta como una ciudadela aislada, tales como Eugenio Martín, Tulio Demicheli, León Klimovsky o los hermanos Romero Marchent, Joaquín y Rafael, a quienes debemos, respectivamente, dos obras maestras del género, Condenados a vivir y Garringo. Todos ellos, a partir de plantillas argumentales resobadas, agobiados por toda suerte de cortapisas y apremios financieros, lograron completar un puñado de películas en las que, como mínimo, brilla el oficio de los mejores artesanos; y con frecuencia también el hallazgo artístico de los verdaderos maestros, dotados de un estilo arrebatador y de unos recursos narrativos excepcionales.

Aprovechando los ardores estivales, me atrevo a recomendar a mis lectores que se asomen a las creaciones de cualquiera de los directores citados; y tal vez se vean obligados a desmontar esa montaña de tópicos despectivos que pesan sobre uno de los géneros más maltratados y subyugadores del séptimo arte.

 


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