Martes, 18 de noviembre de 2008
Publicado por Salazara72 @ 14:39
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Firmin II. Sam Savage.

 

 

 

...Nunca he estado muy bien de la cabeza, pero a loco no llego. Aquí levantará usted una ceja, quizás o las dos, mas no por ello dejará de ser cierto que una casa son los ensueños diurnos y los jugueteos mentales, y otra muy otra estar como una cabra. Y no pertenezco al número de las criaturas que pueden estar locas sin saberlo. Hay mucha gente que está aún peor que yo. Me consta porque lo afirma nada menos que Peter Erdman, el autor de El Yo Como Otro. En este libro, el doctor Erdman refiere casos reales de seres humanos enormemente gordos que se plantan ante el espejo y se ven más desgaditos que un maniquí de París; y otros que están en los huesos y se ven en el espejo como auténticos rollos de gelatina. Lo ven de veras. Eso sí que es estar loco. En mi caso, el problema nunca ha estado en los espejos, en ellos sólo habita el de siempre, el tipo de la barbilla hundida, sino en la imagen de mí mismo que no está en el espejo, la que veo cuando me hallo tendido boca arriba y me miro los dedos y me cuento todas esas historias maravillosas, cuando me embarco en lo que llamo sueños, dejando fuera lo que carece de sentido y dándole a la vida un principio, un desarrollo y un desenlace. Mis sueños lo contienen todo; es decir: todo, menos al monstruo del espejo. Cuando sueño una frase como “Concluyó la música y en el silencio todas las miradas se posaron en Firmin, que permanecía impávido y distante en la puerta del salón de baile”, nunca veo una barbilla más pequeña de lo normal en la puerta del salón de baile. Algo así tendría un efecto muy distinto. No: siempre veo a alguien parecido a Fred Astaire: cintura estrecha, piernas largas y una barbilla como la puntera de una bota..

 

 

Allá en el mundo, fuera de mi adorada librería, era cada cual a lo suyo y sálverse quien pueda. Todo, en el exterior, estaba pensado para infligirnos un daño mortal, siempre. Nuestras posibilidades de cumplir el primer año de vida eran prácticamente nulas. De hecho, bien podía declarársenos muertos, en aplicación de las estadísticas. No era que yo lo supiese seguro en aquel momento, pero lo intuía, con esa especie de espantoso presentimiento que a veces asalta a quienes van a bordo de un barco a punto de naufragar. Si hay algo para lo que resulte útil una formación literaria, es para dotarlo a uno de un sentido de la catástrofe. No hay nada como una imaginación vívida para desvitalizarle a uno el valor. Leí el diario de Anna Frank, me convertí en Anna Frank. Los demás, en cambio, tenían sus momentos de gran terror, se escondían por los rincones, sudaban de miedo, pero tan pronto como pasaba el peligro ya era como si nunca hubiese existido, y seguían triscando por ahí, tan contentos. Tan contestos, hasta que alguien los aplastaba o los envenenaba o les rompía el cuello con una barra de hierro. Yo, por mi parte, he vivido más que todos ellos, y a cambio, he muerte mil muertes distintas. Me he mevido por la existencia dejando en pos un rastro de miedo, como un caracol. Cuando muera de verdad, será un aburrimiento.

 

Una noche, poco después de aquella vuelta de orientación por la plaza, mamá subió a la calle, como de costumbre, y nunca más volvió.

 

Me mudé a un sitito que me había acondicionado en el techo de la tieda, a metad de camino entre el Globo y el balcón, desde donde podía mantenerme al tanto de todo mientras proseguía mis estudios nocturnos en el sótano, devorando un libro detrás de otro, aunque ya no literalmente. Bueno, esto último no es del todo cierto. Instalado como estaba, cada noche, en los misterios intersticios que separan la lectura del almuerzo, había descubierto una notable relación, una especie de armonía preestablecida entre el sabor y la calidad literaria del libro. Para averiguar si algo era digno de leerse, sólo tenía que mordisquear una parte de la zona impresa. Aprendía a utilizar la anteportada a tal propósito, dejando así el texto intacto.” Lo que bien se come, bien se lee” pasó a ser mi lema.



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