Viernes, 11 de abril de 2008
Publicado por Salazara72 @ 14:16
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Los Renglones Torcidos de Dios. Torcuato Luca de Tena.

 

 

...Quiero decir con esto que Alicia es uno de los raros casos en que la paranoia no ha surgido espontáneamente en ella; sino que ha sido provocada. Y que, por tanto, es menos dificilmente curable que las otras. Desaparecida la causa, desaparecerán los efectos. Éste es mi primer diagnóstico. Desearía ahora exponer una variante. Imaginemos que sus delirios permanecen. Que ella sigue creyendo de por vida que fue encargada por el doctor García del Olmo para investigar la muerte de su padre en este manicomio en el que ingresó con una documentación falsificada. Pues bien: ni siquiera en este caso yo recomendaría para ella los tratamientos de uso. Si permanece en el manicomio ¿ a quién daña que ella quiera enseñar aritmética elemental al pequeño Rómulo, a pasear de la mano a la mujer que se considera autocastigada para liberarla de su eterno rincón, o dibujar elementos ornamentales más modernos para los bordados que dirige Teresiña Carballeira?. Y si queda en libertad ¿ a quién daña o a quién perjudica que ella crea en lo futuro de un episodio ya pasado fue de distinta manera a la realidad?.

 

 

...._ César, César, César,¡no me dejes decirlo todo a mí¡

Ya le expliqué, señora, que no me llamo César.

¿ He hablado en voz alta?

Lleva usted unas dos horas haciéndolo.

¿ Y me ha oído usted todo?

¡Todo¡

¿ Y qué ha entendido usted?

¡Nada.

 

...Me dijo usted antes que iba a La Fuentecilla¿no es cierto?

Exacto. Eso dije.

Y...¿ No hay por ahí cerca un manicomio muy grande?

Rió Alicia con tantas ganas que no sabía cómo hacer para frenar sus carcajadas.

¿ Tanto miedo le da llevar a una loca a bordo?

No mucho. Todas las mujeres lo son.

 

Desde el punto mismo en que lo atisbó por vez primera, acompañada del faso García del Olmo, Alicia contemplaba ahora las tapias inmensas y la complicada arquitectura, mezcla de tan diversos estilos, del manicomio de Nuestra Señora de la Fuentecilla. Por un instante, se preguntó cuánto habría pagado Heliodoro a aquel elegante rufián para representar su infame comedia y conseguir encerrarla por su propia voluntad ¿ De quién sería la idea original de la farsa? ¿ Quién tendría derecho a patentarla?. Heliodoro, no de eso estaba segura. Carecía del ingenio necesario para haberla urdido. Sacudió la cabeza, con un ademán muy suyo, como si un mechón de pelo o un pensamiento le estorbara.


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