Lunes, 31 de marzo de 2008
Publicado por Salazara72 @ 12:16
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El Lápiz del Carpintero. Manuel Rivas.

 

 

...Me resulta raro eso que dice, dijo el guardia rascándose la barba rala con el punto de mira del fusil.

¿ Por qué?

Pensé que para usted, como pintor, eran más importantes las imágenes que las palabras.

Lo importante es ver, eso es lo importante. De hecho, añadió el pintor, se dice que Homero, el primer escritor, era ciego.

Eso querrá decir, comentó el guardia con algo de sorna, que tenía muy buena vista.

Si. Exacto. Eso quiere decir.

Ambos callaron atraídos por la tramoya del crepúsculo. El sol discurría tras el monte de San Pedro hacia un muelle de exilio. Al otro lado de la ensenada, las primeras acuarelas del faro hacían más intensa la balada del mar.

Poco antes de morir, dijo el pintor, y lo dijo como si el hecho de haber muerto fuese algo ajeno a ambos, pinté esta misma estampa, lo que estamos viendo. Fue para la escenografía del Canto Mariñán de la Coral Ruada, en el Teatro Rosalía de Castro.

Me gustaría haberlo visto, dijo el guardia con sentida cortesía.

No era nada del otro mundo. Lo que sugería el mar era el faro, la Torre de Hércules. El mar era la penumbra. Yo no quería pintarlo. Quería que se oyese, como una letanía. Pintarlo es imposible. Un pintor cabal, cuanto más realista quiera ser, sabe que el mar no se puede llevar a un lienzo. Hubo un pintor, un inglés, se llamaba Turner, que lo hizo muy bien. La imagen más impresionante que existe del mar es su naufragio de un barco de negreros.Allí se escucha el mar. Es el grito de los esclavos, esclavos que quizá no conociesen del mar más que el vaivén en las bodegas. A mí me gustaría pintar el mar desde dentro, pero no como un ahogado sino con escafrandra. Bajar con lienzo, pinceles y todo, como dicen que hizo un pintor japonés.

Tengo un amigo que quizá lo haga, añadió con una sonrisa nostálgica. Si antes no se ahoga en vino. Se llama Lugrís.

La del crepúsculo era, por alguna razón, la hora preferida por el pintor para visitar la cabeza del guardia Herbal. Se le posaba en la oreja con firme suavidad, a horcajadas, como el lápiz del carpintero.

Cuando sentía el lápiz, cuando hablaban de esas cosas, de los colores de la n ieve, de la guadaña del pincel en el silencio verde de los prados, del pintor submarino, de la linterna de un ferroviario abriéndose paso en la niebla de la noche o de la fosforescencia de las luciérnagas, el guardia Herbal notaba que le desaparecían los ahogos como por ensalmo, el burbujear de los pulmones como un fuelle empapado, los delirios de sudor frío que seguían a la pesadilla de un tiro en la sién. El guardia Herbal se sentía bien siendo lo que en ese instante era, un hombre olvidado en la garita. Conseguía por fin acompasar su corazón al cincel del cantero. Latía con la rutina de un servicio mínimo. Su pensamiento era el proyector luminoso de un cinematógrafo. Como cuando de niño pastor, su mirada sostenía un reyezuelo picando el perfil del tiempo en la vertical de la corteza, o aguantaba una brizna de hierba el borde del reloj fatal del remolino en la fuente..

Fíjate, las lavanderas están pintando el monte, dijo ahora el difunto.

Sobre los matorrales que rodeaban el faro, entre los peñascos, dos lavanderas tendían la ropa a clarear. Su lote era como el vientre de trapo de un mago. De él quitaban interminables piezas de colores que repintaban el monte. Las manos rosadas y gordezuelas seguían el dictados de los ojos del vigía, guiados a su vez por el pintor. Las lavanderas tienen las manos rosas porque de tanto fregar y fregar en la piedra del agua se les van quitando los años de la piel. Sus manos son las manos de cuando eran niñas y comenzaron a ser lavanderas.

Sus brazos, añadió el pintor, son los mangos del pincel.Del color de la madera del aliso, porque también se formaron junto al río. Cuando escurren la ropa mojada, los brazos de las lavanderas se tensan como las raíces de la orilla. El monte es como un lienzo. Fíjate. Pintan sobre tojos y zarzas. Las espinas son las mejores pinzas de las lavanderas. Ahí va. La larga pincelada de una sábana blanca. Dos trazos de calcetines rojos. El temblor liviano de una lencería. Extendida al clareo, cada pieza de ropa cuenta una historia.

 


Comentarios
Publicado por Invitado
Viernes, 30 de mayo de 2008 | 19:00
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