Jueves, 13 de marzo de 2008
Publicado por Salazara72 @ 20:03
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Animales de Compañía. Juan Manuel de Prada.

 

Escalofrio.

 

A veces la realidad se aburre de bostezar y nos depara fragmentos de novela que la hacen más agitada o inverosímil o peligrosa. Hace aproximadamente medio año, recibí por carta una declaración de amor, escueta y pretendidamente ecuánime, mecanografiada en apenas media docena de líneas. Como entre mi correspondencia, desde hace algún tiempo, figuran piezas de museo que merecerían ingresar en los anales del terrorismo espistolar (desde el exabrupto integrista a la oferta carnal más o menos descarnada, si la contradicción es admisible), no hice demasiado caso de aquel billetito galante y sin embargo protocolario que pronto quedó enterrado o suplantado en mi memoria por otras misivas más estrepitosas, escritas por muchachas que me imaginan ingenuo y célibe y apesadumbrado, o por señoras hipocritonas que me confunden con un apóstol del libertinaje, y me increpan concienzudamente, reclamando mi dimisión o suicidio. A las primeras les contesto con esa coquetería confusa que practicamos los feos; a las segundas las fustigo con artículos en los que deslizo alguna obstenidad, para que sigan rabiando y se ejerciten en el alpinismo doméstico, subiéndose por las paredes de su habitación.

 

Pero como les decía, aquella declaración amorosa no la respondí jamás. Uno nunca sabe si el silencio constituye la mejor respuesta disuasoria; en este caso, desde luego, no lo fue: mi pretendienta epistolar empezó a apedrearme con cartas en las que iba sustituyendo el tono protolocario y fingidamente ecuánime del principio por un tono desquiciado y energúmeno, y la aseada mecanografía por una caligrafía impracticable y sinuosa que me recordaba las circunvalaciones de un cerebro averiado. Eran cartas que poco a poco iban perdiendo su laconismo de antaño y se decantaban hacia una prolijidad tozuda y delirante: en ellas, convivían la alusión sexual más abrupta con el misticismo, la poesía automática con los prosaísmos fisiológicos. Leer aquellas cartas copiosas y divagatorias era como sumergise en las anatomías más recónditas de la locura: la mujer que las escribía estaba convencida de que por las noches yo entraba en su casa para conocerla bíblicamente o desvalijarla mientras dormía( supongo que estos allanamientos eran telepáticos). También estaba convencida de que le enviaba, a través de mis libros y artículos, mensajes crípticos que sólo ella podía descifrar. En su última carta, entre párrafos oníricos y pornográficos, afirmaba que había entendido mi último llamamiento, y que venía a buscarme.

 

La perpejidad, ese último reducto de asombro en que nos refugiamos los incrédulos, me hizo descreer de ese aviso o amenaza. Sin embargo, mi enamorada epistolar no avisaba en vano: algunos amigos escritores empezaron a telefonearme, previniéndome de una mujer madura, rubia y ensimismada, que los asaltaba en los cafés y demás foros literarios, requiriéndoles mi teléfono y dirección. Ninguno le había facilitado estos datos, aunque mi perseguidora les había insistido hasta las lágrimas; en la fijeza verde de su mirada, todos había intuido un abismo sin fondo. Yo empecé a imaginarme con espanto creciente a aquella mujer desconocida, forastera en la gran ciudad, peregrina por los tenebrosos pasadizos del delirio, peripatética de jardines insomnes, como un ánima en pena ajena a los azares de los semáforos y a las embestidas del tráfico, hipnotizada por un amor quimérico que ni siquiera por las noches, cuando volvía al hotel derrengada tras la búsqueda infructuosa, la dejaba dormir. La imaginaba agotando sus ahorros en aquella misión imposible, desfallecida en cualquier esquina, con la intemperie descendiendo como una mortaja sobre su piel casi traslúcida, e imaginaba su mirada verde e indeclinable, como un último rescoldo de su obsesión.

 

Yo tampoco lograba conciliar en sueño, intentando anticiparme a los avatares de su búsqueda. Había terror en aquellos ejercicios anticipatorios y también cierto vértigo metafísico, pero junto al terror y el vértigo convivía una fascinación morbosa y casi hipnótica.

 

Un día un rostro exhausto y atónico de mi perseguidora se asomó a la pantalla de mi videoportero; en sus labios temblaba una sonrisa de felicidad claudicante. Había contratado los servicios de un detective privado que la habia dejado sin dinero, pero era feliz en su indigencia y en su desvalimiento, porque por fin se reunía con el hombre que, según su apolillado raciocinio, le enviaba mensajes en clave, invitándola al amor. Después de algunos tiras y aflojas, me avine a conversar con ella en el portal: tenía una belleza náufraga y desvencijada, curtida de sufrimientos y pastillas que había demolido sus neuronas. Pero sonreía, como un ángel que hubiese recuperado sus alas, mientras su ojos me escrutaban. Y aquella sonrisa me produjo un escalofrío.


Comentarios
Publicado por Invitado
Jueves, 27 de marzo de 2008 | 18:16
hola, gracias a lo que has escrito, es que estoy leyendo a este escritor que es muy bueno,
no pens? que fuera tan jovem
besos,.
Publicado por Salazara72
Viernes, 28 de marzo de 2008 | 12:08
Si es muy joven, nacido en el 70. No s? cual libro estar?s leyendo, pero te recomiendo Las M?scaras del H?roe(1996) en ?l habla de la bohemia espa?ola, habla de Armando Buscarini, Pedro Luis de G?lvez, Valle Incl?n. De su ?ltima novela El S?ptimo Velo, he puesto fragmentos. Espero que sea cual sea el libro que est?s leyendo lo disfrutes ,como yo disfruto cuando leo a ?ste escritor. Besos.
Publicado por Invitado
Jueves, 21 de noviembre de 2013 | 13:26

Solo son circumbalaciones de un cerebro averiado y muy perverso, debe de tener algun tipo de cancer,...