Martes, 11 de marzo de 2008
Publicado por Salazara72 @ 16:34
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Reserva Natural. Juan Manuel de Prada.

 

 

Verano de Papel.

 

Quizá porque el verano nos sumerge retrospectivamente en la infancia, quizá porque nuestro subconsciente asocia la luz abrasadora y cenital que acompaña nuestras vacaciones con los descubrimientos de una edad por desgracia abolida, nuestras lecturas veraniegas suelen reivindicar al niño y al adolescente que fuimos. Un niño que, cuando posaba su mirada sobre la letra impresa, convocaba con la imaginación mundos paralelos a la realidad, hazañas de otro tiempo, que abolían las pasiones y sentimientos mostrencos que solemos exhibir en nuestra vida cotidiana. Para el lector entusiasta (y la lectura es una enfermedad que, una vez contraída, nunca remite, una enfermedad de convalecencia perenne y placentera), el ver ano es un ámbito resguardado de interferencias exteriores, una placenta de paredes blandas donde uno se puede resguardar de las intemperancias de la realidad y cultivar la fantasía, esa facultad de la inteligencia tan injustamente postergada. El verano, pera el lector incurable, es esa tierra de promisión que nos trae el perfume antiguo de otra edad, la nostalgia de un paraíso perdido cuyas sensaciones sólo conseguimos recrear a través de los libros.

 

No me refiero aquí, claro está, a ese lector dominguero que, cuando se aproximan las vacaciones, consulta en los periódicos el ranking de bodrios más vendidos y compra, en consecuencia, un par de best sellers que le distraigan del tedio playero. Me refiero a ese lector que ha hecho de la necesidad de asomar la imaginación a otras historias un componente más de su sangre, una parte sustancial del aire que respira, ese aire que lenta y dulcemente le va envenenando los pulmones.

 

Para el lector que ha hecho profesión de fe en la letra impresa, el verano constituye una tentación de volver a los orígenes, a esa prehistoria donde se entremezclan, en glorioso ,mogollón las aventuras filibusteras de Stevenson y las acrobacias selváticas de Burroughs( Edgar Rice, y no el otro pelmazo), pero también los laberintos espirituales de Henry James y la morosidad metafórica de Proust, las pesadillas recurrentes de Kafka y los disparates poéticos de Lewis Carrol. El verano es la estación más propicia para volver a las lecturas de antaño con ese entusiasmo renovado de quien se zambulle en el agua o brinca sobre una hoguera, para obtener una catarsis. El verano, al menos en la cultura mediterránea, constituye ese paréntesis en el que la actividad remite y el hombre hace un ejercicio de introspección y retrospección, rescatando desde dentro de si mismo su humanidad más elemental, aquel niño ya casi adolescente que se iniciaba con temblor y deslumbramiento en las infinitas geografías de la literatura. El sol es el único testigo de esta metamorfosis: no tengamos pudor en rescatar nuestras reservas de ingenuidad, y enfrentémonos a los viejos libros con ojos nuevos.


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