Mi?rcoles, 20 de febrero de 2008
Publicado por Salazara72 @ 19:20
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El hombre y el mundo. Rudolf Ch. Eucken.

 

 

Nuestro concepto de las relaciones entre el hombre y el mundo está en íntima relación con el problema del conocimiento, por lo que debemos indicar brevemente sus consecuencias para éste. Y sobre todo, no hay duda que el conocimiento inmediato, es decir, un conocimiento independiente de la ciencia y del saber, esconde en sí una contradicción inconciliable. Ya que este conocimiento inmediato nos muestra un mundo exterior a nosotros, nos gustaría apoderarnos de lo que ofrece y sucede  ante nosotros. Pero esta adquisición no cambia de ningún modo, su existencia, sino que ésta debe seguir siendo lo que sería sin esta adquisición. En realidad, los objetos exteriores difícilmente las podríamos aprender sin modificar nuestras capacidades; estas modificaciones no sabemos qué alcance tienen. No comprendemos cómo aquellas cosas, ajenas a nosotros, se pueden unir con nosotros ni cómo pueden servir a nuestros instintos. Pero el deseo del hombre por un absoluto conocimiento demuestra, evidentemente, que se trata de un interés vital.

De este modo, lo que al principio nos parecía ajeno a una consideración más precisa, aparece como perteneciente a nuestro propio ámbito y necesario para su perfección; entonces, este ámbito no es ya para nosotros una magnitud terminada ni cerrada que no plantea ningún problema, sino que exige una ampliación. En este caso el conocimiento no es un contacto entre cosas ajenas, sino un enlace de magnitudes que se buscan mutuamente; no consiste en recibir cosas ajenas a nosotros, sino en encontrarnos a nosotros mismos, en perfeccionarnos; en otras palabras, el conocimiento sólo es posible como autoconocimiento; todo lo que está realmente fuera de nosotros permanece desconocido eternamente. Por tanto, el conocimiento sólo es posible cuando la exterioridad del conocimiento inmediato se transforma en una vida común. Si puede hacer esto el hombre, y en qué medida puede hacerlo, es un problema independiente; pero es cierto que, si negamos por completo este poder, negamos todo conocimiento.

Pero al mismo tiempo, es cierto también que una vida puesta al servicio del conocimiento debe separarse de la concepción general de la vida. Sobre todo, no puede ser un recipiente vacío que se llene con moderación desde fuera, ni como caña dudosa que se rinda a cualquier impresión, sino que debe poseeer una naturaleza y un movimiento independientes, debe contener fines y fuerzas, exigencias e imperativos a cuya satisfacción se dedique. Pero esto no sería posible si dependiese de otros valores, si fuese una propiedad condicionada; debe, por el contrario, tener su base en sí misma y crear un todo que abarque en sí toda variedad. Esta independencia exige también una superioridad sobre el hombre, del mismo modo que éste se da inmediatamente. Pues si la vida fuese un simple desarrollo humano, estaría atada a toda la innecesariedad del hombre, no podrían adquirirse los elementos ajenos a ella y transformarlos en posesión suya. Esto solamente lo consigue una vida que forme, frente a todas las vidas individuales, una relación unitaria, un todo independiente; esta vida tendrá presente a todoso los individuos aislados, pero nunca podrá ser su origen ni depender de su naturaleza. En esta vida superior, el hombre no es ya un punto que convive con otros puntos, sino que consigue una relación inmediata con el todo, el cual consigue vida propia, y con esto crea nuevos fines. Pero queda la cuestión de en qué estado es accesible para el hombre esta vida y si no se refleja poco a poco, y quizá por diferentes lados, y a costa de duros enfrentamientos y luchas. De este modo surgen problemas sobre problemas, pero, a la vez, también posibilidades que impiden una negación radical.

Pero una vida como la exige el conocimiento no es puro sueño o fantasía. El progreso de nuestra investigación ha demostrado que aquí no interviene la imaginación, sino que realmente actúa esa vida sobre nosotros y origina movimientos intensos en el ámbito humano. Adquirimos la seguridad de esta vida por la posibilidad de llegar a la posesión de nosotros mismos, a la independencia y a la autoactividad; de este modo se desarrolla una absoluta actividad, que intensifica tanto la acción como la reacción, y puede, por su propio movimiento, alcanzar un reino independiente y, por último, una realidad verdadera.Esta consideración otorga el concepto de vida espiritual más exactitud de la que tiene en el lunguaje común; se forma un nivel de vida anímica más alto, que resalta sobre los inferiores, los cuales sólo constituyen un espacio, donde se encuentra lo diferente sin constituir una relación total. Esto no lo podrían conseguir, por sí solos, los estados inferiores; ahora bien, se produce una absoluta revolución y todos los valores y fuerzas se configuran de otro modo.

 


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