Martes, 12 de febrero de 2008
Publicado por Salazara72 @ 20:53
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Cienfuegos. Alberto V?zquez Figueroa.


Jam?s tuvo nombre de pila. Desde que recordaba y su memoria se limitaba a bosques, riscos, soledad y cabras montaraces, nadie le conoci? m?s que por el apelativo de Cienfuegos, sin que nunca llegara a saber con certeza si tal denominaci?n se deb?a al apellido de su madre, el color de su cabello o un simple sobrenombre de raz?n desconocida.
Hablaba poco.
Sus conversaciones m?s profundas no ten?an nunca lugar a base de palabras, sino de sonoros, prolongados y cadenciosos silbidos, en un lenguaje propio y privativo de los pastores y campesinos de la isla, que se comunicaban de ese modo de monta?a a monta?a, en lo que se constitu?a la forma de expresi?n m?s l?gica y pr?ctica en aquella agreste Naturaleza que la simple voz humana.
En un amanecer fresco y tranquilo, cuando los sonidos, que las paredes de roca hac?an rebotar de un lado a otro, prec?an atravesar con tierna suavidad un aire h?medo y limpio, Cienfuegos se sent?a capaz de mantener una charla perfectamente inteligible con el cojo Bonifacio, quien desde el fondo del valle sol?a ponerle al corriente de cuanto su primo Celso, el Monaguillo, le transmit?a a su vez desde el villorrio.
Fue as? como tuvo noticias de que el viejo Amo acababa de recibir la extremaunci?n y estaba a punto de emprender el ?camino de Chipudes?, con lo que los nuevos se?ores llegar?an muy pronto a ?La Casona?, lo que constituir?a sin lugar a dudas la primera autentica novedad digna de ser tenida en cuenta en sus ciertamente muchos a?os de existencia.
Nadie sab?a su edad.
Resultaba a todas luces imposible conocerla ya que en parte alguna hab?a quedado constancia del d?a, y a?o en que vino al mundo, y aunque su cuerpo, fornido, musculoso, era ya el de un mozarr?n hecho y derecho, su rostro, su voz y su mentalidad correspond?an por el contrario a un adolescente que se resistiera a abandonar el dif?cil y fascinante mundo de la ni?ez.
Tampoco tuvo infancia.
Todos sus juegos se hab?an limitado a lanzar piedras y ba?arse en las charcas, siempre a solas y sus afectos se centraban en algunos p?jaros, un viejo perro y cabritillos que acababan creciendo y convirti?ndose en bestias apestosas, desagradecidas y rencorosas.
Su madre hab?a sido al parecer una cabrera bastante m?s salvaje y maloliente que las mism?simas bestias que cuidaba, y su padre aquel Amo que ahora se encontraba al borde de la muerte, y que se ir?a a la tumba sin admitir que dejaba en la isla m?s de treinta bastardos de cabellos rojizos.
Aquella hermosa melena entre rubia y cobriza, que le ca?a libremente por la espalda, constitu?a sin lugar a dudas la ?nica herencia visible que su progenitor le hab?a otorgado; herencia compartida con otra docena de chicuelos de las proximidades, que daban fe de esa manera de las incontenibles apetencias sexuales y el innegable atractivo f?sico del se?or de ?La Casona?.
No sab?a leer.
Si apenas hablaba, de poco le hubiera servido la lectura, ya que la mayor?a de las palabras le resultaban desconocidas por completo pero no hab?a nadie, sin embargo en la isla que conociera m?s a fondo sus secretos, supiera m?s de la Naturaleza y sus continuos cambios, o fuera capaz de lanzarse con mayor decisi?n por los acantilados y los riscos, saltando sus precipicios sin m?s ayuda que un valor que rayaba en la inconsciencia y una larga p?rtiga con la que salvaba vanos de hasta doce metros, o por la que se dejaba deslizar descendiendo as? por un farall?n cortado a pico en cuesti?n de minutos.
Ten?a algo de cabra, algo de mono y algo de cern?calo, porque en ocasiones consegu?a mantenerse en inconcebible equilibrio sobre un simple saliente de piedra en mitad de un abismo y se creer?a que en un determinado momento, al brincar de una roca a la de enfrente, se deten?a en el aire sosteni?ndose en ?l como si profunda ignorancia le impidiese aceptar que exist?an desde antiguo r?gidas e inamovibles leyes sobre la gravitaci?n de los cuerpos.
Apenas com?a.
Le bastaban unos sorbos de leche, algo de queso y los frutos silvestres que encontraba a su paso, y cab?a admitir que se trataba de un aut?ntico milagro de la superviviencia, puesto que a nadie m?s que a la mano de Dios podr?a atribuirse el hecho de que hubiera conseguido criarse sano y fuerte durante los largos a?os que hab?a vivido pr?cticamente solo en el coraz?n de las monta?as.
Se sent?a f?liz.
Al no conocer m?s que aquella vida de libertad constante en la que no ten?a que depender siquiera de un lugar que pudiera considerar vivienda permanente, vagabundeaba a gusto tras el ganado sin rendir cuentas de sus actos m?s que a s? mismo, o al viejo e indiferente capataz que dos veces al a?o sub?a a comprobar que los animales continuaban aumentando el patrimonio de su amo.

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