Lunes, 11 de febrero de 2008
Publicado por Salazara72 @ 13:40
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Patente de Corso. P?rez Reverte.

Roberto, el escritor maldito.

Es flaco,chupaillo, con ojeras; y en los d?as de fr?o en que va tieso de viruta y no tiene ni para tomarse un cortado, se pone su vieja gabardina y una boina negra, y entra en el Caf? Gij?n para quitarse el fr?o junto a la barra, mirando al personal, que es gratis, mientras Alfonso, el cerillero, le da conversaci?n y alg?n pitillo suelto. El arriba firmante, a quien distingue con una de esas amistades que no elige uno, pero que te caen encima como cadena perpetua, tiene una foto suya donde sale con barba de dos d?as, desnudo salvo unos calzoncillos, con una funda sobaquera de pistola bajo la axila derecha, un Camel sin filtro en la boca y mirando a la c?mara con la frente arrugada y jeta de chuleta guas?n. La misma foto sale en la contraportada de una novela flamenca, violenta y con sexto duro Al sur de tu cintura, que le public? hace meses una editorial de esas marginales; pero all?, en la contraportada, la foto va silueteada y con dianas de tirar al blanco: una en la frente, otra en el coraz?n, otra justo en la entrepierna, o sea, en la bisectriz del fulano. De momento ha vendido ciento tres ejemplares, y todav?a n le ha disparado nadie. Mas no pierde la esperanza.
Entre una cosa y otra, tiene un talento que le salen por los desgarros del alma, un buen humor inquebrantable y desesperado, y las trazas del perdedor que se mira el careto cada d?a en el espejo y lo sabe, pero no se resigna. Si un d?a canta bingo editorial ser? famoso. Si no, envejecer? entre nerviosas chupadas al pitillo, con ese talante resignado, sarc?stico, te?ido de mala leche, que trae la certeza de hundirse lastrado por la propia inteligencia mientras alrededor tanta mierda flota. Entre tanto, lee, escribe, y como el conde de Montecristo espera y conf?a. Lo de leer no siempre lo tiene f?cil,, porque ya les he dicho que suele andar tieso como la mojama; pero siempre hay amigos que se prestan un libro, o se lo regalan. O libreros que le f?an, de grado o a la fuerza, que es m?s bonito. Y a veces no s?lo los libreros, sino tambi?n los grandes almacenes y sitios as?. Conservas, un champ?, ya saben. Como ?l mismo suele decir, es dura la vida del artista.
Una de sus p?ginas empieza con la frase; Dios m?o, no me ayudes, pero tampoco me jodas. Y hay d?as en que eso es lo ?nico que le pide a la vida. Que no lo joda. Su novia, su chica, su mujer, es una belleza de piernas largas que trabaja como modelo, entre otras cosas porque alguien tiene que meter dinero en las buhardillas o pensiones que van recorriendo a modo de casa; y el problema es que a menudo, despu?s de cada sesi?nn de trabajo, Roberto tiene que ir a buscarla, o andar apartando buitres, o li?ndose a hostias, es chupa?llo; pero si no hay m?s remedio bravo con los fulanos que ignoran que Clara est? loca por ?l. Se la camel? hace cuatro a?os, cuando ella le dijo qu? vas a tomar, y ?l que iba sin un duro, pidi? agua del grifo. Con mucho hielo, si no te importa.
Claro que el sistema no siempre funciona. Le han roto la cara un par de veces, como cuando cierta paliza lo tuvo varios d?as en un hospital, en coma. Mientras tecleo estas l?neas anda mud?ndose de un sitio para otro, en las esquinas, con un ojo en los cajones donde transporta sus libros y el otro en las esquinas, porque alguien que sale retratado con malas tintas en las novelas, uno de los ciento tres lectores, que ya es mala suerte, anda por ah?, tras ?l con la intenci?n de darle un par de mojadas en concepto de derechos sobre propiedad intelectual de que propio personaje. Son gajes del oficio, dice ?l estoico. Riesgos del noble arte de la Literatura.
De todas formas loo que no mata engorda. Y aunque es dificil que a ese tipo flaco y entra?able lo engorde algo, igual sobrevive a la mala ruina patatera y flamenca que se ha echado encima y termina esa otra novela que est? escribiendo entre fugas, esquinazos, y sobresaltos. Una historia de las suyas: dura y negra, nerviosa, bronca, con sexo, humor y ritmo de m?sica en la estructura. Una historia de la que, a veces, entre dos ca?as, se inclina sobre la mesa y me susurra un p?rrafo rorto y rotundo como un disparo, antes de qued?rseme observando el careto para ver el efecto. Yo lo miro impasible, pido otras dos ca?as y no digo nada. El hijoputa. P?rrafos que a veces dan envidia, porque son de esos que salen cuando Dios o el diablo sonr?en y te ponen la mano en el hombro. L?neas que desear?a escribir uno mismo.

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