Viernes, 08 de febrero de 2008
Publicado por Salazara72 @ 12:36
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La Iguana. Alberto V?zquez Figueroa.


...Era aquel su tercer viaje de ida y vuelta, desde all?; desde la misma raya del Ecuador, a los fr?os islotes patag?nicos, siguiendo el sendero trazado en el aire por millones de sus antepasados a lo largo de infinitas generaciones.
Ya su ojo atento y codicioso hab?a captado, desde docenas de millas mar adentro, que una vez m?s el eterno milagro se hab?a repetido y el azul del mayor de los oc?anos comenzaba a ensuciarse con las manchas marrones de los bancos de sepias que, de improviso, en una incontenible explosi?n de vida, nac?an en las proximidades de la isla que ahora se destacaba, negra, agreste y desolada, bajo sus largas alas.
Aquel era su hogar, y lo sab?a. La patria de los albatros gigantes; lugar de nacimiento, amor y muerte del ave que reinaba en los mares, y frente a la que gaviotas, alcatraces, rabihorcados, garzas, pel?canos o piqueros, no constitu?an m?s que tristes caricaturas aladas sin gracia alguna.
Altiva, gir? de nuevo estudiando una vez m?s la conocida pendiente de lava cuarteada que nac?a a sotavento, en una tranquila y diminuta bah?a de blanca arena, para ascender sin prisas, a morir en los altos y fieros acantilados contra los que se estrellaban las rugientes olas de barlovento.
Le inquiet? el panorama. Sin duda hab?a llovido durante su ausencia, y los cactus y arbustos hab?an crecido desmesuradamente, desperdig?ndose por entre las rocas y los bloques de lava, buscando con avidez cada pedazo de tierra f?rtil tra?da por el viento y abonada por los excrementos de millones de sus cong?neres, conformando por tanto una pista accidentada y sinuosa, dif?cil y arriesgada, marcada ya y no era de los ?ltimos en llegar por los cad?veres de tres viejos machos que le hab?an precedido en su largo viaje.
La edad hac?a perder reflejos a los m?s ancianos, que eran, al propio tiempo, los m?s pesados y los de mayor envergadura, con lo que se multiplicaban para ellos los peligros a la hora de encarar la pista y sortear obst?culos en un loco aterrizaje a velocidad suicida, en el que llegaba un momento, a dos metros del suelo, en que no exist?a posibilidad alguna de remontar el vuelo, y no quedaba m?s alternativa que tomar tierra felizmente o estrellarse.
Ellos, los albatros gigantes, inimitables en el aire, ten?an sin embargo las patas demasiado cortas en relaci?n a la longitud de su alas y el tama?o de su cuerpo. Para elevarse al cielo necesitaban los acantilados de barlovento y lanzarse al espacio con el viento de cara, mientras que para tomar tierra exig?an un ancho espacio sin accidentes ni remolinos que los desplazaran bruscamente, larga ?pista? por la que correr mientras frenaban su disparatado descenso.
Sobrevol? por ?ltima vez la isla avisando con sonoros graznidos que se lanzaba a tumba abierta, cruz?, bajo, sobre la cabeza del hombre que le observaba acomodado sobre una alta roca, semidesnudo y cubierto con un deste?ido sombrero mugriento de sudor; se alej? hacia el sur sobre el mar rugiente, y regres? con la fuerza y la velocidad de una flecha impulsada por un arco gigante, recto el pico y gacha la cabeza, sintiendo el viento silbar en sus o?dos, viendo llegar la parez h?meda y negra contra la cual otros muchos se aplastaron anta?o, para pasar a metro y medio de su cima, dejar a la izquierda el cactus solitario, y esquivar la piedra roja que marcaba el comienzo del declive.
Supo entonces que hab?a sobrepasado el punto de posible retorno, y se enfrentaba con la muerte o con la p?rdida de los m?s hermoso que la Naturaleza le hab?a proporcionado; unas largas, fr?giles e inapreciables alas ribeteadas de blanco...
Fue como si se hubiese sumergido en un torbellino indescriptible, sin tiempo para reflexionar, actuando movido por el instinto y los reflejos, zigzagueando por entre un laberinto de ramas y pedruscos, hasta sentir de improviso la olvidada consistencia de algo firme y s?lido bajo sus quebradizas patas; rugoso suelo y calientes rocas sobre las que salt? en cortos y c?micos brincos de borracho, para quedar al fin muy quieto, extendidas las alas y como sorprendido en su propia haza?a y del misterio de encontrarse una vez m?s ileso y vivo en lugar seguro.

Comentarios
Publicado por Invitado
Jueves, 03 de julio de 2008 | 2:47
Lo acabo de terminar, que buen libro!
Publicado por Invitado
Jueves, 01 de marzo de 2012 | 6:37

me encanta, de hecho me gustaría conseguirlo de nuevo, pues lo presté y no me lo regresaron,  acaso sabes donde lo podría conseguir?