Domingo, 03 de febrero de 2008
Publicado por Salazara72 @ 9:31
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Recuerdos de un lector (II)







Mi abuelo y yo sol?amos dar largas caminatas en pos del crep?sculo, siguiendo el curso del r?o o por vericuetos que s?lo ?l conoc?a, en busca de las hierbas medicinales que le serv?an para curar sus achaques. Recuerdo que me cantaba canciones de cuando la guerra, o todav?a m?s antiguas, con una voz cascada y agrietada de melancol?as, y que me contaba an?cdotas de su juventud de vendedor ambulante, an?cdotas sobre aquellos a?os ?speros en que dorm?a en las posadas de los caminos, y a veces tambi?n a la intemperie, escrutado por las estrellas y las lechuzas. En uno de aquellos paseos mi abuelo me llev? hasta la biblioteca de la ciudad en que crec?, all? donde las iglesias rom?nicas guardaban su liturgia anciana y fresqu?sima. Mi abuelo, como tantos otros jubilados, sol?a hojear los peri?dicos en la biblioteca, para ahorrarse las monedillas que costaban en el quiosco; y, mientras lo hac?a, me dejaba en la sala de lectura infantil, donde descubr? que los libros eran un tesoro inagotable que podr?a llenar mis d?as y mis noches, un tesoro que refulg?a como el oro de las mitolog?as.

La visi?n de aquellas estanter?as atestadas de libros, combadas por el peso de cientos de vol?menes que aguardaban expectantes mi curiosidad, me produjo una suerte de arrobo. Extra?amente, pens? que aquella biblioteca era una suerte de templo, protegido de las contingencias y de los vanos afanes de los hombres, donde podr?a alimentar mi devoci?n por los siglos de los siglos. Y, como no sab?a por d?nde empezar, me impuse un m?todo de lectura disparatado: decid? que estaba obligado a leer todos aquellos libros, uno por uno, y para que mi prop?sito no flaquease, decid? leerlos en estricto orden, empezando por el anaquel m?s alto de la estanter?a m?s pr?xima a la entrada de la biblioteca; cuando acab? con el primer anaquel, segu? con el siguiente, y as? hasta acabar con la primera estanter?a. Durante a?os, segu? a rajatabla aquel disparatado m?todo; e, inevitablemente, hice acopio de lecturas absurdas o perfectamente prescindibles; tambi?n de lecturas demasiado abstrusas para un ni?o que apenas hab?a empezado a descifrar los senderos de la vida. Pero tambi?n en aquellos libros absurdos o prescindibles o demasiado intrincados hall? motivos de alborozo; y todav?a hoy queda en m? algo de aquel ni?o desprejuiciado que no hac?a ascos a nada en su pasi?n voraz por la lectura, una pasi?n que pronto anegar?a mi vida entera, como un amor insomne, casi can?bal, que no me conced?a tregua. M?s de una vez mi madre me pill? robando horas al sue?o, con la l?mpara de mesilla encendida, absorto en la lectura de un libro; y, aun despu?s de que mi madre me apagara la l?mpara de mesilla, yo me las ingeniaba para seguir leyendo, armado de una linterna, acurrucado entre las mantas. Y as? me sorprend?a el amanecer, calenturiento de palabras que me aturd?an con un fragor de enjambre.

Me chiflaban las novelas de Agatha Christie publicadas por la editorial Molino, con portadas siempre alusivas al misterio que se dilucidaba en sus p?ginas; y todav?a m?s me chiflaban los vol?menes de una colecci?n algo vetusta ya por entonces, llamada Biblioteca Juvenil Cadete, con encuadernaciones en pasta dura de color verde: all? descubr? a Emilio Salgari, a Robert L. Stevenson, a Mark Twain, a Fenimore Cooper. Y descubr?, sobre todo, al escritor que m?s placer y estremecimiento traer?a a mis d?as infantiles: se llamaba Edgar Allan Poe, y escrib?a historias amedrentadoras y obsesivas, sembradas de episodios aberrantes y homicidas, de pulsiones extra?as que acontec?an en caserones l?bregos, en mausoleos acechados por la decrepitud, en catacumbas desmigajadas por la humedad y los pecados m?s turbios. Poe se convirti? enseguida en mi escritor predilecto ?en esto se notaba que era un chico rarito?; todav?a no pod?a saborear las delicias de su estilo, pero me bastaba con zambullirme entre sus p?ginas para sentir que un cosquilleo muy grato, mixto de asombro y zozobra, se inmiscu?a en mi sangre, se infiltraba en mis huesos, hasta infectar mis sue?os de pesadillas que me visitaban cada noche, como una amante fiel de la que ya no podemos liberarnos, de la que ya no queremos liberarnos.

Todav?a hoy, cuando recuerdo aquel cosquilleo, viene sobre m? la infancia, como un ej?rcito a caballo, y me invade de una secreta, perenne felicidad que exorciza el tedio de la vida adulta.

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