Domingo, 27 de enero de 2008
Publicado por Salazara72 @ 13:19
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La memoria crea falsos recuerdos. Yo no puedo recordar cu?ndo aprend? a leer, porque lo hice a una edad muy temprana, con los tres a?os reci?n cumplidos o antes incluso. Me ense?? mi abuelo, con la ayuda de una cartilla un tanto vetusta que en su primera p?gina inclu?a las letras vocales, acompa?adas de un dibujo alusivo: la a de abanico, la e de erizo, la i de iglesia, la o de ojo, la u de uvas. Guardo todav?a un ejemplar de aquella cartilla, desgualdrajado y amarillento; y, mientras lo hojeo, me imagino aupado sobre las rodillas de mi abuelo, arrimados ambos a la camilla que escond?a bajo sus faldas el calor hospitalario del brasero, pronunciando al un?sono esos sonidos que serv?an para designar el mundo; y llego a imaginar tan v?vidamente esa escena que por momentos creo recordarla. Pero s? bien que a quien recuerdo aprendiendo a leer es a mi hermana, cinco a?os m?s peque?a que yo, que tuvo id?ntico maestro y tambi?n trepaba a sus rodillas en las tardes de invierno; cuando acababa de tomarle la lecci?n, mi abuelo la besaba en las mejillas, restreg?ndole su barba picajosa de tres o cuatro d?as, una barba que le crec?a recia y pugnaz, porque era muy macho y adem?s se la afeitaba con navaja barbera. Mi hermana se quejaba de aquellos besos que le dejaban las mejillas escocidas, como yo mismo me quejaba; pero ahora que esos besos me faltan me despierto a?orando aquel escozor en la piel, y a veces incluso llego a sentirlo en la duermevela como una lija amorosa que frotase todo mi rostro, lav?ndolo de arrugas y pensamientos sombr?os.

Recuerdo a mi abuela encerrada en su habitaci?n, engolfada siempre en el rezo del rosario y en la lectura de novenarios y revistas piadosas. Santa Rita y el pueblo cristiano, se llamaba su predilecta; en sus p?ginas finales se inclu?a siempre un cap?tulo de un follet?n sobre la Abogada de los Imposibles. Mi abuela padec?a cataratas y sol?a pedirme que le leyera las p?ginas de aquella hagiograf?a por entregas, salpimentadas de episodios peregrinos, a veces un poco tremebundos (el milagro de los estigmas y de las marcas de la corona de espinas en la frente me dejaba turulato), en los que lo candoroso se daba la mano con lo sobrenatural, hasta infundirme una suerte de arrobo o beatitud que casi me hac?a levitar. Otra de mis primeras lecturas fueron los pasajes de Historia Sagrada que inclu?a la enciclopedia ?lvarez, con la que mis padres estudiaron: all? se conten?an los episodios m?s divulgados del G?nesis (la creaci?n del mundo, la expulsi?n del Para?so, el arca de No?, el sacrificio de Isaac?), que fueron durante muchos a?os la levadura de mi imaginaci?n y me ense?aron que hay otra realidad m?s cierta que la que perciben nuestros sentidos, otra realidad que anida all? donde s?lo acceden quienes miran sin lega?as.

Mi abuelo, que me ense?? a leer, no era sin embargo hombre de lecturas numerosas. La sabidur?a que hab?a atesorado no se la hab?an proporcionado los libros, sino las asperezas y sinsabores de la vida; sin embargo, guardaba como oro en pa?o un ejemplar muy magullado de las poes?as de Jos? Mar?a Gabriel y Gal?n, que hab?a llegado a aprenderse de memoria all? en su infancia campesina. Sospecho que hoy ya nadie frecuenta a Gabriel y Gal?n, tan alejado de la muy cuestionable sensibilidad contempor?nea; pero su poes?a rural, candeal, muy delicadamente emotiva me sigue poniendo un amasijo de ortigas en la garganta cada vez que la releo. El poema predilecto de mi abuelo se titulaba El vaquerillo; y me lo recitaba a diario, con una voz que era a un tiempo muy viril y muy acendradamente melanc?lica, como si en el ni?o protagonista estuviese viendo al ni?o que yo era por entonces, o incluso al ni?o que ?l mismo hab?a sido:

?He dormido esta noche en el monte
con el ni?o que cuida mis vacas.
En el valle tendi? para ambos
el rapaz su raqu?tica manta
y se quiso quitar, ?pobrecillo!,
su blusilla y hacerme almohada?.

Mientras mi abuelo le?a aquellos versos c?lidos y ateridos, yo sent?a crecer dentro de m? el relente de una noche pasada en la intemperie, y me acurrucaba contra ?l, para sentir el calor de su sangre desfilando por sus venas antiguas, como un r?o rumoroso y lent?simo, para sentir los latidos de su coraz?n, como un reloj que midiese la respiraci?n del mundo. Pegados el uno al otro, como la piedra al liquen, sent?amos que se nos hac?an de acero los cuerpos y de oro las almas; y la noche que ya se avecindaba a lo lejos ni siquiera nos rozaba: ambos ?ramos invulnerables y eternos como los dioses.

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