Martes, 22 de enero de 2008
Publicado por Salazara72 @ 13:34
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El S?ptimo Velo. Juan Manuel de Prada.


Como una vela que se consume. Pero entre los avisos de consunci?n brot? el recuerdo de Luc?a; no es que la hubiese olvidado, pero durante aquellos meses el amor que le profesaba hab?a sido devorado por el mismo vac?o que hab?a aniquilado su vitalidad. Poco a poco aquel recuerdo ssepultado entre los escombros de la conciencia empez? a brillar, como un oro que refulge en la oscuridad. Al principio, la supervivencia de ese recuerdo le caus? extra?eza; la misma extra?eza que al paral?tico debe de causarle comprobar, una ma?ana cualquiera, que el miembro tullido e inm?vil empieza a rebullir de s?bito. Superado ese estupor inicial, descubri? que pod?a recordarla voluntariamente, hasta que ese recuerdo de hizo idea fija, de tal modo que ni siquiera voluntariamente lograba olvidarla. Ahora que ya sab?a que su familia hab?a sido atrapada en las fauces de esa nada que infectaba el aire con sus miasmas, el recuerdo de Luc?a se irgui? como un ?ltimo asidero que exortizaba el acoso de la muerte: se sorprend?a constatando que ese recuerdo,lejos de atenuarse con el paso del tiempo, se hac?a m?s pujante y n?tido, y a fuerza de pensarlo y repensarlo llegaba a superponerse al vac?o del universo. Tambi?n se sorprend?a constatando que ese recuerdo invasor empezaba a ramificarse en otras expresiones sensibles: recordar a Luc?a anestesiaba su dolor, pero tambi?n avivaba su rencor hacia Jules. A veces sus insomnios tenaces,se descrubri? deseando calamidades al hombre que se la hab?a arrebatado, el hombre que ?l mismo hab?a salvado de la muerte. Comprendi? que tambi?n el odio es una manifestaci?n de vitalidad.

Pens? que, lograba transformar ese torrente venenoso en efuciones fecuandas, tal vez lograr?a redimirse. Por entonces en la prensa se empezaban a publicar testimonios de supervivientes que hab?a regresado a Francia, tras un penoso peregrinaje por las geograf?a alucinadas del exterminio. A Andr? nunca dej? de admirarlo que aquellas personas d espose?das, pisoteadas, amputadas de sus seres queridos, a?n tuviesen arrestos para recomponer los anicos de su esp?ritu y seguir orgullosamente viviendo. Decidi? que ese acto supremo de hero?smo merec?a su hmenaje, un homenaje modesto, seguramente insignificante ante el tama?o de su epopeya. As? se le ocurri? fundar un centro de documentaci?n o archivo sonoro que recogiera aquellos testimonios, una enciclopedia de voces que perdudara el crepitar de unas almas arrojadas a la hoguera y sin embargo triunfantes, enaltecidas por una fuerza superior a ellas mismas.. Era una empresa vasta como el oc?ano; pero Andr? la acometi? con el ?mpetu de un navegante primerizo, con esa aportaci?n de entusiasmo que le proporcionaba la conversi?n de sus aflicciones en impulsos generosos.

Pod?a evocar con nitidez aquellos juegos vespertinos. La vigilancia de Luc?a no lograba evitar que me revolcase en la arena, que me pegara alg?n trompazo, que me enzarzara en una pelea de mojicones y patadas en las espinillas con alg?n compa?ero de clase. Luc?a s?lo participaba de estar charlas de una forma desva?damente cort?s, como quien acepta una vianda ins?pida por no desairar a su anfitri?n.

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