Domingo, 20 de enero de 2008
Publicado por Salazara72 @ 11:03
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De Prada, uno de mis escritores favoritos, escribe y describe genial, no comparto sus ideas politicas y religiosas, pero nadie es perfecto, y ademas tengo entendido que no es de los escritores que tiran la piedra y esconde la mano. La pena que tengo, es que Juan Manuel de Prada no sabe que existo, ni que tiene una admiradora como yo, pero bueno, la pagina es publica, quizas algun dia la encuentre.Un Beso.


Sed como ni?os







?Por qu? nos gustan los ni?os? Porque en ellos todo es nuevo, original, imprevisible. Nada de lo que hacen o dicen se conforma a lo establecido; simplemente, ignoran qu? es lo establecido, y por ello mismo su lenguaje, como sus actitudes, parece reci?n creado, reci?n inventado. Someten la realidad a un constante proceso de reinvenci?n; son creativos en el sentido m?s hondo de la palabra, como lo es el Dios del G?nesis: crean el cielo y la tierra a cada instante, crean el d?a y la noche, y no se cansan de crearlos, porque para ellos cada cielo y cada tierra son distintos, cada d?a y cada noche albergan acontecimientos que nunca antes existieron, que nunca volver?n a existir. Su actitud ante la vida es inaugural, frente a la de los adultos, que es reiterativa: crecer es conformarse con una realidad que se repite; y amoldarse a esa realidad repetida, convirti?ndonos nosotros mismos en criaturas en serie, con actitudes previsibles, con palabras gastadas, con sentimientos y pasiones estereotipadaos, con preocupaciones triviales, de tan archisabidas.

Crecer, ay, es deteriorarse. De alg?n modo tr?gico, a medida que nos hacemos grandes, nos hacemos iguales. S?lo los adultos podemos ser clasificados, etiquetados, sometidos a disecci?n; y ya se sabe que la disecci?n se realiza en organismos muertos. Decimos las mismas cosas, cometemos los mismos pecados, nos desvelan los mismos afanes: buscamos comodidades que hagan nuestra vida m?s placentera (o menos sufriente), encauzamos nuestro pensamiento en tal o cual ideolog?a establecida, concebimos sue?os o deseos que otros concibieron antes que nosotros, sue?os o deseos que se concretan en las mismas previsibles aspiraciones: dinero, honores, salud, mujeres (u hombres) que nos acompa?en en nuestra traves?a tediosa. Incluso all? donde podr?amos ser distintivos preferimos ser uniformes, productos de una cadena industrial que funciona a destajo: y as? ocurre en el amor, en la religi?n, en todo aquello que iluminar?a nuestra vida si adopt?semos una actitud inaugural. Pero en lugar de aprovechar esas oportunidades que se nos ofrecen para la originalidad, terminamos amando como otros amaron antes que nosotros, terminamos creyendo en Dios del mismo modo cansino o ritual, ignorando que cada persona es irrepetible, ignorando que repetirse es negar nuestra condici?n humana, aceptar nuestra propia muerte.

Hemos excluido el asombro de nuestro horizonte vital; y eso nos convierte en criaturas doctrinarias. Los ni?os, por el contrario, son seres de asombro: no hay dos iguales, cada uno difiere de los otros: no s?lo de sus hermanos, o de sus compa?eros de clase, sino de todos los ni?os que en el mundo han sido, de los que son y de los que en el futuro ser?n. Esa cualidad distintiva la podemos apreciar en las preguntas con las que sin cesar nos interpelan: hay un momento en que esas preguntas nos subyugan y fascinan; pero hay tambi?n un momento posterior en que llegan a fastidiarnos. Subyugaci?n y fastidio que tienen una misma explicaci?n: toda la creaci?n se vuelve a crear en los ni?os, a trav?s de su incesante curiosidad; y este car?cter milagroso de su naturaleza despierta en nosotros la nostalgia de lo que fuimos, y tambi?n el despecho de saber que ya nunca m?s volveremos a ser as?. Si logramos ceder a esa subyugaci?n, al deslumbramiento que su actitud creativa ejerce sobre nosotros, podemos llegar a convertirnos, siquiera por unos instantes, en ni?os como ellos mismos; pero enseguida emerge dentro de nosotros el adulto que durante esos instantes hemos reprimido y volvemos a ser rutinarios, y el acopio de novedad que los ni?os traen consigo se torna de inmediato enojoso, por la sencilla raz?n de que nos recuerda todo aquello a lo que hemos renunciado, todo aquello que ya no podremos volver a ser.

Cada vez tengo m?s claro el sentido de aquella frase evang?lica: ?De los que son como ni?os es el reino de los cielos?. Y es que el cielo hay que gan?rselo a cada instante, esfuerzo creativo que s?lo los ni?os son capaces de acometer; nosotros, los adultos, vivimos m?s c?modamente instalados en nuestras rutinas, que son expresiones de una existencia infernal. Pero somos tan tontos que ni siquiera nos damos cuenta; o nos consolamos pensando que los dem?s viven en el mismo infierno. Que son, como nosotros mismos, presentes sucesiones de difunto.

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