Domingo, 21 de octubre de 2007
Publicado por Salazara72 @ 19:40
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Animales de compa??a, por Juan Manuel de Prada


Entre rejas






Estuve hace poco en la c?rcel de Logro?o, aceptando una invitaci?n de ?ngel, coordinador del club de lectura Libellus. Nunca antes hab?a puesto el pie en una prisi?n; e, inevitablemente, la idea que ten?a de estos lugares ?donde toda incomodidad tiene su asiento?, as? como de sus inquilinos, estaba distorsionada por los clich?s cinematogr?ficos. Anta?o a los delincuentes que cumpl?an condena se los denominaba ?hez social?; y hoy, aunque la hipocres?a de la correcci?n pol?tica nos impide proferir expresiones tan rotundas y vejatorias, seguimos consider?ndolos algo as? como retales de una humanidad averiada o leprosa que no nos conformamos con mantener apartados de nuestra vida. Queremos tambi?n mantenerlos apartados de nuestro pensamiento, fingiendo que no existen, como si con el cumplimiento de su condena se les expidiese un billete con destino a la pura disgregaci?n. Pero existen: y su propia existencia es un desaf?o que nos interpela. Son parte de nosotros mismos: la parte de nosotros que clama por una redenci?n; la parte de nosotros que nos recuerda el fr?gil barro del que estamos hechos, siempre dispuesto a caer, siempre dispuesto a levantarse.

Mientras paseaba por el ala donde se hallan confinadas las mujeres, acompa?ado por Jos? Antonio Oca, el director del establecimiento, me tropec? con V., una muchacha de aspecto fr?gil y mirada pudorosa o ausente que podr?a haber sido bella si en sus rasgos no se congregasen los zarpazos y magulladuras del sufrimiento. V. sosten?a entre las manos un dibujo de trazo ingenuo que ella misma acababa de perge?ar; vest?a un ch?ndal que borraba sus turgencias y la ani?aba ante mis ojos; ten?a, en verdad, algo de ni?a que al salir de la escuela descubre que esa tarde no han ido a buscarla y echa a andar sin rumbo. Me golpe? la piedad, como una ola que cre?a dormida, me golpe? con un ?mpetu y un sabor a sal que removi? algo dentro de m?, como si de repente los cimientos sobre los que se asentaban mis seguridades se tambaleasen. V., seg?n me cont? el director de la c?rcel, padec?a esquizofrenia: hab?a robado un queso en un supermercado y hab?a agredido a una cajera con una navaja; en la c?rcel se sent?a m?s a salvo que en ninguna parte, se sent?a menos sola que en ninguna parte. Me cost? separarme de ella; era como si en su cuerpo menudo se albergara el dolor inabarcable del mundo, como si ese dolor irradiara un campo magn?tico y tirara de m?, oblig?ndome a fundirme con ?l. Todav?a su rostro rasgu?ado por la desgracia me visita en sue?os; y, cada vez que lo hace, su mirada me hiere como un reproche.

Di una charla a los reclusos de Libellus en la capilla de la c?rcel. Un Cristo crucificado parec?a abarcar con sus brazos a los asistentes: hab?a entre ellos asesinos, violadores, ladrones, y sin embargo todos estaban contenidos en ese abrazo, todos eran parte de ese Cristo que pend?a del madero, todos sangraban por su misma herida, todos estaban llamados a resucitar a una vida nueva. Durante la charla habl? de mi vocaci?n literaria, de c?mo los libros abren ventanas hacia paisajes vitales insospechados, paisajes que ya est?n dentro de nosotros, esperando la luz que los desvele. Al acabar mi intervenci?n, se sucedieron preguntas mucho m?s incisivas y perspicaces que mi balbuciente discurso: de modo casi imperceptible (quiz? porque toda creaci?n art?stica es una efusi?n del esp?ritu), la curiosidad de los reclusos se orient? hacia asuntos de ?ndole espiritual. J. L., uno de los presos m?s veteranos y cultivados, me inquiri? sobre un art?culo que publiqu? recientemente en esta revista, Una revoluci?n gigantesca, en el que trataba de explicar ?o sobre todo de explicarme? el proceso de conversi?n al cristianismo de un patricio romano, all? en los primeros siglos de nuestra era. Tambi?n J. L., despu?s de a?os atroces ofuscados por la sangre, hab?a sentido la necesidad de dar respuesta a una llamada que lo urg?a a transformarse en un hombre nuevo. Record?, mientras lo o?a hablar, aquellas palabras del Evangelio: ?Habr? m?s alegr?a en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversi?n?. Y me fui de la c?rcel de Logro?o pose?do por esa alegr?a, seguro de que aquellos hombres y mujeres que quedaban entre rejas, apartados del mundo como retales de una humanidad averiada o leprosa que nos averg?enza, estaban salvados por una misericordia que a todos nos alcanza, una misericordia misteriosa que llega all? donde la mera justicia humana se detiene.
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