Lunes, 30 de julio de 2007
Publicado por Salazara72 @ 23:43
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El tren se detuvo la ma?ana del tercer d?a. Era un 10 de octubre. Est?bamos en lo que parec?a ser una estaci?n en pleno campo. Desde fuera llegaban ruidos y signos de gran agitaci?n. Alguien gritaba breves ?rdenes ?n alem?n. De pie, mirando, por el tragaluz, vi unos extra?os hombres vestidos como cebras blanquiazules que corr?an en todas direcciones. Tambi?n hab?a militares alemanes, probablemente de las SS , algunos de los cuales llevaban atados unos inquietantes molosos.



Al avanzar en el proceso de escritura, descubro una dificultad mayor que no hab?a previsto, la de disociar dos planos temporales; la descripci?n del acontecimiento tal como se produjo, o por lo menos tal como figura en mi memoria y la visi?n o la interpretaci?n que tiendo a privilegiar despu?s de que la experiencia posteriormente adquirida haya obliterado el recuerdo bruto.
Tendr? que hacer un esfuerzo de imaginaci?n para recostruir semanas o incluso meses de miseria f?sica de los que no queda nada concreto, como si se los hubiera tragado la tierra. Sin embargo, tengo algunas referencias que deber?an permitirme reconstruir bastante fielmente aquella realidad. Paradoja absoluta, hablar de realidad en relaci?n con aquel universo.
Tengo que evitar que interfieran los escritos de otros testigos.
De ahora en adelante, ya s? lo que quiero evitar; el museo de los horrores, la letan?a de las atrocidades. Ya est? todo dicho, a veces demasiado cruelmente.
Tampoco quiero hacer un cat?logo de la vida cotidiana, quiz? s?lo evocarla a trav?s de algunas alusiones. Aunque quisiera, no me resultar?a f?cil; los cincuenta a?os transcurridos han dejado mi memoria tan fr?gil como un encaje apolillado. Lo que quiero lleva quiz? la marca de una ambici?n desmesurada, y por lo tanto, poco realista.
Dar cuenta de la angustia. Un mundo donde uno pierde pie si no sabe nadar.
Seguir el recorrido de la degradaci?n de los seres humanos hasta su aniquilaci?n: la muerte de los sentimientos, la muerte del pensamiento, y despu?s, la muerte del hombre. La pendiente de la curva hasta el punto cero. El punto de no retorno.
Despu?s para algunos, entre los que tengo la suerte de contarme, la adaptaci?n progresiva, la recuperaci?n y la transformaci?n en una variedad nueva de seres humanos: no ya el Homo sapiens, sino el "hombre de los campos de exterminio".
Una especie cuya existencia de dos o tres a?os habr? sido fugaz, si se compara con los treinta mil a?os del Neandertal, o los ciento cincuenta mil del Homo habilis. Pero es una especie rica en ense?anzas para los soci?logos del futuro.
Es bastante raro, pero no sufro en absoluto. Mejor dicho, siento una especie de voluptuosidad; a medida que escribo, me desatasco y experimento un vago sentimiento no de liberaci?n, sino de deber cumplido.
Extra?os deberes de vacaciones, programados desde hace cincuenta a?os para un momento de la vida en el qeu me pudiera dedicar a ellos plenamente. Despu?s de la vida activa, antes de la decrepitud...



He escrito sin sue?os, casi maquinalmente, sin darle importancia. De repente, me doy cuenta de que no recuerdo haber hablado ni haber oido a nadie hablar de sue?os, salvo en el hospital, al final de la enfermedad.
Ning?n texto, que yo sepa, menciona sue?os en Auschwitz. Y no me refiero ya a los sue?os er?ticos, de los que ?ramos fisiol?gica y ps?quicamente incapaces, sino de esos sue?os de madrugada que siguen vivos al despertar y sobre los que uno discute con los amigos. Esos sue?os de evasi?n a otra realidad, huidas anodinas, a veces incongruentes.




Soy qu?mico, comando 92. Veinticinco ingenieros, farmac?uticos, profesores de facultad y yo, yo y yo. Estamos a las ?rdenes de uno de los pocos Kapos jud?os. Se llama Hugo, un joven berlin?s de unos veintitr?s o veinticinco a?os. Como la mayor?a de jud?os alemanes, deb?a de estar totalmente asimilado y proven?a, probablemente, de una familia de comerciantes burgueses. Aunque ten?a prohibido el acceso a la universidad y a pesar de las crecientes presiones, hab?a permanecido en su tierra natal, ciego ante los acontecimientos, y sordo a los terror?ficos rumores.
Confiaba en su pa?s, en Goethe, en Heine, y en la Kultur y sus rasgos no difer?an en nada de los de un alem?n medio. Me imagino sin dificultad que debi? de vivir como tal hasta poco antes de la guerra. Despu?s se estrech? el cerco. Probablemente le internaron al mismo tiempo que a su familia, pero nunca me cont? su historia, si bien yo era el ?nico del comando con el que pod?a comunicarse sin dificultad. En el campo nadie cuenta su historia para no ense?ar los puntos d?biles. Debi? ser de los primeros en desembarcar en Auschwitz, alemanes o austriacos, antes de de la marejada de convoyes de polacos, checos y dem?s que fueron llegando a medida que los tent?culos alemanes de extend?an por los confines de Europa.


Cu?les son las secuelas de mis a?os de internado, como me gusta llamarles, adem?s del n?mero marcado en mi brazo izquierdo que, en verano, antes de que el moreno lo disimule, suscita a veces una palabra emocionada por parte de un desconocido sagaz y c?mplice?
La incapacidad de expresar mi amor a pesar del calor que siento en mi interior, los gestos que no me salen, como abrazar a los que amo, las caricias de las que soy incapaz, ? son obra del campo, o son el resultado de una infancia sin madre y sin ternura? Tal vez los dos.
Tambi?n perd? la noci?n del respeto. Durante mucho tiempo, cuando conoc?a a alguien, lo ve?a desdoblado: por un lado, bajo su apariencia humana en la sociedad, y por el otro , bajo los rasgos del Haftling que hubiera sido en caso de suerte adversa.
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