Domingo, 01 de julio de 2007
Publicado por Salazara72 @ 12:27
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Peor suerte corri? Fidel, enviado al campo de concentraci?n de Saint-Cyprien, uno de los muchos fundados en las playas del departamento de los Pirineos Orientales. Aunque designar ?campo de concentraci?n? a un arenal de varios kil?metros de extensi?n, donde llegaron a congregarse hasta cien mil hombres, cercados por alambradas de p?as y sin un m?seo barrac?n donde guarnecerse, quiz? no baste para compendiar el horror de aquel paraje inh?spito. Puesto que el gobierno franc?s, como los dem?s gobiernos democr?ticos europeos, por lo dem?s_jam?s hab?a declarado oficialmente la legitimidad de la Rep?blica espa?ola durante los a?os que hab?a durado la contienda civil, los exiliados carec?an del estatuto de refugiados. No pod?an acogerse a la protecci?n de los convenios internacionales, ni invocar la salvaguarda de la Sociedad de Naciones; deb?an conformarse con languidecer a la intemperie, como corresponde a un ?hatajo de indeseables?. En Saint-Cyprien, desde luego, el trato que recibieron no desmereci? el agrio calificativo de Daladier: a su llegada al campo, los guardias m?viles se encargaron de despojarlos de las escasas pertenencias de valor que a?n pudieran conservar; durante los primeros d?as de confinamiento, expuestos a los rigones del invierno y sin un mendrugo de pan que llevarse a la boca, muchos murieron de fr?o e inanici?n; en las semanas sucesivas, las defunciones por tifus y disenter?a, propagados a trav?s del agua salobre que los prisioneros se ve?an obligados a beber. Diezmar?an a?n m?s a la poblaci?n del campo.
El gobierno franc?s quiso aprovechar la coyuntura para librarse de aquella enoja multitud de parias. Con la complicidad de las autoridades republicanas en el exilio, incit? a la repatriaci?n a los espa?oles que no hubiesen ostentado ninguna responsabilidad pol?tica durante los a?os de la contienda ni estuviesen implicados en delitos de sangre. Casi un tercio de los refugiados picaron el anzuelo que se les tend?a; diariamente abandonaron el campo miles de incautos, custodiados con ins?lita deferencia por gendarmes que los depositaban en los trenes con destino a Porbou. El recibimiento que les aguardaba en Espa?a distaba mucho del que les hab?an pintado id?licamente los irresponsables dirigentes republicanos: algunos fueron ejecutados, otros dieron con sus huesos en la c?rcel, los m?s sobrellevaron desde entonces una existencia sojuzgada y oprobiosa. Pero los irresponsables que los hab?an devuelto al matadero, los mismos irresponsables por cierto que previamente los hab?an embarcado en una guerra perdida de antemano,utilizaron aquel episodio luctuoso para aureolarse de victimismo ante la comunidad internacional, como sie llos hubiesen sido los m?rtires.

La tragedia de Fidel, como la de tantos espa?oles de orden que repudiaban por igual la deriva revolucionaria de la Rep?blica y el nacionalcatolicismo franquista ya la hab?a compendiado siglos atr?s Francisco de Aldana en su soneto memorable: ? El ?mpetu cruel de mi destino/ ?c?mo me arroja miserablemente/ de tierra en tierra, de una en otra gente,/ cerrando a mi quietud siempre el camino??. En los atardeceres de Saint-Cyprien, ante el mar inm?vil y dordo que se extend?a ante su mirada como una barrera m?s infranqueable que las alambradas de espinos, Fidel se atrev?a a solicitar a Dios que su destino sin quietud no se extendiese a su hija.

El amor no siempre es alegre, pero hab?a sido su refugio en aquellos d?as oscuros como osumideros, p?tridos como letrinas, en que ambos hab?an cre?do estar a punto de sucumbir, mientras la luna del miedo alumbraba aquel cementerio habitado por un mill?n de muertos. Luc?a prefer?a la noche para el amor, su sigiloso reverbero, esas horas a oscuras en las que parec?a ahondarse el silencio. Jules, en cambio, reclamaba para el amor las primicias de la ma?ana, esos minutos en que la palidez del alba escruta las tinieblas, limpiando sus cr?menes. Apenas sent?a la caricia lustral de esa primera luz filtr?ndose entre las rendijas de la persiana, Jules no resist?a la tentaci?n de aspirar el olor todav?a dormido de Luc?a, una fragancia de pajar donde germina el heno, y la acurrucaba contra s?, hasta sertirla como una arcilla tibia que se adaptaba al molde de su propio cuerpo. Dorm?an pegados el uno al otro, incrustados el uno en el otro; y , aunque los movimientos nocturnos a veces los despegaban, enseguida volv?an a buscar su mutuo abrigo, como se buscan la mano y el guante, el perno y la bisagra, la piedra y el liquen. Nunca estaba tan hermosa Luc?a como cuando dorm?a; el vientre como un pan c?lido y candeal, al arpa de las costillas esculpiendo su bajorrelieve en la piel, los senos agazapados como volcanes mansos, el cuello comoo una horma en la que Jules gustaba de encajar su ment?n, para rescatar el latido de su sangre, ese venero subterr?neo. Jules se apretaba contra ella, como el escultor se aprieta contra la estatua que est? esculpiendo, para enegarse en su misma temperatura, para sentirla vulnerable como ?l mismo, barro de su mismo barro, y restregaba su rostro contra su melena revuelta, mientras aspiraba el olor de su piel, un olor matinal de establo limpio, de horno todav?a tibio, de sudor convaleciente y ovulaci?n con una d?cimas de fiebre. Se incorporaba sobre la cama para contemplar aquella armon?a fr?gil, el di?pason apacible de su sue?o, y alargaba una mano para acariciarla sutil?simamente, con esa delicadeza que empleamos para apartar la nata de un cuenco de leche humeante. Al sentir esa caricia que de repente adquir?a una dureza rec?ndita, emit?a un ronroneo ininteligible, pero enseguida volv?a a sumirse en la inconsciencia, como la leche vuelve a cubrirse con una capa de nata cuando volvemos a calentarla.
Jules insist?a entonces, escindido entre el deseo que lo inundaba con los clarores del amanecer y el remordimiento de despertarla. Luc?a farfullaba entre sue?os palabras estoposas, inacabadas, que se quebraban como un reloj de arena, resisti?ndose a despertar del todo, resisti?ndose a abandonar esa madriguera de sopor que tan dulcemente la manten?a presa. Jules segu?a insistiendo, ganado por el deseo, la acariciaba con menos remilgos, buscaba con los labios y la lengua el rastro salobre que la noche hab?a dejado en su piel, y Luc?a se dejaba hacer, gozosamente bautizada por su saliva, se dejaba besar y moldear por las manos de Jules manteniendo una hip?crita apariencia de languidez, esa pasividad que en el fondo consiente el asedio del amante, aunque finja rechazarlo. La insistencia de Jules al fin obten?a resultado, al fin rend?a el baluarte de su sue?o, y durante los minutos que duraba su mutua entrega dejaban ambos de llamarse Lucia y Jules, dejaban de tener un solo nombre para tener todos los nombres del nundo, herido por una misma luz blanca, traspasados por un mismo fuego que los fund?a en la ?ntima unidad del universo; y alcanzaban a comprender, en la fulguraci?n de un instante, que todo era una misma cosa: muerte y vida, posesi?n y p?rdida, pasado y futuro, todo giraba en un mismo carrusel ebrio de eternidad y en el v?rtigo de ese giro llegaban a creerse inmortales, indestructibles como la ma?ana que ya se posaba rendida en las s?banas.
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