Jueves, 28 de junio de 2007
Publicado por Salazara72 @ 21:57
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De pronto se hab?a extinguido aquella eternidad de tiempo futuro como una fortuna dilapidada por un heredero que la supon?a inagotable y que de un d?a para otro se encuentra en la ruina: de pronto hab?a llegado octubre de 1979, yo era tan plenamente adulto como mis t?os cuando me contaban sus aventuras cuartelarias y estaba a punto de irme a la mili, y no a cualquier parte, sino al Pa?s Vasco, a Vitoria, al Centro de Instrucci?n de Reclutas n?mero once, asaltado unos meses antes por un comando de etarras que no tuvieron gran dificultad en desarmar a los soldados de guardia y robarles los cetmes.
Desde que supe ad?nde me hab?a destinado mi mala suerte yo compraba cada ma?ana el peri?dico o conectaba la radio o el televisor a la hora de las noticias con un agudo presentimiento de alarma y algunas veces de pavor: casi diariamente explotaban bolbas y mor?an asesinados oficiales del ej?rcito, polic?as y guardias civiles, y se ve?a siempre un cad?ver tirado en la acera en medio de un charco de sangre y mal tapado por una manta gris, o ca?do contra el respaldo del asiento trasero de un coche oficial, la boca abierta y la sangre chorreando sobre la cara, una pulpa de carne desgarrada y de masa encef?lica tras el cristal escarchado y trizado por los disparos. Se ve?an luego las im?genes de los funerales, los ata?des negros cubiertos por banderas, llevados sobre los hombros de oficiales en uniformes de gala, se o?an los gritos de los j?venes fascistas que saludaban el cortejo f?nebre alzando el brazo a la romana, extendiendo manos cubiertas por guantes negros, hasta erizar el aire sobre las cabezas de los parientes enlutados de las v?ctimas.
Gafas negras, abrigos oscuros de pieles, fajines, gorras de plato con estrellas doradas, caras de rabia, de ira muerta, de odio, declaraciones oficiales de serenidad: despu?s de cada crimen pens?bamos que los militares ya no aguantar?an m?s y que estaba a punto de sobrevenir un golpe de estado. Su presencia obsesiva nos daba la sensaci?n de vivir en libertad condicional, en una libertad exaltada, quebradiza, en peligro, minada por las presiones del ej?rcito y asaltada a diario por las salvajadas de los terroristas. Los grandes gal?pagos de la jerarqu?a militar ten?an algo de dioses inescrutables e iracundos que en cualquier momento podr?an fulminarnos. Se hablaba mucho entonces de ruido de sables: de vez en cuando se publicaban rumores que no llegaban a aparecer en los peri?dicos, o que surg?an en los diarios golpistas como torcidas sugerencias de complots. Por debajo de la fiebre incesante de las novedades y contiendas pol?ticas, de las manifestaciones, de las huelgas, de las campa?as electorales, de aquel aturdimiento de tiempo acelerado y trastornado en el que viv?amos y de la incertidumbre sobre el porvenir hacia el que tan velozmente est?bamos siendo empujados, hab?a como un espacio de silencio y de miedo, un crepitar sordo y mon?tono de especulaciones y sospechas, un desasosiego permanente que algunas veces se volv?a tan irrespirable como la expectaci?n de una tormenta.
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