Mi?rcoles, 27 de junio de 2007
Publicado por Salazara72 @ 16:21
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Cu?ntas veces al d?a los dedos de la mano derecha se curvan para ce?ir entre el ?ndice y el coraz?n una pluma o un liviano bol?grafo, sujet?ndolo firme con la yema del pulgar, girando con distra?da pericia, movi?ndose con una velocidad instintiva y exacta para repetir una sucesi?n de movimientos brev?simos, instant?neos como parpadeos, imperceptibles como cada uno de esos gestos amonedados por el h?bito que configuran el car?cter de alguien m?s definitivamente que sus convicciones y prop?sitos: la manera de llevarse a los labios un cigarrillo o una taza de caf?, o de acodarse en una barra, o de abrir una carta. Cu?ntas veces al d?a uno toma entre sus dedos la pluma o el bol?grafo y traza una firma, su firma, que resulta ser tan irrepetible como su cara y sus huellas dactilares y le sirve igual que una llave de tinta o una palabra cifrada para roturar el ?mbito de su vida y obtener o designar las cosas que le pertenecen, para certificar no s?lo su presencia o sus intenciones sino tambi?n su identidad, contenida en su nombre, que para los primitivos contiene el alma de quien lo lleva, y oscuramente tambi?n para nosotros, pues quien da su propio nombre a un hijo tal vez aspira a sobrevivir en ?l despu?s de la muerte. En un grabado de Escher, una mano sin brazo que sostiene una pluma en actitud de firma dibuja sobre una hoja de papel otra mano id?ntica que al mismo tiempo la dibuja a ella. A todas horas, en todas partes, manos veloces y autom?ticas escriben firmas sin cesar, firmas triviales en el dorso de un cheque modesto o al piel de un recibo, firmas atroces que declaran guerras y sentencian a m uerte, firmas desesperadas que solicitan perd?n, firmas sabias que otorgan a un cuadro ap?crifo el privilegio solemne de ingresar en un museo.
De firma en firma cada uno de nosotros se va labrando sin cautela ni premeditaci?n la telara?a que le cerca la vida. Hace falta una firma para declarar que alguien ha nacido y habr? otra al final que certifique su muerte. Los detectives de los bancos examinan con lentes de aumento las firmas dudosas.

La adolescencia, interesada, en proveerse cuanto antes de un alma singular, tiende al abuso de la introspecci?n, de la literatura, y de la firma. El artista adolescente quiere erigir su autorretrato delante del espejo y en una hoja de papel, y en ambos casos se desespera porque los rasgos de su cara son todav?a tan variables como los de su escritura. El adolescente, como los literatos de provincias cuando llegaban a Madrid, quiere cuanto antes hacerse una firma tan deslumbrante y a ser posible tan feroz como la marca de El Zorro, y si su propio nombre lo disgusta a?ade a la esgrima heroica de la r?brica el antifaz de un seud?nimo: a los catorce a?os uno decid?a llamarse, por ejemplo, Juli?n de Montenegro, se inventaba una firma con fantasiosas volutas y una amada rubia y ya ten?a dado el primer paso en su carrera de escritor.

En los h?bitos insconscientes de la soledad anida casi siempre un principio de locura. Insomne y solo en las ?ltimas horas de su vida, camiando sin descando por las habitaciones de su casa como por los pasillos deshabitados de un tren que atravesara la noche a una velocidad de cat?strofe, este hombre se detendr?a a veces ante una mesa sobre la que hab?a una pluma y un bloc: muerto de miedo mirar?a moverse la pluma sostenida por una mano que ya no era la suya del todo y el roce de la punta sobre el papel donde un nombre estaba escribi?ndose so?ar?a en su imaginaci?n alucinada como el rumor de una animal invisible. Si empezaba a desconocer los trazos de su firma muy pronto perder?a su nombre y desconocer?a los rasgos de su cara. Tal vez mientras escrib?a sus ?ltimas palabras, ya resuelto a morir, crey? ver en las l?neas quebradizas y desfiguradas de tinta la prueba irrebatible de la suplantaci?n. As? ver?a el Hombre Lobo oscurecerse el vello en el dorso de sus manos y crecer y endurecerse y curvarse sus u?as que desgarraban la hoja de papel donde hab?a intentado resistirse a la locura y a la transfiguraci?n escribiendo una firma ilegible.
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