Jueves, 21 de junio de 2007
Publicado por Salazara72 @ 14:02
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?se es el viejo in?til que se queda dormido frente al televisor en el sal?n de tu casa. O a lo mejor no es exactamente ?l, sino otro cualquiera; y aunque su historia sea distinta, en realidad se trata de la misma historia, que tambi?n es y ser? la tuya. Qui?n sabe Elenita. Quien sabe.
Date prisa, Elenita, _ s? que ?l te llama Elenita, porque ma?ana o pasado ya no estar? ah?. Ahora lo miras y te da pena, y a veces te cabrea, o te es indiferente, o que s? yo. Cada cual es cada cual. Hay d?as en los que est?s harta de ese viejoo co?azo que se queda dormido y ronca durante el videoclip de Madonna, o lo hace fuera de la taza porque le tiembla el pulso, o funa a escondidas cigarrillos que roba del paquete que tienes en un caj?n de tu cuarto. A lo mejor te preguntas por qu? sigue en casa y no lo han llevado a una residencia, donde los ancianitos, dicen, est?n estupendamente. Y la verdad es que a veces se pone pesado, o se entera, o se le va la olla como si estuviera en otro siglo y en otro mundo. Y a ti te parece un zombi. S?. Eso es lo que parece tu abuelo.
No voy a decirte c?mo s? todas esas cosas de ti, aunque a lo mejor te lo imaginas. Yo nunca me berreo, como dice mi colega ?ngel Ejarque, que por cierto acaba de ser abuelo por segunda vez. El caso es lo que s?; y estaba la otra noche coment?ndoselo en el bar de Lola a mi amigo, Octavio Pernas, el gallego irreductible, que a estas alturas, c?mo pasa el tiempo, aprob? lo que le quedaba y ya es veterinario. Y Octavio, apart? un momento los ojos del espl?ndido escote de la due?a del bar, le peg? otro viaje al gintonic de ginebra azul y me dijo pues cu?ntaselo a esa hijaputa, oye. A tu manera. Y ya ven. Aqu? me tienes Elenita. Cont?ndotelo.
Ese viejo estorbo que tienes sentado en el sal?n est? ah? porque sobrevivi? a una terrible epidemia de gripe que asol? Espa?a cuando ?l nac?a. Creci? oyendo los nombres de Joselito y de Belmonte, y lo sobrecogieron las palabras Annual, y Monte Arruit. Despu?s, con diecipocos a?os, formaba parte de la dotaci?n del destructor Lepanto cuando el Gobierno de la Rep?blica mand? ese barco a combatir a las tropas rebeldes que cruzaban el Estrecho. Vivi? as? los bombardeos de los Junkers de la legi?n C?ndor, estuvo en el hundimiento del crucero Baleares, y en la sublevaci?n de Cartagena fue de los que aquella ma?ana lograron incorporarse a sus buques esquivando a las patrullas sublevadas del cuartel de Artiller?a. Luego, con la derrota, se refugi? en T?nez, donde fue internado. De all? pas? a Francia justo a tiempo para darse de boca con la Segunda Guerra Mundial, cuando miles de exiliados espa?oles no ten?an otro camino que dejarse exterminar o pelear por su pellejo. El fue de los que pelearon. Apresado por los alemanes, enviado a un campo de exterminio en Austria, se fug?, regres? a Francia y de perdidos, al r?o, pudo enrolarse en el maquis. Mat? alemanes y enterr? a camaradas espa?oles muy lejos de la tierra en que hab?an nacido. Liber? ciudades que le eran ajenas con banderas que no eran la suya. Cruz? en Rhin bajo en fuego, y en las monta?as del Tirol, en el Nido del ?guila de Adolfo Hitler, se calz? una boterra de vino blanco en memoria de todos los que se fueron quedando en el camino. Luego trabaj? para ganarse el pan, y al cabo de veinte a?os de exilio regres? a Espa?a. Hubo mujeres que lo amaron, hombres que le confiaron la vida, amigos que apreciaron su amistad. Tuvo momentos de gloria y de fracaso, como todos. Tuvo hijos y nietos. Fue como somos todos: ni completamente bueno ni completamente malo. Ahora, cuando ve a una pareja que se besa en la puerta de un bar, o a un hombre joven que camina dispuesto a comerse el mundo, piensa: yo tambi?n fui as?. Y a veces, cuando te escucha, o te observa empezar a moverte por la vida, se dice que hay cosas que ?l sabe y t? no, y dar?a lo que fuera por poder ense??rtelas y que te sirvieran de algo, y evitarte aunque fuera una m?nima parte del dolor, del error, de la soledad, de los muchos finales inevitables que tarde o temprano en mayor o menor medida, a todos nos aguardan agazapados en el camino. A veces, cuando va clandestinamente, de puntillas, en busca del tabaco que los m?dicos y tus padres le niegan, se queda un rato registr?ndote los cajones. No por curiosidad entrometida, sino porque all?, tocando tus cosas, te comprende y te reconoce. Se reconoce a s? mismo. Y se recuerda. Hay una foto que te dio hace tiempo y que t? relegaste al fondo de un caj?n, y que tal vez le gustar?a encontrar en un marco, en alg?n lugar visible de ese cuarto: ?l en blanco y negro, con veinticinco a?os, era guapo tu abuelo entonces, un f?sil al hombro y uniforme militar, junto a un cami?n oruga norteamericano, en un bosque que estaba lleno de minas y en el que pele? durante tres d?as y cinco noches.
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