Lunes, 18 de junio de 2007
Publicado por Salazara72 @ 14:53
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En el gueto siempre hace fr?o, un fr?o glacial, dentro y fuera. Dentro s?lo hay un fog?n para todos y casi nada de carb?n. Fuera hay nieve. En el gueto no hay verano, ni siquera hay estaciones, ni luz del sol. Todo est? siempre oscuro y gris.
En el gueto hay cuatro grandes puertas. Unas puertas que no podemos cruzar. Est? estrictamente prohibido. Por la calle principal pasa un tranv?a, el n?mero tres. Un tranv?a al que no podemos subir. Eso tambi?n est? escrictamente prohibido. Por eso no para en el gueto. Simplemente pasa de largo. La gente que va en ?l mira tacituna por las ventanas empa?adas por el fr?o, clava su mirada en nosotros. En alguna ocasi?n un muchacho arroja unos panecillos por la ventana, ante nuestros pies. Estamos en la calle, muertos de fr?o. Hay muchas, muchas personas. Por todas partes hay muchas personas. Unas tienen grandes perros, llevan armas y est?n en guardia. Disparan a quien quieren, tal vez a m? tambi?n. Otras, las otras, somos nosotros, los jud?os. Hemos de esperar, siempre esperar.
Los de las armas tienen botones dorados y relucientes botas negras que crujen en la nieve cuando marchan. Pero casi nunca se oye, porque gritan demasiado. Ellos gritan, nosotros obedecemos. Al que no obedece lo matan. Lo s? de sobra, aunque a?n soy muy peque?a. Tan peque?a que les llego m?s o menos a la rodilla a los hombres de las botas relucientes. Cuando uno de ellos se pone a mi lado y oigo crujir junto a m? las botas negras, el hocico de los perros, con sus afilados dientes, jadeando junto a mi cabeza, me siento a?n m?s peque?a que de costumbre. Entonces intento volverme invisible. A veces hasta lo consigo de verdad y me desvanezco y me fundo en el viento helado, en los gritos y en la fr?a y menuda mano de mi abuela. Ella me agarra firmamente, pero yo ya no estoy ah?. Hace tiempo que he abandonado mi cuerpo.


En la calle hay maletas, bolsas, paquetes, un cochecito volcado ? por qu? nadie los recoge? Mi abuela tira de m?. Sigue nevando. Volvemos a estar en la calle, esperando. Todos los d?as estamos aqu?, todos los d?as son iguales. Todas las noches son iguales. En el gueto no se duerme. No existe el crep?sculo ni el alba, tan solo las botas subiendo escaleras; perros ladrando; hombres gritando; puertas abri?ndose violentamente; personas chillando, suplicando, implorando, blasfemando, mandiciendo. La luz nunca acaba de extinguirse, nunca reina el silencio.
Y todos los d?as, todas las noches, llegan personas desconocidas, siempre nuevas, siempre m?s. Todas hablan y se apretujan y se empujan y me agarran. Siempre hay mucha gente a mi alrededor. Fuera, en las angostas callejuelas; dentro, en la peque?a y sucia cocina donde las mujeres cocinan y se disputan el fog?n. Y en la gran habitaci?n oscura, en la que mi abuela, impert?rrita, se sienta ante su m?quina de coser y cose, en la que tambi?n se encuentra mi cama y que compartimos con los extra?os. En cada rinc?n de la habitaci?n vive una familia. No hay ba?o, todos utilizan el aseo del hueco de la escalera, que est? continuamente atascado. Apesta de forma inimaginable, por todas partes. Siempre me pongo mala por el hedor. A pesar de todo, nunca dejo que la abuela vaya sola. De lo contrario tal vez nunca vuelva.
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