Domingo, 17 de junio de 2007
Publicado por Salazara72 @ 23:10
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Hablamos , en efecto, despu?s de la misa y durante m?s de una semana, sin m?s cesuras que las impuestas por sus obligaciones de cura jubilado, que eran m?s bien pocas y turinarias, y por los achaques que lo aflig?an, que eran imprevistos y muchos m?s de los que ?l hibiese gustado reconocer. Hablamos a calz?n quitado, como suele decirse, o m?s bien habl? el, en soliloquios peripat?ticos por el jard?n de la residencia, cuando el fr?o de la ma?ana empenachaba su respiraci?n, y tambi?n en soliloquios sedentarios, en su habitaci?n despojada como una celda mon?stica, cuando el crep?sculo te??a su voz de herrumbe. Habl? y habl?, sin recatarse de introducir divagaciones y excursos, como un volc?n que libera su lava antes de quedarse apagado para siempre, como si con su samodia quisiera exorcizar el imperio de la oscuridad que ya se avecindaba a lo lejos y ara?aba el cristadl de la ventana en su habitaci?n, llam?ndolo a su seno. Habl? durante d?as, explay?ndose en mil detalles que quiz? resultasen superfluos o redundantes, pero que yo desde luego no me molest? en abreviar, nunca m?s volver?a a atajar sus remembranzas como hab?a hecho, por impaciencia o descortes?a, durante nuestro primer encuentro. Habl? durante d?as, como si quisiera vaciarse de palabras, un enjambre de palabras brotando de la cornucopia de sus labios, pululando en nuestro derredor, al principio torpes y ciegas, pero pronto provistas de una organizada arquitectura, como si al hilo de la memoria un edificio se levantase ante nuestros ojos, un edificio con vistas a un pasado m?s inh?spito que halag?e?o, tambi?n con s?tanos de apariencia tenebrosa donde sin embargo germinaba pudorosamente una semilla de inquieta esperanza, el temblor de una alegr?a que no osa decir su nombre. Habl? durante d?as, con voz que se iba desgastando a medida que se quedaba vac?o de recuerdos, a medida que empujaba aquel continente de dolor que hasta entonces hab?a permanecido inc?gnito, carretadas de dolor arrastradas por pedregales y ci?nagas, a medida que aquel submarinismo de la memoria lo colocaba al borde de la asfixia. Habl? durante d?as, como quien se empe?a en la tarea inabarcable de inventariar el mundo, pero mientras hablaba el tiempo parec?a suspenderse, la sangre parec?a interrumpir su penoso discurrir por las venas y los planetas detener su trayectoria, como si el universo f?sico pendiese de su voz. S?lo la noche, cayendo como una mortaja de postraci?n, consegu?a callarlo durante unas horas, consegu?a dejarlo af?nico, pero despu?s de la tregua su voz volv?a a alzarse, renovada como el sol, para auscultar y contagiar con su calor los yacimientos de olvido que sepultaban la existencia de aquel padre pr?fugo y fantasmal de qui?n nada hab?a sabido hasta entonces.
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