Lunes, 13 de junio de 2011
Publicado por Salazara72 @ 10:18
Comentarios (0)  | Enviar

?

?

El sonido de aquellas teclas
?


La semana pasada mencion? las viejas m?quinas de escribir.?Dije que conservaba dos en casa, aunque en realidad son tres. La tercera es una antigua Underwood con la que no escrib? nunca, aunque se encuentra en perfecto estado; y las otras, dos recias y fieles Olivetti: la L?nea 98 y la port?til Lettera 32. A ?stas les tengo especial afecto por razones distintas. Con una escrib?, tachando con las letras?x?y?w?y corrigiendo a mano cada folio, mis tres primeras novelas. La otra conserva su funda original, en la que hay dos viejas pegatinas: una con el nombre del diario?Pueblo?y otra con la frase?I love Beirut, confesi?n pintoresca si consideramos que la pegu? all? durante la batalla de los hoteles de 1976. Y esa abollada carcasa, que protegi? la m?quina en viajes y sobresaltos diversos, tiene en la parte interior, escrita a bol?grafo, una frase que resume los veinti?n a?os que anduve como reportero dicharachero de Barrio S?samo:?Todos los d?as puede conmemorarse el aniversario de alguna barbaridad.?

Acabo de enterarme de que la empresa Godrej & Boyce, deBombay, ?ltima fabricante de m?quinas de escribir, ha cerrado porque hasta los parias de la tierra teclean ya con ordenata. Lo siento por mi hermano de tinta Javier Mar?as, ?nico escritor entre los que conozco que permanece fiel a su vieja Olivetti, Olympia o la que sea -no recuerdo la marca ni puedo telefonear para preguntarle por ella, porque el rey de Redonda es poco madrugador y a estas horas est? frito-. El caso, como digo, es que el ta?ido funeral de esa campana deja a Javier en desamparo t?cnico ante su vicio solitario. Si antes le costaba encontrar qui?n reparase el viejo cacharro o conseguir recambios de cinta, a partir de ahora le resultar? imposible, o casi. De manera que esta p?gina me sirve para acompa?arlo en el sentimiento.?

Tambi?n sirve para recordar, con un punto de melancol?a,?rostros y situaciones unidos al tableteo de las m?quinas de escribir. Redacciones de diarios de cuando un periodista todav?a se ciscaba en lo pol?ticamente correcto, los redactores jefes no eran robots mingafr?as sino interesantes cruces gen?ticos entre perro de presa, padre confesor, tah?r c?nico y madame de burdel; y los periodistas, desde el curtido veterano al osado cachorrillo que heredaba su olfato y maneras, ?ramos una banda de piratas descre?dos, puteros, burlangas, r?pidos de ojo y de tecla: desalmados capaces de prostituir a nuestras hermanas o novias con tal de firmar en primera p?gina, siempre a caballo entre el mundo de afuera y aquellas fascinantes redacciones llenas de humo de tabaco, con tazas de caf? manchando las mesas y botellas de whisky en los cajones, junto al repiqueteo constante de los t?lex y el tacatatatactac de docenas de dedos febriles golpeando recias m?quinas de escribir; duros artefactos sonoros en los que se tecleaba con furia, pasi?n, rencor, ilusi?n, ansia de revancha, de aventura, fama, gloria o dinero, en redacciones frecuentadas por los mejores periodistas del mundo: fascinantes escuelas de oficio y de vida donde, cuando repicaba un tel?fono a las dos de la madrugada, en plena timba donde algunos se jugaban la n?mina cobrada esa misma tarde, cuando ya s?lo se o?a el tecleo de la m?quina de escribir del cr?tico teatral -Alfredo Marquerie era el nuestro- que acababa de llegar del caf? Gij?n tras cubrir un estreno, asomaba la cabeza por la puerta de su mampara un redactor jefe para decir: ?No coj?is el tel?fono, cabrones, que puede ser una noticia?.?

Todo acaba, o cambia. Es natural. El sonido suave y mon?tono delas teclas de ordenador simboliza lo que es ahora el mundo de escritores y periodistas. M?s c?modo, sin duda. Escribes, corriges, imprimes. Ganas tiempo y eficacia. Pero oigan: fui furcia antes que monja, y les aseguro que ning?n teclado moderno transmitir? nunca la sensaci?n perfecta del ruido de una m?quina de escribir en sinton?a con tu estado de ?nimo, las ideas fluyendo violentas de la cabeza a los dedos, la pasi?n de contar una historia, real o imaginada, en el tableteo casi musical de un artefacto que vibraba con mec?nica perfecta, lo mismo en redacciones ruidosas que en solitarias habitaciones de hotel, en el resguardo de una trinchera o una casa en ruinas, bajo el ne?n de un techo o a la luz de una linterna. Con aquellos timbrazos del carro al acabar cada l?nea y el sonido de los tipos met?licos al golpear cinta y papel, formando palabras, frases, historias del mundo que en otro tiempo pateamos y conocimos, escritas en treinta l?neas y sesenta y cuatro espacios el folio.

Comentarios