Domingo, 29 de mayo de 2011
Publicado por Salazara72 @ 18:26
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El sacaperras televisivo

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En apenas unos a?os,
coincidiendo con la proliferaci?n de
canales televisivos digitales, se han
afianzado unos espacios nocturnos decididamente cochambrosos que no son sino
sacaperras para incautos. A veces adoptan el disfraz de un consultorio de
futurolog?a: un pitoniso o pitonisa que parece rescatado de una pel?cula de John
Waters promete revelar a quienes se animen a llamar su n?mero de la suerte, o
diagnosticar la enfermedad del cuerpo o del alma que los consume, o averiguar si
su matrimonio o noviazgo tiene los d?as contados, o simplemente convocar a no s?
qu? deidades protectoras que los ayudar?n en la consecuci?n de sus afanes. Otras
veces, estos espacios estimulan la avaricia de los incautos con la promesa de un
premio muy rumboso si adivinan las paparruchas m?s variopintas; y, en lugar del
pitoniso o pitonisa rescatado de una pel?cula de John Waters, aparece en
pantalla un chavalote con pinta de rufi?n de gimnasio o una chavalota con pinta
de flor de manceb?a que se desga?itan como licitadores en una subasta.
Incre?blemente, hay primos que llaman para que les lean el futuro en los naipes
o para proponer la soluci?n de la paparrucha; solo algunos ?entran en antena?, y
los despachan con una celeridad hiriente, como quien se quita de encima una
plasta viscosa. Los primos que llaman para proponer una soluci?n a la paparrucha
casi nunca aciertan; los primos que llaman para que el pitoniso o pitonisa les
adivine el futuro narran sus desgracias con voz entrecortada, y el pitoniso o
pitonisa improvisa un ensalmo salv?fico en menos que canta un gallo. Y a otra
cosa, mariposa.

El modus operandi del timo -pues de un timo se trata,
y aun de los
m?s rastreros y crueles- consiste en que los incautos que
llaman se mantengan una hora pegados al tel?fono, antes de ?entrar en antena?;
y, con frecuencia, ni siquiera llegan a entrar. El otro d?a tuve la oportunidad
de escuchar a una pobre mujer, achacosa y lloriqueante, con los hijos en el
paro, que reclamaba al pitoniso o pitonisa que tuviera piedad de ella y le
cogiera antes el tel?fono, porque se estaba dejando la pensi?n en el sacaperras;
ante lo cual el pitoniso o pitonisa se hizo el longui y empez? a barajar las
cartas, en las que ley? que sus hijos a?n tardar?an ?un poco? en encontrar
trabajo, si bien los achaques de la pobre mujer iban a desaparecer en un
santiam?n (el pitoniso o pitonisa acompa?? la predicci?n con unos pases m?gicos
de un amuleto zoro?strico). Me pareci? todo de una brutalidad s?rdida e
irrisoria a partes iguales; y, por un momento, trat? de meterme en el pellejo de
la pobre mujer burlada, cuya pensi?n habr?a quedado a?n m?s esquilmada esa
noche, antes de que a la semana siguiente volviese a llamar, para fundirla por
completo, viendo que sus achaques persist?an. Deb?a de tratarse, sin duda, de
una mujer sumamente lerda, o tal vez sumamente desesperada, acuciada por las
penurias m?s innombrables; pues, desde luego, a alguien que conserve un ?pice de
lucidez o pundonor no se le ocurrir?a caer en una trampa tan burda. Y entre
gentes parecidas -golpeadas por el infortunio, humilladas hasta la abyecci?n,
idiotizadas por un consumo televisivo bul?mico- deben de hallar estos sacaperras
su clientela. Pero ?es l?cito que las televisiones expolien a esas gentes
desahuciadas y con pocas luces?

Me cuentan que tales sacaperras
televisivos cuentan con las
licencias preceptivas; y, por supuesto, puede
aducirse en su defensa que a nadie obligan a llamar. Pero la libertad de esas
personas que llaman es una libertad viciada por la ludopat?a o la superstici?n,
una libertad constre?ida por la laceria o por la credulidad m?s desquiciada. Una
libertad, en fin, que se ejerce para su propia destrucci?n; y que acaba (o
empieza) siendo esclavitud. ?Se puede aceptar que las empresas que han urdido
estos timos, y las televisiones que las acogen, se lucren a costa de esas
personas esclavizadas? ?Se puede aceptar que los ?rganos administrativos
dedicados a la vigilancia de los medios de comunicaci?n concedan las licencias
preceptivas a estos sacaperras degradantes? A nadie se le escapa que tales
sacaperras se ceban con las personas m?s disminuidas por la naturaleza o la
adversidad; aceptarlas como si tal cosa nos disminuye y envilece a todos, nos
hace part?cipes de una burla infrahumana que acabar? pas?ndonos factura. Que ya
nos la ha pasado, en realidad; pues nunca podr? decirse con mayor justeza que
tenemos la televisi?n que merecemos.


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