Domingo, 17 de abril de 2011
Publicado por Salazara72 @ 10:46
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La tarde en la que acab? el
mundo

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La tarde en la que
acab? el mundo se besaron en la ventana,
enlazados el uno con el otro. La
luz declinaba afuera, apag?ndose poco a poco: todav?a era rojiza y dorada en la
distancia, tras los edificios que se recortaban en ella, mientras las primeras
sombras oscurec?an los ?ngulos de calles y edificios. Abajo no hab?a p?nico, ni
carreras, ni gritos de desesperaci?n. Una multitud serena caminaba despacio por
la ciudad: parejas abrazadas, ni?os que iban de la mano de sus padres, ancianos
parados un momento en las aceras, que miraban alrededor como quien busca
identificar un rostro o un recuerdo. En los sem?foros destellaban intermitentes
las luces color ?mbar, los coches se dejaban en la calle con las puertas
abiertas, y algunos de sus propietarios ni siquiera apagaban el motor antes de
alejarse lentamente, sin mirar atr?s.

Las ?ltimas tiendas se
vaciaban, aunque nadie encend?a los
r?tulos luminosos ni los escaparates. No
hab?a saqueos, ni disturbios; los polic?as caminaban en calma, despoj?ndose
indiferentes de sus armas y sus insignias. Los bomberos no ten?an nada que
hacer: estaban sentados en las escaleras de sus parques y en la puerta de los
garajes, ociosos junto a sus camiones cromados y rojos, sonriendo a quienes los
saludaban despidi?ndose. Por toda la ciudad la gente se dec?a adi?s igual que si
fuera Navidad, estrech?ndose amable la mano o bes?ndose en la cara. Casi todos
sonre?an serenos y melanc?licos, como despu?s de una cena o una fiesta
agradable. En las aceras, inm?viles pese a no llevar correa ni estar atados,
algunos perros aguardaban pacientes a sus amos, lamiendo las manos de los ni?os
que, al pasar por su lado, los acariciaban.

El edificio estaba sin
gente, desiertas las escaleras y vac?os los
pisos. No hab?a otro sonido que
una m?sica antigua, como de viejo gram?fono, que sonaba en alg?n lugar cercano y
llegaba a trav?s de la ventana. En la habitaci?n, el televisor estaba apagado.
La luz decreciente oscurec?a los lomos de los libros en sus estantes hasta hacer
ilegibles las letras doradas de los t?tulos, y apagaba el rojo intenso del vino
en las grandes copas de cristal que estaban sobre la mesa. Hab?a un cuadro en la
pared: un lienzo antiguo hecho de claroscuros, del que ya no pod?a verse otra
cosa que trazos de sombras. Todo se oscurec?a lentamente, y ?l propuso encender
una luz; pero ella movi? con infinita dulzura la cabeza y le puso dos dedos en
los labios, como para rogarle que no pronunciase m?s palabras. De manera que
permanecieron callados junto a la ventana, el uno junto al otro, haci?ndose
compa??a en la ?ltima claridad del ?ltimo d?a.

Se estaba bien all?,
pensaron. Aguardando inm?viles y tranquilos
mientras ve?an desvanecerse
mansamente todo. Jam?s, hasta esa tarde, imaginaron que pudiera ser as?, en
aquella inusitada paz desprovista de miedo o remordimientos. Alzaron la vista al
mismo tiempo para mirar arriba, sobre la ciudad. En el cielo sin nubes ni
viento, cuyo color cambiaba del rojizo nacarado a un azul cada vez m?s oscuro,
m?s all? de la l?nea de edificios y tejados que se recortaba en el horizonte de
la ciudad, se deshac?a la estela de condensaci?n del ?ltimo avi?n que hab?a
cruzado el cielo del mundo. Cuando bajaron de nuevo los ojos, la calle estaba
casi vac?a. Entre la ?ltima gente que se dec?a adi?s en las aceras vieron
rostros que se parec?an a los de seres queridos muertos mucho tiempo atr?s. Y
cuando la luz decreci? m?s y la ciudad empez? a velarse definitivamente de
sombras, todav?a les fue posible distinguir al extremo de la calle, a lo lejos,
la rueda del kiosco de feria que segu?a dando vueltas silenciosas en el parque
vac?o, con un ni?o solitario subido a uno de los caballitos.

?l abri?
la boca para decir una ?ltima palabra que lo resumiese
todo, pero ella
volvi? a ponerle los dedos sobre los labios. Luego, estrech?ndose contra ?l, lo
bes? por ?ltima vez. Despu?s se apart? un poco y volvi? a mirar la calle casi
desierta, los ?ltimos transe?ntes alej?ndose despacio por las aceras. Sonaba
todav?a, a trav?s de la ventana, la m?sica apagada del viejo gram?fono. A lo
lejos, en el parque, los caballitos de feria segu?an dando vueltas en la
penumbra, aunque el ni?o hab?a desaparecido. Eso fue lo ?nico que hizo que ?l
sintiera, por un instante, un estremecimiento de melancol?a, o de incertidumbre.
Ella pareci? advertirlo y se enlaz? de nuevo a su cintura. Entonces ?l movi? la
cabeza, resignado, mientras sonre?a a las sombras que ya lo anegaban todo. Luego
le pas? a ella un brazo por los hombros, estrech?ndola contra s?. Y de ese modo,
abrazados, muy quietos y serenos, vieron extinguirse la ?ltima
luz.



Comentarios
Publicado por Invitado
Lunes, 18 de abril de 2011 | 8:38

Ojalá no tengamos que esperar al último día para ser mejores, para querernos y querer, para llegar a la paz de verdad... Gracias por haberlo escrito.

Un malagueño