domingo, 03 de abril de 2011
Publicado por Salazara72 @ 11:15
Comentarios (0)  | Enviar

 

 












Un tiempo borros












Un tiempo borroso








Un par de amigos,
septuagenario el uno, octogenario el otro, me
hacen la misma observación:
les resulta muy difícil discernir, en la elección de sus lecturas, el grano de
la paja, porque tienen la impresión de que en los últimos tiempos se ha
producido un fenómeno de plétora o sobreabundancia, sumado -o íntimamente
entremezclado- con una tendencia hacia la confusión, cuya consigna parece ser
mezclar, embadurnar, exaltar la mediocridad, llamar a lo bueno malo y bueno a lo
malo... de tal modo que, a la postre, nada deje poso, nada deje huella, porque
el zurriburri todo lo engulle y todo lo vomita, con idéntico afán bulímico, para
mantener siempre renovada -siempre cambiante- su provisión de alfalfa. Al
principio, tiendo a pensar que mis amigos piensan así porque se hallan en esa
edad en la que, por sabiduría acumulada y por conciencia del valor precioso de
la vida que nos resta por vivir, abandonamos el tráfago del que hasta hace poco
hemos participado, para encaramarnos en una atalaya y contemplar con cierto
desapego el sinvivir de quienes aún se debaten en su ruido y en su furia. Pero
enseguida reparo en que yo mismo participo de su misma impresión.

Y
es una impresión que no se circunscribe a las lecturas que son
exaltadas por
un día, en mogollón informe, como pienso que deglutimos presurosamente, sin
llegar a digerir, para ser sustituidas por otras igualmente efímeras; lo mismo
nos ocurre con las películas que vemos, con las aficiones que cultivamos, con la
información que recibimos, con los afectos que profesamos... con la pluriforme y
avasalladora vida, que parece haberse convertido en algo demasiado semejante a
una carrera sin respiro, donde nunca falta avituallamiento, a condición de que
sigamos corriendo, corriendo siempre, hasta extraviar la meta, o hasta aceptar
que ni siquiera existe meta. De tal modo que la propia carrera -cada vez más
veloz y asfixiante- se convierte en sí misma en único fin; y los corredores
olvidan que existe otra vida, apartada del frenesí que los incita a seguir
adelante, siempre adelante, consumiendo bulímicamente, atiborrándose de
sensaciones fugaces, atesorando ansiosamente experiencias que resultan siempre
inanes, porque son como añicos de una vida que nunca podrán abrazar en plenitud.


Así, el tiempo que nos toca vivir se torna borroso, como acuciado
por una íntima desazón que nos impide entregarnos con denuedo a ninguna causa;
porque para que haya entrega a una causa tenemos primeramente que amarla, y solo
se aman aquellas cosas que se conocen, y solo se conoce aquello en lo que
podemos adentrarnos con una conciencia de duración y profundidad. Cuando faltan
duración y profundidad, todo en nuestro derredor se torna fungible,
prescindible, sustituible, sucedáneo; y cuando todo deja de tener valor, nuestra
vida se corrompe de acedia, que es como los antiguos llamaban a esa mezcla de
flojera y pesadumbre de vivir que es la enfermedad más característica de nuestro
tiempo: una enfermedad que, a la vez que agosta el espíritu, trata de encontrar
un lenitivo a su dolor mediante la satisfacción compulsiva, nerviosa, de anhelos
apenas formulados, de apetitos imperiosos y estragadores. Por supuesto, tal
satisfacción siempre nos sabe a pacotilla, a frustración, a estafa; pero como ya
no podemos dejar de correr, como ya nuestra vida carece de un asidero que nos
permita descender de esa girándula de artificio y banalidad en la que
permanecemos montados, necesitamos sepultar el regusto amargo de aquella
frustración primera satisfaciendo compulsivamente otro anhelo, otro apetito,
otra «aventura» (pues así se nos presentan siempre estos lenitivos con los que
tratamos de espantar la acedia), o un tumulto de «aventuras», apetitos y anhelos
que no hacen sino excavar más el vacío de nuestra frustración, hasta que el
hartazgo acaba reventándonos por dentro, vaciándonos de espíritu, y arrojándonos
al vertedero donde se pudren las víctimas de este tiempo borroso.

¿Y
hay algún remedio contra este mal tan contemporáneo?
Lo hay; aunque con
frecuencia exige el tributo de dejar de ser contemporáneo. Y consiste en
abandonar la carrera y el zurriburri, el mogollón informe y el carrusel
enloquecedor, para vincularse lealmente a las cosas -a las pocas cosas- que
ahondan (y elevan) nuestra vida.

Consiste en vivir con los pies
pegados al suelo y la mirada
clavada en el cielo: ardua empresa para un
tiempo borroso que nos quiere corriendo, corriendo siempre, hasta extraviar la
meta, o hasta aceptar que ni siquiera existe meta.


 








Comentarios