domingo, 16 de enero de 2011
Publicado por Salazara72 @ 12:26
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En un patio de Sevilla
 
 


Ocurrió hará algo así como tres años. Yo estaba en Sevilla, adonde había viajado para participar en un cónclave literario organizado por la Fundación Lara; y había salido al patio de la Fundación a fumar un cigarrillo, o simplemente a pasear en soledad mis pensamientos, no sé si por planear mi intervención o más bien por olvidar que tenía que intervenir; pues mi estado de ánimo era más bien pachucho, y como ensimismado en taciturnas melancolías. Así estaba yo, huidizo del trato humano, cuando una señora que iba del brazo de su marido me interpeló:

-Perdone, ¿es usted Juan Manuel de Prada?

Cada vez que un desconocido me interpela en la calle paso un mal trago. Primeramente, porque soy de natural tímido y retraído, aunque algunos me tengan por osado (pero la osadía es la coraza que los tímidos nos ponemos para tapar nuestras vergüenzas). También porque la experiencia me ha demostrado que quienes me interpelan no siempre lo hacen por un motivo grato: hay quienes me interpelan para increparme, y quienes me interpelan con intención encomiástica, pero sin saber apenas nada sobre mí, o atribuyéndome prendas en las que no me reconozco, o (esto es lo más habitual) confundiéndome con otra persona que no es exactamente yo, aunque tampoco es otra, sino más bien la proyección que de mí mismo se hace la gente que me interpela, que nada tiene que ver con mis intereses verdaderos. En cierta ocasión, una persona me advirtió, con amargura y desabrimiento: «Quienes podrían entenderte, te rechazan, por causa de tus ideas; y quienes no te rechazan, en realidad no te entienden, aunque crean admirarte». Y estas palabras las he rumiado mucho desde entonces, porque en ellas anida una verdad que me escuece: no tanto en la primera proposición de la frase, que se podrían despachar con aquella hermosa sentencia del romance («Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va»), como en la segunda, que es desoladora y terrible, pues es tanto como aceptar que quienes contigo van no escuchan tu canción, o sólo escuchan el soniquete, desdeñando lo que la canción dice. Así que, cada vez que alguien me interpela en la calle, me resigno -con una sonrisa cortés- a que me recuerden el soniquete, rellenado con una letra que no es la mía, o que sólo lo es remotamente, trabucada por lo que cada uno quiere oír. Pero aquella señora sevillana, que al parecer había acudido a la Fundación Lara para conocerme en persona (y que, a buen seguro, se llevaría un fenomenal chasco), había escuchado mi canción con un detenimiento y una delicadeza que me resultaron conmovedores, sobre todo porque no los merezco. Era una señora sexagenaria, de facciones aristocráticas, con el pelo entrecano recogido en la nuca; hablaba con voz calmosa, un poco atenazada por el pudor, y en lo que decía había una sensibilidad benefactora (tal vez mi recuerdo la idealice, pero así es como lo experimenté); al final de su alocución, que fue breve y como sostenida en vilo, me deslizó con una pudorosa sutileza:

-Pero, últimamente, en todo lo que le leo descubro un fondo de dolor. Lo está pasando mal, ¿verdad?

Y era cierto: lo estaba pasando mal, mi vida estaba por entonces (y lo seguiría estando, por algún tiempo) reducida a añicos; y lo peor era que no veía el modo de recomponer esos añicos, cuya visión me paralizaba. Y todo lo que escribía o hacía durante aquel tiempo eran manoteos desesperados y agónicos; todo respiraba por una misma herida, que supuraba sin cesar, y para la que no encontraba bálsamo. Nadie, entre los desconocidos que me interpelaban en la calle, lo había detectado, sin embargo; tal vez porque yo también me esmeraba en disfrazarlo con aspavientos y sarcasmos, como el mal cocinero disfraza la insipidez de sus platos con salsas muy especiadas y estomagantes. Pero aquella señora sevillana había escuchado la letra de mi canción, bajo los soniquetes postizos con que yo trataba de esconderla; y, desde entonces, mientras luchaba por recomponer los añicos de mi vida, mientras trataba de cicatrizar mi herida, he pensado muchas veces en ella, que tal vez desde entonces haya dejado de leerme, cansada de mi secreto dolor, cansada de mis supuraciones; pero yo la sigo imaginando al otro lado de cada página que escribo, aunque ya no esté. Y me gustaría volver a encontrarla, en un patio de Sevilla, para decirle, con gratitud jubilosa: «Aquel dolor ya pasó, querida amiga. Gracias por acompañarme en la travesía».

 


Comentarios
Publicado por nestor_nieto
lunes, 17 de enero de 2011 | 12:25

Los que te admiramos mucho, nos esforzamos en entenderte, en oírte, aunque no sea todo lo verdadero que deseásemos. La esencia es la misma, aunque en ti sea de de una naturaleza más lejana a nuestra "comprensión".