lunes, 27 de septiembre de 2010
Publicado por Salazara72 @ 12:35
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SUICIDIO
 
 


La compañía France Telecom ha alcanzado en los últimos meses una suerte de celebridad macabra, después de que más de treinta de sus empleados se hayan suicidado por ‘causas desconocidas’. Desde luego, todo suicidio es un misterio impenetrable, aun cuando el suicida, antes de despedirse del mundo, se esfuerce por nombrar sus ‘causas’; pues cualquier ‘causa’, expuesta desnudamente, se nos antoja insuficiente o inexplicable o hasta peregrina vista ‘desde fuera’. Para comprender plenamente a un suicida tendríamos que ‘meternos en su pellejo’ (tendríamos que contemplar ‘desde dentro’ su suicidio); y para meternos en su pellejo no basta con conocer las causas mediatas o inmediatas (pero siempre ‘causas segundas’) que lo empujaron a quitarse la vida, sino que es preciso conocer algo más profundo e inaprensible, algo que está por encima de esas causas, a la vez que las penetra, como la levadura penetra la harina, actuando como fermento, caldo de cultivo o catalizador. Esta causa última o razón originaria del suicidio sólo se puede entender cuando se contempla ‘desde dentro’ (esto es, cuando se padece); y por eso hay personas que pueden entender la razón por la que otras se suicidan, independientemente de que las causas segundas que los empujaron a tal decisión les resulten ajenas o inexplicables o incluso nimias. Sufrir un desengaño amoroso, o perder el trabajo, o padecer una enfermedad pueden ser, en efecto, desgracias irreparables, o de muy difícil reparación; pero la magnitud de tales desgracias siempre es inferior, en términos puramente objetivos, a la ‘gracia’ de vivir. Hace falta que tal ‘gracia’ haya dejado de serlo.

Los trabajadores de France Telecom que en los últimos meses se han suicidado no padecían –salvo algún caso aislado– enfermedades incurables; tampoco habían perdido –salvo algún caso aislado– su puesto de trabajo, aunque sus expectativas no fuesen demasiado halagüeñas (pero en esto no se distinguen de la mayoría de trabajadores en tiempos de crisis); y sus tribulaciones íntimas no creemos que fuesen demasiado distintas a las que arrastra el común de los mortales. Las crónicas periodísticas, con su característica banalidad, han jugado a presentar tal ‘ola de suicidios’ como una especie de epidemia o enfermedad contagiosa; y, curiosamente, no les falta razón, porque la razón última de tales suicidios es, en efecto, un virus: el virus de la desesperación.

Cuando una persona se quita la vida, es porque ha perdido la voluntad de vivir. No son padecimientos insufribles los que causan los suicidios; o, dicho más exactamente, lo que hace insufribles los padecimientos es una disposición de ánimo que los antiguos llamaban ‘desesperación’, y que nuestra época camufla con designaciones médicas variopintas, en un intento de atribuirle diagnósticos y remedios médicos. Pero tales diagnósticos y remedios, en puridad, no existen; un fármaco o tratamiento puede, desde luego, anestesiar una disposición del ánimo, puede embotarla o ‘sumergirla’, puede ‘distraerla’ creando disposiciones de ánimo ficticias, o estimulando otras disposiciones que la atemperen o mitiguen, pero curarla no puede, ni siquiera en el caso de que las ‘causas segundas’ desparezcan. La desesperación no se remedia con fármacos, ni tampoco cambiando las circunstancias sobre las que actúa como fermento, caldo de cultivo o catalizador. La desesperación es el sentimiento profundo de que la vida carece de sentido; y este sentimiento es consecuencia natural de la falta de fe en otra vida. Cuando tal fe existe, los padecimientos no son insufribles, porque se sabe que acabarán un día y acabarán bien; se tornan insufribles cuando después de ellos se alza la nada infranqueable. Y esta disposición del ánimo llamada desesperación, al enfrentarse a esa nada que niega la existencia del paraíso o del infierno, trata desesperadamente de traer el paraíso a la tierra, esfuerzo que se salda en el mejor de los casos creando simulacros de paraíso –disfrutes perecederos que nos dejan ahítos o insatisfechos, o ambas cosas a la vez–, y con demasiada frecuencia convirtiendo la vida misma en un infierno sin más salida que la muerte. La desesperación convierte la vida en un ‘sálvese quien pueda’ de consecuencias amargas (aun cuando se trate de endulzarlas con deleites subalternos) y con frecuencia trágicas; y es, en efecto, una epidemia o enfermedad contagiosa, pues comienza dominando los espíritus más sensibles para acabar tiñendo a la sociedad entera, que desprovista de la razón suprema del vivir sólo puede seguir el consejo de Menandro («Comamos y bebamos, que mañana moriremos») o abreviar ese mañana –que es la nada– quitándose la vida.

 

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