Lunes, 31 de mayo de 2010
Publicado por Salazara72 @ 12:12
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  EN LA FERIA
 
 


Cada uno habla de la feria según le va en ella, afirma, con su cazurrería inapelable, la sabiduría popular. Cuando un escritor despotrica contra las ferias del libro suele entenderse, pues, que está reconociendo su fracaso como firmante. Y, en efecto, ninguna prueba más aflictiva y desmoralizadora para un escritor que ver pasar, ante la caseta donde se exhibe como una fiera enjaulada, las riadas de visitantes y domingueros que ni siquiera reparan en su presencia, mientras en la caseta contigua se amontona una fila de lectores fanáticos de tal o cual autor de moda. Sin embargo, escritores ha habido de los que acaban en las ferias con la muñeca dislocada de tanto firmar libros, como Arturo Pérez-Reverte, que en su día mostraron su descontento ante esa manía contable que, años atrás, convirtió la Feria del Libro de Madrid en una especie de competición ensañada por ver quién era el escritor que estampaba más autógrafos por minuto y quién el que congregaba ante su caseta una fila de seguidores más concurrida. Y fue a raíz de la queja de escritores como Reverte por lo que, en sus últimas ediciones, la Feria del Libro de Madrid procuró restar relevancia a cómputos tan chabacanos y centrar sus esfuerzos en la organización de actos que devolviesen el protagonismo a la literatura.

Confesaré que las firmas en las ferias del libro nunca han promovido mi entusiasmo: soy un poco demasiado tímido, casi huraño, para disfrutar de estos baños de multitudes (que, en mi caso, más que baños son someras abluciones); y, puesto en el brete de departir con mis lectores, siquiera por unos segundos, siento una suerte de miedo paralizante en el que se funden el temor a decepcionarlos, la conciencia de mi escaso brillo social y una suerte de pudor invencible que es un resabio de mi infancia aturullada. Accedo, sin embargo, a participar en las ferias porque sé que mis editores lo agradecen; porque reconozco que este gran zoco de las vanidades es también el mejor escaparate que pueden ofrecer a su clientela; y porque, en definitiva, el esfuerzo de inversión que realizan para promocionar mis libros exige unas contraprestaciones entre las que se cuenta mi resignada comparecencia en las casetas del Retiro. También he observado que algunos libreros agradecen la presencia del escritor como si fuese un espaldarazo a su labor heroica; y, en homenaje a esos libreros que tienen algo de últimos mohicanos de una religión perseguida, el disgusto de convertirme durante unas horas en monstruo de barraca se hace más llevadero. Luego están, en fin, los lectores que se te acercan, con la ofrenda de un libro en la mano: entre ellos quizá se cuenten los meros coleccionistas de autógrafos, pero también esa cofradía secreta de lectores contra viento y marea en quienes descubres un alborozo expectante que no puedes defraudar.

Son, paradójicamente, estos lectores que han hecho de la lectura de mis libros una forma de devoción los que más exacerban mi angustia. Cada vez que me hallo frente a uno de ellos, me asalta el temor de que mi vulgaridad, mi conversación anodina y mi timidez casi patológica contraríen la imagen idealizada que de mí hayan podido formarse. Como suele ocurrir a tantos escritores, pongo lo mejor de mí (que quizá sea demasiado poco) en mis libros; y, después de dejarme el pellejo en lo que escribo, tengo la impresión de que desmerezco mucho en el trato directo. Y pienso inevitablemente que, para el lector desavisado que acude a la caseta donde estoy firmando, el encontronazo con un tipo de sonrisa cohibida y torpe aliño indumentario, sofocado por la vergüenza y demasiado ramplón o lacónico en sus respuestas pueda romper el encantamiento que en la soledad de la lectura se creó. Porque la literatura es, ante todo, ceremonia de la soledad: lo es para el escritor, que halla en su compañía mortificante el abono del que surge su mundo interior; y lo es también para el lector, cuya afición no podría explicarse sin esa vocación introvertida que busca el apartamiento del tumulto. Siempre he pensado que la literatura seguirá existiendo mientras existan personas que repudian el tumulto; mientras haya personas celosas de su soledad arisca que opongan, frente al tumulto de una vida gregaria, el muro de contención de las palabras, que les permite acotar un territorio de rebelión íntima. Por eso en las ferias del libro, que son ceremonias de multitudes, me siento siempre un poco desplazado de mi hábitat natural; y supongo que algo similar les ocurre a mis lectores. Y, sin embargo, año tras año, contrariamos nuestra naturaleza y nos juntamos ante una caseta, para entretejer nuestro diálogo de tímidos irredentos, que está hecho de miradas medrosas y sonrisas que no aciertan a formularse.

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