Lunes, 24 de mayo de 2010
Publicado por Salazara72 @ 7:32
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  FANTOMAS
 
 


Parece, a juzgar por la frecuencia con que sus peripecias visitan el celuloide, que los superhéroes enmascarados están de moda. Esta proliferación de criaturas que, antes de infestar el cine, fueron pasto de novelitas de kiosco y tebeos polvorientos podría explicarse como una manifestación más –degradada, si se quiere, o tal vez sólo naïve– de esa ansia de divinidad que acomete a las sociedades que se han quedado sin Dios y procrean mitologías cada vez más bizantinas, cada vez más pachangueras y grimosas, en las que son los propios hombres –encumbrados por superpoderes misteriosos– quienes se convierten en ángeles tutelares de la Humanidad o diosecillos de pacotilla disfrazados de mamarracho. Nadie se ha preocupado de rescatar, sin embargo, a uno de los archivillanos más memorables de la cultura popular, el maléfico Fantomas, que también se desenvolvía con máscara y fue una de mis obsesiones infantiles.

Entre las películas que frecuenté durante la infancia, en las sesiones matinales crujientes de pipas, recuerdo una serie protagonizada por un atorrante Louis de Funes, en el papel del inspector Juve, y un Jean Marais bastante talludito, quien, si no me equivoco, interpretaba al alimón (jamás pude explicarme esta incongruencia) al escurridizo Fantomas y a otro de sus más denodados perseguidores, el reportero Fandor. De aquellas películas de trama rocambolesca y sabor añejo, mi memoria rescata la imagen del impío Fantomas, enfundado en una malla negra, con el rostro vedado por una máscara de impávida blancura, escalando tejados y deslizándose en las alcobas de las marquesas, a las que a veces asesinaba con una daga y a veces se conformaba con robar un collar de perlas. Desde entonces me ha acompañado el recuerdo de aquel asesino noctámbulo y ladrón de alcobas que hacía de París el escenario de sus desmanes. En mi obsesión, me hice con las películas de episodios dedicadas al personaje, dirigidas por Louis Feuillade allá por los años veinte del pasado siglo, trepidantes de intrigas y prestidigitaciones. Y, por supuesto, leí las novelas originales, firmadas al alimón por Pierre Souvestre y Marcel Allain, que conformaron los rasgos distintivos del personaje. Las novelas de Fantomas, que no destacan precisamente por sus dotes literarias, resultan incluso un tanto chapuceras en su composición: las fechorías de Fantomas carecen de motivación; las investigaciones del inspector Juve siempre deparan hallazgos sospechosamente azarosos; los personajes carecen de consistencia psicológica... Y, sin embargo, en medio de tanto esquematismo ingenuo, tienen algo subyugador que nos mantiene prendidos a su incesante carrusel de atrocidades, crímenes irresolubles y argucias detectivescas.

Ese «algo subyugador» prendió en su día a las masas analfabetas, pero también a escritores como Apollinaire y Jean Cocteau, que se declararon rendidos lectores de las novelas de Souvestre y Allain. Creo que la razón de este éxito debemos buscarla en su exploración de una nueva modalidad de Mal, el Mal indiscriminado y gratuito, el Mal que no es premeditado ni obedece a pulsiones de los bajos instintos. Para 1911, cuando empezaron a publicarse aquellas novelas de Fantomas, el mundo estaba cambiando vertiginosamente; también la delincuencia, que había inventado nuevas formas de destrucción y muerte hasta entonces insospechadas. La originalidad de Souvestre y Allain consistió en trasladar a la literatura popular de estirpe folletinesca estas nuevas expresiones del crimen incontrolado; a Fantomas –a diferencia de otros célebres enmascarados de la época, como el Fantasma de la Ópera de Gaston Leroux– no lo mueve el despecho, ni la venganza, ni siquiera un megalómano afán de conquistar el mundo –acicate de otros archivillanos posteriores, como el Fu Manchú de Sax Rohmer–, sino el puro anhelo de desbaratar el orden y la justicia, un afán muy juguetonamente siniestro de sembrar la anomia y el caos entre sus contemporáneos. Fantomas incorporó a la literatura popular, quizá excediendo la intención de sus propios creadores, una nueva y más poderosa –por incontrolable– encarnación del poder demoniaco. Sospecho que si Fantomas no ha sido rescatado todavía, en medio de la caterva de superhéroes enmascarados que en los últimos años nos visitan, es precisamente porque nos recuerda demasiado el poder demoniaco que, bajo fachada benéfica, se enseñorea de nuestra época. Y es que al ahorcado no le gusta que le mencionen la soga en su propia casa.


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