Mi?rcoles, 05 de mayo de 2010
Publicado por Salazara72 @ 11:08
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  PARAÍSO QUÍMICO
 
 


Si Stevenson hubiese escrito hoy su memorable Dr. Jeckyll & no habría recurrido a bebedizos esotéricos para justificar la metamorfosis de su personaje. El adusto y eremítico Jeckyll engulliría su cóctel de pastillas y asistiría ante el espejo a su transformación en una especie de orangután con sonrisa de oreja a oreja y balanitis irreprimible. Pero, ¿y la vuelta a la normalidad? La pócima que ingería Jeckill incluía un componente regresivo que lo iba transformando paulatinamente en Hyde; las pastillitas con que hoy tratamos de rectificar nuestro espíritu, de efectos tan efímeros como frustrantes, propiciarían la aparición de Hydes intermitentes, al dictado de la química. La mayoría de las pastillas que nos venden como panaceas de nuestras calamidades y alifafes suelen ajustar sus efectos a unos plazos rigurosísimos, un poco al estilo de la Viagra, que –según rezan los prospectos– hace falta ingerir al menos una hora antes de la hazaña venérea, y cuyos efectos no se alargan más allá (no, por favor, no piensen en centímetros) de las cuatro horas. Con semejantes restricciones, no creo que nadie se las administre con propósitos liberadores, sino más bien sintiendo el apremio de los minutos, como una condena que pesa sobre su espalda. Ingerir estas pastillitas con condición suspensiva es como llevar adherida una especie de bomba portátil con cronómetro incorporado. Las pastillitas de última generación han sido diseñadas para convertir la vida en una gimnasia programada; y, por si fuera poco, incorporan la más devastadora de las resacas, que es el reencuentro con la dura realidad. El tímido, el depresivo, el ansioso, después de haber acariciado durante unas horas los cielos del sosiego, la euforia o la locuacidad, volverán a encenagarse en los lodazales de sus respectivos infiernos.

Se ha extendido la convicción de que una pastillita sintetizada en un laboratorio puede suplantar los parsimoniosos ciclos del alma, el vasto jeroglífico de los sentimientos humanos. Del mismo modo que no faltan los narcisos que alivian su fealdad rectificando su anatomía en el quirófano, proliferan los adictos a estas pastillitas, receptores crédulos de esa falacia que afirma la posibilidad de someter el espíritu a una cirugía estética. El espíritu, y también la edad. Nunca faltó en las mitologías antiguas una fuente de difusa localización cuyas aguas procuraban la inmortalidad o la eterna juventud a quienes abrevaban de sus aguas. La búsqueda de un elixir que detuviese los estragos del tiempo en nuestros organismos desveló durante siglos a nigromantes y alquimistas, que no vacilaron en probar, a costa de su salud, los bebedizos más vomitivos y en arrostrar el riesgo de ser quemados en una hoguera, con tal de contrariar esa inapelable maldición divina que arrastramos desde los primeros capítulos del Génesis. El mito de Fausto, quizá el más universal de cuantos ha divulgado la literatura, nos advierte de los peligros que se esconden tras ese afán, tan penosamente humano, de rehuir las asechanzas de la vejez; pero la amenaza de una condenación perpetua ya no disuade a nadie de seguir intentando rectificar su destino perecedero. Ahora que el descreimiento ha convertido el infierno en una región utópica o al menos improbable, ahora que el demonio se ha refugiado en las probetas de los laboratorios, nuestros esfuerzos se consumen en el afán de encontrar la pastillita milagrosa que detenga esa bomba de relojería que llevamos incorporada a cada una de nuestras células.

Los últimos avances de la farmacología parecen obcecadamente dispuestos a suplantar la naturaleza, hasta entronizar una suerte de gran paraíso químico regido por las leyes premiosas del autoservicio. Al hombre contemporáneo le aguarda un porvenir de niño confuso que entra en una gran tienda de gominolas y se aprovisiona de pastillitas que detienen la caída de los cabellos, la caída de los óvulos, la caída del pene, la caída de los michelines y las cartucheras, la caída del ánimo, la caída de las neuronas y la caída de la propia estima. Contra el otoño de la vida, contra esa dignísima combustión que nos aproxima a la muerte (y a la sabiduría, que no es otra cosa que aprender a convivir con nuestro paulatino deterioro), pastillitas a tutiplén. Morir seguiremos muriéndonos, pero atiborrados de pastillas.

Mr. Hyde

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