Domingo, 07 de febrero de 2010
Publicado por Salazara72 @ 10:21
Comentarios (0)  | Enviar



MONOLISOS

 

 

 

 

 

 




Siempre me ha llamado la atención el poder magnético que el misterio artístico –lo sublime– ejerce sobre los majaderos; y el empeño que los majaderos muestran en desentrañarlo, empleando siempre métodos ineptos y alcanzando conclusiones desquiciadas. En el fondo de esta querencia majadera subyace una comprensión materialista de la realidad, que presupone que todo lo que la realidad alberga admite explicaciones `científicas´; sólo que cuando estas explicaciones `científicas´ se tropiezan ante lo sublime, en lugar de declararse vencidas y retroceder, se obstinan en embestirlo una y otra vez, hasta que las explicaciones, magulladas por los coscorrones y aquejadas por una suerte de jaqueca de la razón, devienen estrambóticas, disparatadas, demenciales. El arte, cuando es sublime, está poseído de aquel quod divinum al que se refería Horacio; y todo intento de explicar ese quod divinum no hace sino des-divinizarlo, que es algo mucho más triste que desentrañar su misterio (pretensión, por lo demás, irrealizable). Y como desentrañar ese misterio es algo que las explicaciones `científicas´ no pueden lograr, entonces tratan de trivializarlo, de desposeerlo de su majestad o de su gracia, de ridiculizarlo en suma. Sólo que, como el misterio permanece inalterable frente a los intentos de profanación, quienes aparecen ridículos ante nuestros ojos son los mentecatos que han probado a desentrañarlo con métodos `científicos´.

Pruebas de este poder magnético que el misterio artístico ejerce sobre la majadería, y de las consiguientes paparruchas que tal atracción fatal evacua, las hallamos por doquier. Ahí está, por ejemplo, el esfuerzo denodado del psicologismo barato por reducir las más altas creaciones de la poesía mística a un batiburrillo de impresiones esquizoides, percepciones histéricas o –lo que aún resulta más sonrojante– sublimaciones de una sexualidad traumática. Pero, sin duda alguna, el artista predilecto de la contumacia de los majaderos es Leonardo da Vinci, tal vez porque en él se concitan una serie de rasgos y circunstancias biográficas que lo hacen especialmente apetecible a la explicación `científica´, que gusta de internarse en lo que a su juicio –turulato juicio– resulta brumoso o inabarcable. Da Vinci personifica lo que banalmente se designa como «genio renacentista»; y la obsesión principalísima del majadero consiste en medirse con el genio, tal vez porque así cree igualarse a él, encaramándose en unos zancos de aspaviento y sabihondez. Pero lo que a la postre suele ocurrir es que, para ponerse a su altura, el majadero le sierra las patas al genio; y así, convenientemente despatarrado, puede dedicarse a explicarlo. Y, como no podía ser de otro modo, sus explicaciones resultan siempre despatarrantes.

¿Cuántas majaderías habremos leído sobre Leonardo da Vinci? Cientos, tal vez miles; tantas que resultaría imposible compendiarlas en un solo volumen (aunque, en honor a la verdad, el bueno de Dan Brown haya probado a hacerlo). Además, aunque fuera posible, tal volumen enseguida se quedaría desfasado, porque el acopio de nuevas majaderías leonardescas es incesante y, en contacto con el misterio de lo sublime, actúa como el kéfir en contacto con la leche, creciendo de forma monstruosa e insomne, liberado de faja y sostén. Lo más enojoso del fenómeno, sin embargo, no es tanto su condición multivivípara (la majadería es paridora como una coneja sometida a tratamiento de fertilidad), sino en el entusiasmo cerril con que tales majaderías son divulgadas.

Y si Leonardo da Vinci es el artista predilecto de la contumacia majadera, su Gioconda se ha convertido en algo así como el agujero negro de sus necedades, en ese `punto de no retorno´ donde las explicaciones `científicas´, tras toparse mil veces con el muro del misterio, se llenan de chichones, se descalabran, esparcen su sesera por el suelo y se tornan papilla aturdidora; una papilla con la que, a cada poco, nos alimentan en los noticiarios. Para des-divinizar la Gioconda, los monolisos dedicados a marearlo han probado las piruetas más grotescas o superferolíticas: nos han dicho que su sonrisa enigmática es fruto de un exceso de colesterol, y también que en realidad se trata de un hombre travestido. Pero los majaderos, a poco que les des bola, se suben al machito y acaban llevando el método científico hasta las últimas consecuencias: ahora pretenden que la Gioconda es en realidad un autorretrato de Leonardo da Vinci; y, para demostrarlo, exigen que se desentierren sus restos. Acabarán saliéndose con la suya; pero el misterio de lo sublime les seguirá siendo tan esquivo como el pelaje del armiño resulta esquivo al barro de los charcos.

 


Comentarios