Lunes, 11 de enero de 2010
Publicado por Salazara72 @ 8:57
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CENSURA

 

 

 

 

 

 




Rebuscando en la hemeroteca virtual de ABC me tropiezo con un artículo delicioso y zumbón de Edgar Neville sobre la censura que aún no logro explicarme cómo lograría salvar los filtros de la misma. Cuenta Neville, aquel genio jocundo y disciplinar, que durante un tiempo los censores se emplearon con denuedo en la persecución de la palabra `piernas´, por considerar que sugería al lector pensamientos poco castos. Una amiga del escritor, escritora como él, había sufrido en una de sus novelas la amputación de la palabra en cierto pasaje en el que un personaje femenino decía: «Me llamó por teléfono cuando me estaba afeitando las piernas». La supresión quizá disuadiera al lector de cualquier tentación lúbrica, pero en cambio introducía confusiones mucho más perturbadoras sobre el sexo de la protagonista. Otra palabra perseguidísima por los censores, según nos relata Neville, era el verbo `desnudar´, que sustituían por el más repipi y circunspecto `desvestir´; y algunos vigilantes de la moral pública, en el colmo de su celo censorio, propusieron rebautizar el célebre cuadro de Goya con el nombre de La Maja desvestida.

La censura franquista (que, como vemos, no siempre fue tan rigurosa como puede suponerse, al menos no con Neville) es uno de los asuntos predilectos de esos libracos que revisan, con una suerte de nostalgia chusca, nuestro pasado. Siempre me ha repugnado el tonillo condescendiente con que tales libracos se refieren a la educación que recibieron nuestros padres; también los chascarrillos con que suele aderezarse el relato de las lecturas mojigatas que entonces se imponían (por lo que nos cuentan, diríase que estuviese prohibido leer literatura de fuste), de los usos amorosos de aquella época (por lo que nos cuentan, diríase que estuviese prohibido echar un polvo), de sus modas indumentarias, etcétera. Uno de los tópicos preferidos de este subgénero consiste en caracterizar la censura como un fenómeno exclusivo de aquel tiempo oprobioso. Así, por ejemplo, es muy frecuente que estos libros de baratillo contengan ilustraciones en las que se aprecia cómo los periódicos de la época franquista retocaban, antes de publicarlas, las fotografías, abreviando escotes y alargando faldas hasta el tobillo; y las ilustraciones suelen ir acompañadas de comentarios presuntamente divertidos en los que se ridiculiza la mojigatería de aquellos censores tan carcas.

Siempre me han irritado esas visiones de la historia que, disfrazando la incapacidad del autor (por cobardía o complacencia) para enfrentarse a las lacras del presente, se regodean en la evocación de las lacras pretéritas. Y la irritación se acrecienta cuando compruebo que aquellas lacras del pasado siguen vigentes hoy, algunas incluso más pujantes que antaño, pues han sabido adaptarse camaleónicamente a las nuevas circunstancias. La censura de antaño puede antojársenos abracadabrante, en su repertorio de insensatas y pudibundas pejigueras; pero no alcanza, ni de lejos, la eficacia sibilina de la censura de hogaño, que ha hecho de la corrección política y la beatería laica una suerte de aduana insomne; y contra quien ose burlar esa aduana se decreta una sentencia de ostracismo y muerte civil.

Como la censura de antaño, la de hogaño no desdeña incurrir en episodios tan chuscos como los que Neville evocaba en su artículo. Una de las bichas predilectas de esta nueva y rampante censura es el tabaco, cuya presencia iconográfica se borra, como antaño se borraban los escotes demasiado lúbricos o las faldas demasiado cortas. Hasta Lucky Luke, el vaquero solitario de los tebeos, ha sido despojado del pitillo que sostenía entre los labios, ahora sustituido por una brizna de hierba por iniciativa de su creador, Goscinny (y es que la censura de hogaño, a diferencia de la de antaño, suele contar con la anuencia temerosa y lacayuna del censurado). Sin aquel pitillo que era la muleta de su gesto, Lucky Luke se asemeja a un pasmarote con el labio blandengue, como un belfo de idiotez. ¿Qué niño se creerá a partir de ahora que semejante calzonazos pueda enfrentarse a los hermanos Dalton? Aquel aire de barbián que el cigarrillo otorgaba a Lucky Luke se ha transformado en un ademán de botarate que da grima. Quizá pronto veamos cómo las narraciones de Sherlock Holmes son extirpadas de todos aquellos pasajes en los que se menciona su querencia por la pipa; o cómo, mediante no sé qué artilugios electrónicos, manipulan las películas de Groucho Marx, privándolo de habano que perfuma su aliento y sus epigramas surrealistas. ¡Y aún dicen que la censura se acabó con Franco!

 


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