Mario Benedetti.
Rutinas..
A mediados de 1974 explotaban en Buenos Aires diez o doce bombas por noche. De distinto signo, pero explotaban. Despertarse a las dos o a las tres de la madrugada con varios estruendos en cadena, era casi una costumbre. Hasta los niños se hacían a esa rutina.
Un amigo porteño empezó a tomar conciencia de esa adaptación a partir de una noche en que hubo una fuerte explosión en las cercanías de su apartamento, y su hijo, de apenas cinco años, se despertó sobresaltado.
¿ Qué fue eso?, preguntó. Mi amigo lo tomó en brazos, lo acarició para tranquilizarlo, pero, conforme a sus principios educativos, le dijo la verdad: Fue una bomba. ¡Qué suerte¡, dijo el niño. Yo creí que era un trueno.
Seismo.
Quedan las cáscaras de vida
la solidaridad de las columnas
las pausas del escombro
el pavoroso cielo gris.
La tierra exasperada
reclama una caricia
que no la olviden nunca
pero eso se estremece
de abandono
tan sólo si la aman
si la amamos
volverá a concedernos
el perdón del silencio
el amor de la calma.
La Cercanía de la Nada.
Cuando se acercan a la nada
y más aún cuando se enfrentan
el pavoroso linde de tinieblas
los poderosos no consiguen
pasar de contrabando su poder
ni la mochila azul de sus lingotes
ni el chaleco antimuerte
ni el triste semillero de su fobias
pero cuando los pobres de la tierra
se acercan a la nada
los aduaneros nada les confiscan
salvo el hambre
o la sed
o el cuerpo en ruinas
los pobres de la tierra
pasan como si nada
pero tampoco se hagan ilusiones
ya que la nada es nada más que eso
y esa belleza sobrecogedora
que aterra a poderosos e indigentes
a todos los ignora por igual.