Domingo, 03 de agosto de 2008
Publicado por Salazara72 @ 15:23
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LO QUIERO Y LO QUIERO `YA´

 

 

 

 

 

 




Me gusta por estas fechas dedicar un artículo a esos abnegados padres que durante el verano se devanan los sesos para hacer de las vacaciones de sus hijos un perpetuo parque temático: piragüismo por la mañana, mountain bike a mediodía y por la tarde claqué, submarinismo, trekking, parapenting, puenting y así hasta la extenuación del hijo y no digamos de sus padres. Como ya no tengo hijos en edad de entretener y mi nieto es aún muy pequeño como para que yo también me vuelva igual de gagá, observo a estos heroicos progenitores con una mezcla de admiración y perplejidad. Creo que son víctimas de lo que podríamos llamar el \''síndrome del superpapá\'' y que consiste (elemental, querido Freud) en hacer con sus hijos lo que hubieran querido que sus padres hicieran con ellos. Y eso, en apariencia, suena correcto, pero a poco que uno reflexione no resiste ni un primer análisis. ¿Qué queríamos nosotros de niños? Pasarlo bien, no pegar ni chapa y, sobre todo, librarnos de aquella terrible disciplina paterna que nos llevaba más tiesos que una vela. De ahí que los niños ahora tengan que estar todo el día divirtiéndose como en un agotador baile de san Vito y en vez de disciplina lo que hay es ‘coleguismo’ con el nene porque «yo no soy su padre, sino su mejor amigo». Como ya les he contado alguna vez mi opinión sobre este asunto del colegueo (cuando uno se quiere dar cuenta, el niño-colega se le ha convertido en un delincuente juvenil) hablemos de otro aspecto del problema. Es muy loable intentar dar a los hijos lo que nosotros no tuvimos de pequeños, pero según y cómo. En realidad, con esa sobredosis de entretenimientos de la que antes hablaba lo único que se consigue es que el niño se convierta en un yonqui de sensaciones. Cuando se obtiene fácilmente una cosa, automáticamente se quiere otra distinta y luego otra y otra, porque la vida moderna con su necesidad de gratificación inmediata ha erradicado de nuestras vidas el anhelo, el deseo.

¿Cómo? –dirán ustedes–, si el verbo que más se conjuga hoy es ‘querer’ y siempre en su modo imperativo y en primera persona del singular. Cierto, pero he ahí una curiosa paradoja de este mundo autocomplaciente en el que vivimos. En estos tiempos, a un deseo no lo sigue la lógica satisfacción de haberlo alcanzado, sino que lo sucede otro deseo, de modo que, cuando el nene ha logrado que le compren un quad, lo que quiere es hacer piragüismo y, cuando lleva cinco minutos en la piragua, lo que quiere es cruzar un abismo en tirolina y, cuando ya lo ha hecho, lo que se le antoja es la Wii, y así hasta el agotamiento del padre y, sobre todo, de su exangüe bolsillo. Y es que el ser humano es tan contradictorio, y a la vez tan maravillosamente simple, que cuando nada tiene disfruta enormemente imaginando que un palo de escoba es un caballo y unas chapas de refresco, un bólido de fórmula uno. En cambio, cuando tiene un caballo o una carísima réplica de un fórmula uno, sólo disfruta deseando otra cosa que, a su vez, dejará de interesarle en cuanto la posea. Por eso, yo a esos padres que se desviven por complacer a sus hijos les diría que paren el carro. Y, sobre todo, que miren atrás, pero sin ira. Es posible que muchos hayan sido víctimas de una educación castrante y de ese refrán que sentencia que «cuando seas padre comerás huevos», pero erradicar todo lo que fue nuestra educación es bastante estúpido. Está bien ser enrollado y planear cosas divertidas, pero también lo es fomentar el merecimiento. Nosotros, los niños de otras épocas con más penurias, teníamos que trabajar duro para conseguir lo que queríamos. No bastaba con desear una bici para que ésta, abracadabra, se materializara. Había que sacar buenas notas durante un año y ayudar en casa todos los días, por ejemplo. Si bien hay quien piensa que ésta es una visión mercantilista o chantajista de la relación padres-hijos, yo creo todo lo contrario. Para mí, fomentar el deseo y el merecimiento es la mejor forma de educar porque aquello que hemos deseado mucho y por fin merecemos es mucho más apreciado (y, por tanto, produce más felicidad) que lo que se tiene porque sí. He ahí la gran paradoja de tener o no tener.

 


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