Domingo, 27 de julio de 2008
Publicado por Salazara72 @ 15:26
Comentarios (1)  | Enviar




¿QUÉ QUIERES SER DE MAYOR?

 

 

 

 

 

 




Esta pregunta se la formuló en mi presencia un amigo a mi hija Jimena, mientras le hacía una carantoña. Mi hija agachó al principio la cabeza, como si la curiosidad de mi amigo la pusiera en un brete, pero luego la alzó decididamente y, lanzándome una sonrisa de ingenua connivencia, respondió: «Escritora». Mi hija apenas tiene seis años y, naturalmente, no puede saber en qué consiste eso de ser ‘escritora’. Acaba de aprender a leer; y todavía lo hace con los silabeos y balbuceos propios de su edad; también con esa especie de premura propia de quien aún no domina la entonación de la frase. Escribir ha escrito poco más que los consabidos ejercicios caligráficos que le imponen en la escuela; y, aunque no suele respetar demasiado las muestras, he creído descubrir en su trazo cierta gracia asilvestrada, poco respetuosa de las cuadrículas, que la maestra le corrige seguramente con razón, pero que me recuerda –con alborozo y legítimo orgullo– la forma que yo tenía de escribir, cuando tenía sus años. También he notado desde hace unos meses que, cuando me encierro en el despacho a escribir, mi hija se esfuerza por no armar gresca: es como si adivinara que estoy pasando los dolores del parto o las angustias de Getsemaní; y como si, con su silencio respetuoso, intentara mostrarme una suerte de piadosa reverencia.

Seguramente –me tranquilizo– mi hija respondió que quería ser escritora para halagarme. Los niños enseguida descubren que en la imitación de los hábitos de sus mayores hallan una especie de dulce acomodo que los exonera de superfluos quebraderos de cabeza; y descubren, además, que, al imitarlos, sus mayores se complacen. Yo mismo, inevitablemente, me envanecí al escuchar que mi hija quería continuar el oficio de su padre; pero luego me brotó un desasosiego raro, porque empecé a temer que aquella declaración de intenciones sobre un porvenir incierto fuese algo más que una mera identificación adulatoria con el padre presente. Recordé que, a sus mismos años, yo también declaraba sin ambages que quería ser escritor; y lo declaraba sin saber en qué consistía ser escritor, como si obedeciera a una voluntad superior a la mía que me interpelaba fatalmente y me marcaba un camino erizado de abrojos y penalidades. Aquella voluntad superior es lo que llamamos vocación; y es una voluntad terca, casi tiránica, como aquella voz de Dios que le dice a Jonás: «Levántate y ve a Nínive». Jonás intenta escaquearse una y otra vez, intenta esconderse y desobedecer a Dios; pero todos sus esfuerzos resultan a la postre vanos y, aunque arrastrando el disgusto, se presenta en Nínive y lanza las profecías que Dios le ha inspirado, que por supuesto sólo le acarrearán infortunios, puesto que no son precisamente halagüeñas. Pero nada puede hacer por contrariar su vocación.

Y así le ocurre también al escritor. Nadie se hace escritor por gusto; ni siquiera la expectativa incierta del éxito logra mitigar la desazón de saberse llamado a una empresa dolorosa. «Cuando Dios le entrega a uno un don –escribió Truman Capote– también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse.» Es cierto que el don procura muchos motivos de alegría, pues permite ver el mundo con ojos distintos, con una sensibilidad exacerbada que lo hace resplandecer como si estuviera recién estrenado; pero ese mismo don esconde muchas desolaciones secretas, tan secretas que no podemos compartirlas con quienes más amamos, por la sencilla razón de que no las comprenderían. La búsqueda de la belleza siempre nace de un fondo de dolor, más o menos anestesiado; y, cuanto más se profundiza en esa búsqueda, más se desvanece el efecto de la anestesia. Todo esto mi hija no lo sabe; y quizá no llegue a saberlo nunca, si la respuesta que le dio a mi amigo, más que un dictado de la vocación, fue una ocurrencia halagadora, como sospecho. Y, mientras la veo enfrascada en sus juegos, exultante ante un mundo que le ofrece gratuitamente su belleza, rezo para que, cuando esa belleza empiece a mostrársele esquiva, ella no se empeñe en desentrañarla. Aunque también, quizá por egoísmo, pienso que si, en efecto, llegara a ser escritora como su padre, al fin tendré alguien con quien compartir mis desolaciones secretas, que serán también las suyas. Y nos imagino a ambos, caminando juntos por un camino erizado de abrojos y penalidades, curándonos mutuamente las heridas del flagelo, y sonrío, tímida y desazonadamente sonrío. Mi hija sonríe también, sin timidez ni desazón, dueña de su secreto, dueña de su futuro, dueña del mundo.

 


Comentarios
Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 22 de julio de 2009 | 2:45
Hondura y belleza pradiana.Como siempre.