Domingo, 20 de julio de 2008
Publicado por Salazara72 @ 13:24
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AMY WINEHOUSE

 

 

 

 

 

 




Me gusta mucho tu peinado, Amy. Es como si llevaras un nido de cigüeña en la cabeza, como si estuvieras invitando a todas las cigüeñas del mundo a interrumpir sus vuelos migratorios y a empollar sus huevos allá donde anidan tus pensamientos, que inevitablemente serán pensamientos de una cabeza a pájaros, benditos pensamientos que ensayan un revoloteo aturdido, antes de lanzarse al vacío, pensamientos mil veces descalabrados y mil veces sostenidos en vilo, como polluelos que aún no han aprendido a agitar las alas. Me gusta la caída de tu cabello, como un río fosco y desbordado que no encuentra desembocadura, un río precipitándose hacia no se sabe dónde, allá donde los geógrafos se quedaron sin brújula.

Me gustan mucho tus ojos, excesivos y atolondrados, vulnerados de una secreta tristeza, a veces visitados por una luz que viene del cielo y a veces embarcados en tortuosas expediciones al abismo. Me gusta su claridad ofuscada, su candor de trigo y su dolor de lenta espina, me gusta también cómo te los maquillas, con ese espolón de rímel que, en la soledad de los camerinos, te hará llorar unos lagrimones negros, lagrimones de yacimiento carbonífero, lagri-mones de minero que se ha extraviado en los pasadizos de una mina y siente que empieza a faltarle el aire. E imagino que nunca te los enjugarás, dejarás que se sequen sobre tus mejillas como zarpazos de sombra. Tears dry on their own.

Me gusta tu perfil de máscara trágica, tu nariz griega que embiste la vida, me gusta el lunar que tienes en el bozo, como una palabra tozuda que aún aguardase a ser pronunciada. Me gustan tus labios cuando esbozan un mohín enfurruñado, cuando ensayan una sonrisa irónica o desvanecida, me gustan sobre todo cuando se fruncen pensativos o hastiados, y me gustan cuando dejan asomar tus dientes indescifrables, dientes de niña que ha probado todos los vicios o que no ha probado ninguno porque en el fondo le aburren. Me gustan tus labios de musa bestial o musa desgalichada, según la estación, tus labios anémicos o restallantes de sangre, según como fuera la noche, tus labios apretados de vida o arañados de muerte, según el dictado del corazón.

Me gusta tu barbilla breve y compungida, me gusta tu cuello como el cisne estrangulado del modernismo, me gustan tus clavículas como arbotantes de un templo derruido, me gustan los tatuajes de tus brazos porque me recuerdan las calcomanías que nos poníamos de niños, primaverales y jeroglíficas. Me gustan tus brazos que cogen el micrófono desganadamente o se agarran a él como si fuera el último asidero en la zozobra, me gusta tu cuerpecillo tan atareado de paraísos artificiales, me gustan tus rodillas maltrechas y penitentes, me gustan tus piernas en las que vuelve a asomar la cigüeña que anidó en tu pelo, pero ahora es una cigüeña que lleva plomo en las alas y apenas se sostiene, que se tambalea y se quiebra y se embarulla.

Me gustan tus andares en el escenario, me gustan cuando estás serena y cuando estás borracha, me gustan porque son descangallados y son también garbosos, y creo que en este garbo descangallado es donde reside el secreto de tu belleza, que no es de este mundo. Me gusta que te pasees ebria por el escenario, me gusta que te recojas un poco la falda al cantar, porque eres la única mujer que cuando se recoge la falda parece estar ensayando un gesto pudoroso o desvalido. Me gusta la letra de tus canciones y me gusta que se te olvide la letra de tus canciones; me gusta que llegues descompuesta a los conciertos y que hagas mutis por el foro sin avisar; me gusta tu nobleza juvenil y tus resabios de vieja presentida; me gustas ahora que estás flacucha y me gustabas antes cuando estabas un poco más rellenita. Me gustas porque eres caótica y como desgajada de ti misma, porque pareces hecha de añicos que nadie se atrevería a recomponer; me gustas porque me inspiras la idea quimérica de que yo sabría recomponerlos, la idea suicida de fundirme en tu caos.

Me gusta tu voz en la que están el insomnio de la sangre y el óxido de los días. Me gusta escucharte cuando estoy solo, en la noche sin estrellas, y me gusta escucharte cuando estoy acompañado, en los lentos crepúsculos. Pero, esté solo o acompañado, siempre imagino que estás tú a mi lado.

Me gustas mucho, Amy Winehouse, pero no lo sabes ni lo sabrás nunca. Ni falta que te hace.

 


Comentarios
Publicado por Maalonso
Lunes, 12 de enero de 2009 | 11:05
A m? tambi?n me encanta Amy Winehouse. Hac?a mucho que no o?a unas canciones tan buenas y tan bien cantadas. Como muchos artistas (y casi todos los no artistas), tiene un lado oscuro, quiz?s mas evidente, pero no mas negro. Y su aspecto tambi?n me gusta. Hasta el punto que la identifico con Lizbet Salander, la "hero?na" sueca de Millenium. Los horteras de revistas y programas del coraz?n que se ceban con ella, en general, son unos idiotas.
Publicado por Invitado
Lunes, 27 de agosto de 2012 | 15:54


POR JUAN  MANUEL DE PRADA No me ha extrañado leer la noticia de su muerte; o más exactamente, leerla me ha producido esa sensación de melancolía cansada que nos provocan los periódicos viejos que amarillean en el fondo de un armario, cuando en mitad de una mudanza los descubrimos y volvemos a pasear la mirada por sus titulares caducos, reliquias tristes de un mundo que ya no existe. Amy Winehouse llevaba mucho tiempo muerta; y aunque su nombre seguía saliendo de vez en cuando en los periódicos, casi siempre envuelto en escándalos chuscos o situaciones patéticas, era un nombre que invocaba un fantasma, un ánima en pena, extraviada en los pasadizos de su propia aniquilación. 

Publicado por Invitado
Lunes, 27 de agosto de 2012 | 15:56

En un pasaje de Blade Runner, Turkel, el "dios de la biomecánica" le dice a Roy Batty, el replicante interpretado por Rutger Hauer, que las vidas cortas brillan más; "y tú -apostilla- has brillado muy intensamente". También Amy Winehouse había brillado muy intensamente, con ese brillo estragador de las criaturas capaces de vislumbrar las llamas del infierno y, todavía más, de atraerlas a su propia vida, consumiéndose en su su fuego; y era ese brillo de una vida arrojada a las llamas, en combustión aflictiva e inexorable, lo que la envolvía en una particular aureola de tragedia, a la vez atractiva y repelente, como es la atracción que ejercen el abismo y la pulsión autodestructiva. 

Publicado por Invitado
Lunes, 27 de agosto de 2012 | 15:57

Hay quienes dicen que Amy Winehouse era una mentecata, un juguete roto, un producto del cálculo comercial y la impostura; yo creo que en su vida, aspaventera y desnortada, había sin embargo un dolor verdadero, que nacía de la aproximación a ese límite borrascoso que sólo las almas muy sensibles y muy rotas son capaces de vislumbrar y abrazar, hasta fundirse con él, como las polillas vislumbran y se abrazan a la luz que las calcina. Hay almas muy sensibles y muy rotas que hallan una luz divina que las rescata, sana y recompone; y hay almas muy sensibles y muy rotas que se arrojan a una luz infernal que las devora y aniquila. Amy Winehouse fue de estas últimas; pero en su inmolación -seguramente desquiciada y absurda- hay un fondo de sufrimiento acongojante y jeroglífico que me conmueve e interpela, tal vez porque en él descubrí, en determinado momento de mi vida, una cierta hermandad. 

Publicado por Invitado
Lunes, 27 de agosto de 2012 | 16:00

Hubo una época en que escuchaba obsesivamente las canciones de Amy Winehouse, seguramente porque su dolor se proyectaba sobre el mío, revoloteaba dentro de mí, con un vuelo aturdido que se descalabraba contra las paredes del insomnio; y escuchando su voz prodigiosa, voz con plomo en las alas y alquitrán en el corazón, creía encontrar consuelo, aunque fuera el consuelo agónico de aquel sabio pobre y mísero de Calderón, que mientras recogía hierbas en el campo para su alimento, descubría a otro sabio más pobre y mísero aún que se alimentaba de las hierbas que él desdeñaba. 

Publicado por Invitado
Lunes, 27 de agosto de 2012 | 16:01

Luego, cuando me curé de ese dolor, porque encontré un nido en el que cobijarme, dejé de escuchar aquellas canciones, que de repente me parecieron ajenas, lejanísimas, como sepultadas en una tierra acechada por las sombras; pero siempre miré a Amy Winehouse, desguazada por los paraísos artificiales, convertida en un pelele irrisorio, hecha añicos por las dentelladas y zarpazos del infierno, con un respeto conmovido y fraternal. Y ahora que los periódicos pregonan, con varios años de retraso, su muerte, le deseo un descanso eterno. Tal vez sea un deseo quimérico, pero nadie merece más el cielo que quien padeció el infierno en vida, fundido en su misma llama.