Cienfuegos. Alberto Vázquez Figueroa.
Jamás tuvo nombre de pila. Desde que recordaba y su memoria se limitaba a bosques, riscos, soledad y cabras montaraces, nadie le conoció más que por el apelativo de Cienfuegos, sin que nunca llegara a saber con certeza si tal denominación se debía al apellido de su madre, el color de su cabello o un simple sobrenombre de razón desconocida.
Hablaba poco.
Sus conversaciones más profundas no tenían nunca lugar a base de palabras, sino de sonoros, prolongados y cadenciosos silbidos, en un lenguaje propio y privativo de los pastores y campesinos de la isla, que se comunicaban de ese modo de montaña a montaña, en lo que se constituía la forma de expresión más lógica y práctica en aquella agreste Naturaleza que la simple voz humana.
En un amanecer fresco y tranquilo, cuando los sonidos, que las paredes de roca hacían rebotar de un lado a otro, precían atravesar con tierna suavidad un aire húmedo y limpio, Cienfuegos se sentía capaz de mantener una charla perfectamente inteligible con el cojo Bonifacio, quien desde el fondo del valle solía ponerle al corriente de cuanto su primo Celso, el Monaguillo, le transmitía a su vez desde el villorrio.
Fue así como tuvo noticias de que el viejo Amo acababa de recibir la extremaunción y estaba a punto de emprender el “camino de Chipudes”, con lo que los nuevos señores llegarían muy pronto a “La Casona”, lo que constituiría sin lugar a dudas la primera autentica novedad digna de ser tenida en cuenta en sus ciertamente muchos años de existencia.
Nadie sabía su edad.
Resultaba a todas luces imposible conocerla ya que en parte alguna había quedado constancia del día, y año en que vino al mundo, y aunque su cuerpo, fornido, musculoso, era ya el de un mozarrón hecho y derecho, su rostro, su voz y su mentalidad correspondían por el contrario a un adolescente que se resistiera a abandonar el difícil y fascinante mundo de la niñez.
Tampoco tuvo infancia.
Todos sus juegos se habían limitado a lanzar piedras y bañarse en las charcas, siempre a solas y sus afectos se centraban en algunos pájaros, un viejo perro y cabritillos que acababan creciendo y convirtiéndose en bestias apestosas, desagradecidas y rencorosas.
Su madre había sido al parecer una cabrera bastante más salvaje y maloliente que las mismísimas bestias que cuidaba, y su padre aquel Amo que ahora se encontraba al borde de la muerte, y que se iría a la tumba sin admitir que dejaba en la isla más de treinta bastardos de cabellos rojizos.
Aquella hermosa melena entre rubia y cobriza, que le caía libremente por la espalda, constituía sin lugar a dudas la única herencia visible que su progenitor le había otorgado; herencia compartida con otra docena de chicuelos de las proximidades, que daban fe de esa manera de las incontenibles apetencias sexuales y el innegable atractivo físico del señor de “La Casona”.
No sabía leer.
Si apenas hablaba, de poco le hubiera servido la lectura, ya que la mayoría de las palabras le resultaban desconocidas por completo pero no había nadie, sin embargo en la isla que conociera más a fondo sus secretos, supiera más de la Naturaleza y sus continuos cambios, o fuera capaz de lanzarse con mayor decisión por los acantilados y los riscos, saltando sus precipicios sin más ayuda que un valor que rayaba en la inconsciencia y una larga pértiga con la que salvaba vanos de hasta doce metros, o por la que se dejaba deslizar descendiendo así por un farallón cortado a pico en cuestión de minutos.
Tenía algo de cabra, algo de mono y algo de cernícalo, porque en ocasiones conseguía mantenerse en inconcebible equilibrio sobre un simple saliente de piedra en mitad de un abismo y se creería que en un determinado momento, al brincar de una roca a la de enfrente, se detenía en el aire sosteniéndose en él como si profunda ignorancia le impidiese aceptar que existían desde antiguo rígidas e inamovibles leyes sobre la gravitación de los cuerpos.
Apenas comía.
Le bastaban unos sorbos de leche, algo de queso y los frutos silvestres que encontraba a su paso, y cabía admitir que se trataba de un auténtico milagro de la superviviencia, puesto que a nadie más que a la mano de Dios podría atribuirse el hecho de que hubiera conseguido criarse sano y fuerte durante los largos años que había vivido prácticamente solo en el corazón de las montañas.
Se sentía féliz.
Al no conocer más que aquella vida de libertad constante en la que no tenía que depender siquiera de un lugar que pudiera considerar vivienda permanente, vagabundeaba a gusto tras el ganado sin rendir cuentas de sus actos más que a sí mismo, o al viejo e indiferente capataz que dos veces al año subía a comprobar que los animales continuaban aumentando el patrimonio de su amo.